Ver a Dios: más fácil de lo que crees

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Toni Gambuj
La ciencia ha estudiado el origen de la experiencias místicas o sobrenaturales en las que hay quien afirma haber podido ver a Dios. Esto es lo que sabemos.

Nuestras percepciones son más fragmentarias de lo que sospechamos. Nuestra habilidad para inventarnos la realidad, gigantesca. La propensión para caer en la histeria colectiva, nada despreciable. Por ello, no os fiéis de lo que veáis ni de lo que os digan. Porque todo el mundo se equivoca y todo el mundo miente, consciente o inconscientemente. Especialmente si estamos hablando de fenómenos que desafían las leyes de la física. Imaginemos que hemos visto a Dios, o que alguien nos dice que ha visto a Dios. Si bien se nos antoja una experiencia destacable, no resulta necesariamente espectacular si tenemos en cuenta experimentos como los siguientes.

Si bien sus resultados no son del todo concluyentes, mediante estimulación magnética transcraneal, el doctor Michael Persinger, en Sudbury, Canadá (concretamente en la sala C002 del laboratorio de Neurociencias, una cámara insonorizada que una vez se llamó “la Cueva de Mahoma”), ha llevado a cabo veinticinco años de experimentos con diferentes sujetos. El casco que produce la estimulación, llamado “casco de Dios”, provoca que el noventa por ciento de los sujetos afirmen experimentar una presencia extraña, algo especial, ya sea el sujeto ateo, creyente, atleta o místico.

… veinticinco años de experimentos con diferentes sujetos. El casco que produce la estimulación, llamado «casco de Dios», provoca que el noventa por ciento de los sujetos afirmen experimentar una presencia extraña, algo especial, ya sea el sujeto ateo, creyente, atleta o místico.

Dependiendo de las creencias, el sujeto experimentará la presencia de Jesús o de algún otro ente sobrenatural. Y el estímulo eléctrico de determinadas áreas del cerebro induce a la persona a percibir su cuerpo desde fuera, como un espectador, como una cámara desde un plano cenital, tal y como refiere Francisco Mora en su libro ‘El científico curioso’ (2008): “Hay descripciones en las que el paciente ha manifestado encontrarse casi a dos metros por encima de la cama, cerca del techo de la habitación. Estados parecidos se han descrito bajo estímulos magnéticos”.

Por otro lado, la química y el misticismo están íntimamente ligados. Sin drogas, sobre todo enteógenas, las religiones no hubieran proliferado como lo han hecho. Creer en lo increíble siempre ha sido la verdadera función del soma védico, el maná judío, el vino báquico, el cáñamo indio, el peyote mexicano, la ayahuasca amazónica o el ‘kava’ de Fiji. Célebre es, por ejemplo, el experimento de la década de 1960 que llevaron a cabo Timothy Leary y Richard Alpert en Harvard: “el Milagro de la Capilla Marsh”, en el que, durante un servicio de dos horas y media para la celebración del Viernes Santo, quince estudiantes de Teología tomaron psilocibina y experimentaron, según cuentan, la experiencia religiosa más profunda de sus vidas.

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Christian Harding

Todo ello, en suma, no prueba nada. Sencillamente nos demuestra que los supuestos fenómenos místicos que relatan algunas personas podrían no serlo en realidad. Y que esa posibilidad no solo es plausible sino probable si acudimos a la navaja de Ockham. De esta forma, fundar un sistema creencias en base a fenómenos que no tienen, en principio, nada de especial (o que no se conoce en profundidad cómo surgieron) merece todo nuestro rechazo. E incluso nuestro ludibrio. ¿Acaso catalogarlos como milagros no es exactamente cubrir de más misterio el propio misterio?

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