Las cadenas sociales que hay que romper

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SpejoBlancoNegro
La siniestra cadena de la tiranía y de la violencia domésticas se puede romper, y no pocos ciudadanos de distintas generaciones nos han dado su ejemplo.

Mi bisabuelo era barbero de Sevilla, vivía en Triana pero no sé si cantaba; probablemente sí. Tenía muy malas pulgas y una mano ágil, inquieta, larga, que ponía firme a la familia toda sin distinción de sexo, edad o altura. Se llevaba mucho eso, que social e institucionalmente se consideraba “asuntos familiares privados”. El bisabuelo era exiguo en estatura y, como medía tan poquito, para disimularlo se las apañó con éxito para resultar muy guapo, rubio, de ojos azules como Jesse James: muy pinturero y, además, muy gracioso, el muy malaje. Zurraba a los críos y ella también; pero el barbero con su mujer no se metía mucho: ella era grande, pesaba casi el doble y, si alguna vez contendían, los dos cobraban, aunque el abuelo salía perdiendo si la voluminosa parienta se le echaba encima y se acabó el respirar para él, hasta que ella lo decidiese.

Aquello, dentro del dramatismo doméstico y los niños aterrados, debía de ser un poco de sainete arnichesco, pero con árnica y esparadrapo para el bisabuelo y sales para la bisabuela. Mi abuelo, que se llevó palizas de mi bisabuelo y de mi bisabuela, tortazos frecuentes y empellones, jamás tocó a mi padre, que nació en 1930 y, por entonces, era moneda común zurrar a la churumbelada. ¿Qué inspiración llevó al abuelo Paco, hombre de estudios primarios y con inquietantes referentes familiares, a rebelarse contra las formas violentas de su mala progenie (gentes de la época) siendo, por contra, buen padre con su propio hijo Paquito?

… por entonces, era moneda común zurrar a la churumbelada. ¿Qué inspiración llevó al abuelo Paco, hombre de estudios primarios y con inquietantes referentes familiares, a rebelarse contra las formas violentas de su mala progenie (gentes de la época) siendo, por contra, buen padre con su propio hijo Paquito?

Tal vez, cuando niño mi abuelo vio armonía y justicia en el hogar de algún amigo suyo y supo que eso era bueno; tal vez no quiso para su hijo lo que él sufrió. Además, supo discernir qué cosas son ejemplares y cuáles no. ¿Era un héroe mi abuelo por no pegar a mi padre, por permitirle a los dieciséis años fumar en su presencia, para que no tuviera que esconderse, y así poder irse juntos a jugar al dominó con sus amigotes, compartiendo tardes estupendas con él, y convivir armónicamente con la abuela Vicenta, mujer a la que siempre veías feliz porque obviamente lo era? Supongo que no. Mi abuelo fue sólo un evolucionista intuitivo, un rebelde emocional o un justiciero documentado; nunca lo supe. Ojalá pudiese preguntárselo; es algo que me cuestiono a menudo y ya he escrito sobre esto en otras ocasiones.

Los de Franco lo tuvieron preso unos años en plan: “Mañana, lo mismo damos un paseo, ¿eh?”. Pero el paseo no llegaba; el abuelo casi anhelaba “salir a pasear” de una vez. Le pedía por carta a la abuela que le mandase fotos de Paquito, de pie, bien recto, al lado de una silla, siempre la misma silla, para poder ver cómo iba creciendo en ulteriores fotos a lo largo del tiempo. Al final, los de Franco lo soltaron: sólo era un maestro tornero, muy capaz, aunque sindicalista de UGT, y le tenían echado el ojo por si acaso.

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David Sáiz

Ellos vivían en Madrid y yo, en Málaga; los vi pocas veces. Siempre recuerdo al abuelo, sevillano con gracia, y a la abuela bromeando y riendo. Eso era muy bueno para un niño que más que amor anhela seguridad, ¿y qué mayor seguridad para un niño que el buen ánimo, la concordia y el afecto de sus mayores entre ellos? Mi padre se aprendió todo esto, supo que era bueno y mejoró aún más el modelo. “Evolución emocional intuitiva y empírica desde el buen sentido”, lo llamaría yo.

La relación entre mis padres se situaba a años luz de lo que se llevaba en la época. Mi padre, que no era tonto, sabía que mi madre, mujer inquieta y saludablemente curiosa, era más inteligente, lista y cultivada, por lo que él siempre demostró su saber estar ante esta agradable realidad —él así lo percibía y así lo manifestaba—, un posicionamiento ya no equitativo sino otra cosa más cabal aún…

… este modelo de vida, que es verdaderamente ejemplarizante, se hereda, se comprende, se acoge, se mejora, se amplifica y se vuelve a donar creando un efecto expansivo geométrico, que es lo que en gran medida ha sucedido socialmente y disfrutamos hoy los bisnietos…

Y me pregunto yo quién podría arrogarse la legitimidad de una lucha por la concordia o la igualdad. Mi abuelo se sentiría indigno de halagos por romper la cadena del sometimiento y el dolor que sufrió, siendo él el último eslabón, pues él sólo hizo lo correcto cuando tuvo el poder de cambiar las cosas, y eso no merece premio sino sanción si no lo hubiese hecho. Mi padre, que rompió el modelo de “marido que manda en casa, en su esposa, y aterroriza a los niños”, se molestaría muchísimo si alguien lo homenajease por algo como esto tan sencillo y necesario como respirar. También le parecería un despropósito que lo condecorasen por estar enamorado de su esposa, mujer estupenda, o por tratar con respeto a sus hijos pese a lo cafres que eran.

Por eso, este modelo de vida, que es verdaderamente ejemplarizante, se hereda, se comprende, se acoge, se mejora, se amplifica y se vuelve a donar creando un efecto expansivo geométrico, que es lo que en gran medida ha sucedido socialmente y disfrutamos hoy los bisnietos de barberos sevillanos; no al cien por cien pero sí ampliamente. Es lo que importa y lo que hay que institucionalizar, que no resulta tan difícil. Aunque sea contando historias no necesariamente bellas pero que sí dejen un regustico final de placercito y de ganas de ponerse a hacer cosas como debe ser, y de dejar vivir.

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Dani Vázquez

La lucha activista por la igualdad en diferentes décadas, las publicaciones, la reivindicación han sido esenciales y providenciales; lo sé de primera mano, de primera fila y de primera pluma: en eso me curtí, en eso sigo. Por contra, veo tambalearse algunas consignas regladas y diezmandamentizadas de comportamientos ideológicos actuales, que se diluirán en el tiempo o se los llevará el viento cuando a la moda o a la estrategia política les interese soplar en otra dirección. Porque esto es educación, educación, educación y también unión, no conflicto y, mucho menos, política.

En este caso, con más admiración objetiva que amor leal a mis padres y abuelos, mujeres y hombres que no fueron de su época, quiero decir que nadie, y menos desde las más altas instituciones del Estado, con focos, micros, cámaras, el escudo gigante y la bandera detrás, tiene legitimidad para ningunear la aportación decisiva, individual, íntima, de millones de ciudadanos cabales de a pie de calle, de toda época, condición y creencia, que contribuyeron a crear un mundo mejor y una vida “más bonita” para todas y todos. Quererse quedar con eso de tantos para una sola y sus colegas del privilegiado “club de los que deciden” es glotonería, es un voraz topamí, un inquietante tiogilitismo. Eso sí, muy divertido. Y combatible, claro. Está chupao, y en ello ando.

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