Faulkner, la huella de un gigante… y el estado comatoso de la narrativa actual

william faulkner
Estatua de William Faulkner en Oxford, Misisipi - John Padget
Lo malo de leer la obra de grandes autores como William Faulkner es que, en comparación, el montón de novelas que se publican hoy resultan deprimentes.

A veces pienso que, si William Faulkner hubiera muerto en 1930 y no en 1962, a los sesenta y cuatro años, de un ataque al corazón tras la aparatosa caída de su caballo, es decir, si lo último que hubiera escrito hubiese sido ‘Mientras agonizo’ (1930), seguiríamos considerándolo, gracias a esa obra maestra y por supuesto también gracias a ‘El ruido y la furia’ (1929), uno de los más grandes novelistas estadounidenses del siglo XX. Pero, claro, no murió en 1930, y después de ‘Mientras agonizo’ llegaron ‘Santuario’ (1931), ‘Luz de agosto’ (1932), ‘¡Absalom, Absalom!’ (1936), ‘Los invictos’ (1938), ‘Las palmeras salvajes’ (1939) y ‘El villorrio’ (1940), todas en la misma década (porque las décadas terminan con el cero detrás…) y casi consecutivas, y pese a que no vendió más que unos pocos miles de libros y que se vio forzado a trabajar en un lugar tan poco grato para él como lo era Hollywood, aún nos depararía algunas alegrías en las dos décadas posteriores, con más trabajos extraordinarios, entre los que se encuentra un vasto legado cuentístico.

Así las cosas, ¿cómo no considerarle no sólo el más grande novelista americano del siglo XX estadounidense, sino también uno de los más grandes o incluso el más grande novelista de todos los tiempos? Su obra, inabarcable, densa, intrincada, poderosa, que tan mal imitaron los sudamericanos que mejor supieron venderse en el siglo XX, no tiene parangón ni ha tenido sucesores, y ni siquiera sus más caros precursores, James Joyce y Virginia Woolf, aun siendo grandísimos, revolucionarios novelistas, pueden siquiera hacerle sombra.

Es triste tener que decirlo, pero los García Márquez, Julio Cortázar o Mario Vargas Llosa —especialmente este último— no tienen nada que hacer en las alturas en las que brilla Faulkner. Tan sólo Borges puede acercarse a su prosa…

Es triste tener que decirlo, pero los García Márquez, Julio Cortázar o Mario Vargas Llosa —especialmente este último— no tienen nada que hacer en las alturas en las que brilla Faulkner. Tan sólo Borges puede acercarse a su prosa, pero Borges jamás escribió nada del complejo género de la novela, luego no puede ser considerado novelista. A su prosa poética, su ciclópea creación de diciesiete novelas, una obra de teatro (‘Réquiem por una monja’) y docenas y docenas de relatos, yo no veo qué novelista se le puede comparar. Tan solo la increíble, inexplicable, colosal ‘Meridiano de sangre’ (1985), de Cormac McCarthy, nos entrega algo de esta magnitud. Y si consideramos a Faulkner el más grande… pues tenemos un problema.

Porque nadie alcanza a Faulkner. Bueno, ni a él ni a nadie que se le parezca, a nadie que tenga un mínimo de ambición literaria. Como bien decía hace poco Mayte Guerrero en sus motivos para odiar la literatura, ya bien entrados en el siglo XXI, algunos nos preguntamos qué va a ser de nosotros cada vez que entramos en una gran superficie en la que se vendan libros. Algunos lectores, claro. Los que no son lectores compulsivos no entienden de lo que estamos hablando. Es desolador que la huella de un gigante como Faulkner no se perciba en ningún novelista contemporáneo, y que algunos de los más leídos abominen de él o de otros como él. Es desolador ver las mesas de las novedades y saber, porque los lectores sagaces lo sabemos, que todo eso caerá en el olvido en cinco o seis meses. Es desolador observar las listas de los más vendidos y leer las críticas literarias a los más consagrados. Sería muy deprimente sino fuera, simple y llanamente, patético.

william faulkner
Máquina de escribir de William Faulkner en su casa de Oxford, Misisipi – Visit Mississipi

Hace pocos días llegué a la conclusión de que lo que en general hacemos con los artistas es sentirnos, de una u otra manera, identificados con ellos. Pero identificados de un modo equivocado, y eligiendo modelos equivocados Me explico: si resulta que no es que seamos especialmente exigentes con la literatura, pero sucede que surge un escritor que nos inspira lástima o simpatía por su historia personal (véase Karl Ove Knausgård o Juan Gómez-Jurado), y vemos por ahí libros suyos, pues los compraremos porque una parte de nosotros quiere pensar que, si estos pobres pueden, nosotros también podríamos. El problema, claro, es que no son novelistas, y basta leer unas pocas páginas de sus libros para saber que no lo serán jamás. Es un poco lo que sucede con Arturo Pérez-Reverte. Con Antonio Muñoz Molina. Con Almudena Grandes. Con Ken Follet. Con Dan Brown. No son fenómenos literarios, sino sociológicos.

Alguien engañó a la mayoría de la gente y les hizo creer que la literatura ha de ser de fácil lectura, amena, amable. Y que todo lo que sea denso, riguroso, difícil es inaprensible e inabordable y, por lo tanto, digno sólo de los elitistas, e inadecuado para el lector generalizado, y despreciable por intentar elevar la literatura a categoría de arte. Pero es que, lamentablemente, ahí reside muchas veces la gran literatura. Y hay una idea aún más terrible que esa: si a la mayor parte de la población no le interesa especialmente leer, sino que de vez en cuando se compra el libro de moda para “estar al día”, pues sucede que, indefectiblemente, siempre que nos encontremos un éxito literario, lo han aupado hasta ahí personas con un pésimo gusto literario, y escritores valiosos y grandes quedan silenciados e invisibilizados para siempre.

Alguien engañó a la mayoría de la gente y les hizo creer que la literatura ha de ser de fácil lectura, amena, amable. Y que todo lo que sea denso, riguroso, difícil es inaprensible e inabordable y, por lo tanto, digno sólo de los elitistas…

Salvo un golpe de fortuna como lo fue para Faulkner el ‘Portable Faulkner’ que editó Malcolm Cowley en 1946 y que, sumado a la atención mediática propiciada por las sorprendentes ventas de ‘Intruso en el polvo’ (1948), le hicieron merecedor del Premio Nobel, y este genio universal pudo por fin ser apreciado y recordado como merece, y su trabajo es historia de la literatura. Pero mucho me temo que no sea el caso de docenas, quizá cientos de escritores de gran talento que observan, atónitos, cómo otros viven de lo que ellos anhelan.

Porque lo que un escritor de verdad, auténtico, un hombre o mujer que viva por y para la literatura, que escriba a pesar de que nunca le publiquen nada o le ninguneen sistemáticamente, lo que ese escritor (novelista, cuentista o lo que sea) en realidad anhela no es vivir de la literatura, sino por la literatura. Obtener los suficientes ingresos como para poder zambullir en ella su entera existencia, y olvidarse de todo lo demás. Porque para un narrador, para un novelista de verdad, todo lo demás carece de importancia.

Más publicaciones de Adrián Massanet

Por qué gran parte de la crítica de cine en España es espantosa

Estas son las razones por las que los textos de muchos profesionales...
Leer Más

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *