Puta mili: contra el servicio militar obligatorio

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Santiago Abascal, presidente de Vox
Santiago Abascal, presidente de Vox, no hizo la mili y quiere que se restituya el servicio militar obligatorio en España. Sirva esta experiencia y sus argumentos para oponerse a ello.

En aquellos días, con mis flamantes veinte años, ya podía participar con toda ilusión en las elecciones generales que dieron su primer triunfo a Felipe González. Llevaba semanas meditando mi voto. Como estaba en la mili, de guardia y arrestado por dos cosas diferentes, no me dejaron salir a votar. Todo esto era fácilmente peleable pero por aquellas fechas andaba yo desganado; además, días atrás, una chica que me encantaba me había dado largas para siempre y eso me apagó los ánimos. Si me ponía chulo y legalista con lo de ir a votar, me jugaba un tercer arresto, y no quería añadir más calabozo a mis calabazas.

Me libré de conducir con artimañas, evitando ser chófer de altos mandos e incluso generales con sus galonazos a la vista, para llevarlos a todos lados en coche militar sin camuflar, porque ellos habían elegido desde la dignidad castrense ser diana perfecta de ETA. Pero este servidor, desde su soberana independencia de criterio, había decidido no serlo. Sufrí arrestos varios además de los que aquí narro, y disfruté de múltiples escaqueos (escaquearse es una obligación moral de todo ciudadano libre, secuestrado un año por el Estado sólo por ser hombre y veinteañero). No insistí con lo de ir a votar, pues en esos momentos únicamente quería suspirar por no ser correspondido por la bellísima María del Mar. No me apetecía propiciar encierros mayores y lo dejé estar. Protesté lo justo, por dignidad, pero no fui a votar.

Sufrí arrestos varios además de los que aquí narro, y disfruté de múltiples escaqueos (escaquearse es una obligación moral de todo ciudadano libre, secuestrado un año por el Estado sólo por ser hombre y veinteañero).

El primer arresto de los dos que cumplía ese día de elecciones vino cuando, al entrar en la cantina, el brigada se encontró con un corro de soldados; servidor en el centro cantando algo, con la pata metálica de una silla, sin silla, a guisa de micrófono. “Tú, Posadas; siete días”, condenó el suboficial, así, a ojo. Yo estaba piripi, como todos, y quise saber muy educadamente si el arresto era solo por cantar, o por cantar con la pata de una silla. Me aclaró que “siete días por arrancar la pata de una silla”. Le mostré la pata cuya fractura estaba oxidada al tiempo que le decía: “Esta pata lleva mucho tiempo rota, mi brigada”. Milagrosamente, la sencilla observación convirtió mis siete días en catorce y supe que calladito sería un soldadito más guapo.

El segundo paquete me cayó mientras cumplía el primero, por causa de la fotocopiadora de la oficina de un negociado que gestionaba un funcionario de sesenta y cuatro años, con mi asistencia (es decir, yo asistía y él no). Un servidor trabajaba solo y, cuando él estaba, yo curraba y él leía el periódico; a cambio, me dejaba escaquearme a mansalva cuando acababa el trabajo y él tenía que estar allí por lo que fuese. Un estupendo ‘quid pro quo’ bien planteado que aceptó divertido. También me ayudó en algún arresto; nos llevábamos bien. Como el funcionario casi nunca estaba, o no aparecía hasta las doce, yo era un soldado con despacho, con dos soldaditos ordenanzas fuera, todo el día en una silla sin mesa, sólo esperando por si tenían que llevar un papel acá o allá. Gran relumbrón. Además, fumaba en pipa y leía a Casona, porque el trabajo, lo que es trabajo, en dos horas lo había terminado.

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Servicio militar (1945) – José Ferrón Vilela

La fotocopiadora tenía en el rodillo orgánico una ralladura y eso hacía que en cada copia saliese una línea, siempre igual, de unos diez centímetros. Puse un parte y estaba a la espera de que viniesen a arreglarlo. El brigada se quejó del rallajo, desoyó mi diagnóstico de la avería y afirmaba que esa raya salía “porque yo había puesto un pelo o un algo”. Me tiré de los escasos cuatro centímetros de mi flequillo y luego miré a la calva del brigada, pero recordé la mayor guapura del soldado que calla y no dije nada, sólo sonreí. Si llego a decir: “Poco pelo hay aquí”, que me apetecía muchísimo, me habría caído un mes en lugar de una semana. “Ya se ocupa usted de que en el cuartel no haya pelos tan largos”. Eso no pude evitar decirlo, y además destensaba la situación. “Apúntate catorce días…”, dijo; guardó silencio y añadió: “… intelectual”. Catorce días me metió el muy cafre, mientras miraba con desdén mi libro abierto sobre la mesa, boca abajo.

El Estado, aparte de secuestrarte un año sin indemnización, te ponía en manos de cabos de dieciocho años que dan bofetadas a reclutas de su edad o mayores, de mandos que lo pasan por alto, de chorlitos con galoncillo que te arrestan arbitrariamente, de altos mandos que no les importa morir por ETA pero tampoco les importa hacerlo acompañados de ciudadanos de veinte años con carné, secuestrados por el Estado.

El Estado, aparte de secuestrarte un año sin indemnización, te ponía en manos de cabos de dieciocho años que dan bofetadas a reclutas de su edad o mayores, de mandos que lo pasan por alto, de chorlitos con galoncillo que te arrestan arbitrariamente…

“Posadillas, cuando acabes «policía» (barrer el suelo del patio del cuartel), si vas para casa, te espero y te llevo”. Esto lo decía Antonio, un armario con bigote, soldado de mi promoción, que vivía cerca de mi casa. Cuando, por la mañana temprano, salías de guardia de garita de veinticuatro horas, tenías permiso para descansar o, si tenías un pase de pernocta, para irte a casa si no estabas arrestado. El trámite previo era hacer una policía u otro servicio corto. Salías reventado. Agradecías que alguien te acercase en coche si ibas cansado porque estaba mal visto que un soldado de uniforme se sentase en el metro, pues “los asientos son para los civiles”.

Antonio iba despacio, conducía raro, como muy cauteloso. “Voy despacio porque sé lo tuyo, lo del accidente… Dicen que hasta murió un amigo y otro quedó tetrapléjico… ¿Cómo lo llevas?”. Me sentí mal: para una vez que mentía, me estaba pesando demasiado mantener el engaño desproporcionado que se inventó mi ángel de la gorra. Le di una evasiva amable; me parecía peligroso entablar conversación sobre aquello. También me daba pudor: no quería reírme de nadie y menos de este compañero tan amable y considerado. Sólo quería no ser conductor de coroneles y generales haciéndolo discretamente, de forma que nadie descubriese mi artimaña.

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Antonio de la Mano

Unos meses después, éramos “wisas” (bisabuelos, soldados a los que les faltaba tres meses para licenciarse). Había una escala de veteranía inventada por la soldadesca: cada tres meses subías un grado en antigüedad, y con ella aumentaba tu mayor licencia para humillar a los chivos. Primero eras chivo, luego, padre, después, abuelo y, por último, wisa. Los soldados de mi promoción humillaban en grupos a los chivos, reclutas que acaban de jurar bandera, ahora flamantes soldados recién estrenados. Les gritaban en la oreja, los maltrataban repitiendo la misma fórmula que nosotros sufrimos de los wisas que nos tocó en desgracia soportar.

Por aquello, que eran más que novatadas (lo llamábamos “hacer putadas”, pero eran más que putadas) se me llevaban los demonios. Incluso, inspirado por Enjolras, coloqué en el tablón de anuncios un cartel dirigido a los chivos, instándoles a ser dignos, a no aceptar imposiciones de soldados sin mando como ellos, y otro dirigido a los wisas, conminándolos a no hacerle el juego a los militares profesionales instaurando nuevas jerarquías ficticias entre nosotros, dividiéndonos: jerarquías con licencia para humillar y golpear a gente asustada, de nuestra edad, secuestrada igual que nosotros, haciéndolos dóciles y favoreciendo la disciplina que necesitan los mandos militares.

Los soldados de mi promoción humillaban en grupos a los chivos, reclutas que acaban de jurar bandera, ahora flamantes soldados recién estrenados. Les gritaban en la oreja, los maltrataban repitiendo la misma fórmula que nosotros sufrimos de los wisas que nos tocó en desgracia soportar.

Les hacía ver que actuábamos peor aún que quienes nos tenían allí encerrados y los criticábamos por ello. Es a ellos a quienes habríamos de sabotear juntos en lugar de meternos en su sistema, polarizándonos gratis, imitándolos y jodiéndonos entre nosotros al tiempo que nos ciscábamos con hipocresía en “la puta mili”, haciendo, sin derecho, loas a la paz. Al menos, los militares hacen su trabajo y les pagan por ello; estos soldados antimili humillaban gratis, solo porque eran muy cortos de casi todo. Llegamos a tener un fuerte debate. El argumento estrella de mis compañeros fue general, sencillo y contundente: “Te entiendo pero lo siento: a mí me putearon, y yo puteo ahora. Ahora me toca a mí”.

No pude romper el eslabón de esa siniestra y estúpida cadena basada en vengar sus frustraciones sobre el inocente. Yo quería dialogar, pero me encontré con un frontón de granito y múltiples cabezas, como una hidra alcornoqueña. Con solo veinte años, dejé de creer por cuarta o quinta vez en la humanidad. La sexta fue cuando, una mañana, al llegar a la nave del cuartel para cambiarme, un soldado rechonchito, de Valencia y recién llegado, parecía que acababa de pelearse con alguien: lucía despeinado, la cara y orejas muy coloradas, los ojos como platos, aterrorizados, y la boca torcida, muy abierta. Una nube de soldados lo rodeaban jaleando algo.

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Servicio militar (1977) – Rafael Jiménez

El muchacho, desnudo y con su toalla hecha un rebujo tirado en el suelo mojado, chillaba al borde del llanto: “No me voy a duchar otra vez, no me voy a duchar otra vez”. Me acerqué como pude a primera fila del corro y vi enfrentado al joven a Antonio, ese cortés gentilhombre que me llevó despacito a casa “por lo de mi accidente”. Antonio golpeaba fuera de sí, con el puño cerrado, la cara de ese chico que se hartó de las humillaciones y prefirió enfrentarse a ellas. Me agarré al brazo de Antonio, que era un tipo muy grande, pero todo mi peso en suspensión era demasiado para esa extremidad enloquecida, y paró. Yo soy pequeño, poco enemigo físico para él y además le caía bien, sabía que no me iba a ocurrir nada. Todo pasó. El chico echaba saliva espumosa por la boca y lloraba en el suelo. Yo no podía moverme pues temblaba de rabia y piedad. Alguien le acercó su toalla, lo ayudó a levantarse y se lo llevó para calmarlo. El silencio lo presidió todo. Fue uno de los días más amargos de mi vida y no me consoló el lograr parar aquello porque eso fue ese día, pero habría más. Nadie me hacía caso, nadie se defendía, nadie razonaba.

¡Qué canallas! ¡Y eso en 1982! ¿Y si hubiesen sido soldados de la Alemania nazi o la URSS de los gulags? Entendí que aquellos comportamientos crueles, monstruosos que se dieron en la Segunda Guerra Mundial eran muy fáciles de conseguir incluso entre pacíficos campesinos o artesanos convertidos en soldados. Bastaba crear el clima emocional necesario, señalar a un enemigo, aplicar la ideología adecuada y ¡hala!, ¡a matar, violar y torturar! Por eso odio las ideologías de consigna y manual. Por eso las combato. Me sentí muy triste y muy solo, pese a que me ayudó a sujetar al gigante mi socio y amigo Luis, otro armario pero buena persona estable, no como Antonio: buen tipo pero sólo a ratos, como el doctor Jeckyll.

… a aquella pérdida de tiempo, a aquella pérdida de dignidad personal y ciudadana, a aquél tapón profesional y académico para tantos… A aquél secuestro cuya única defensa posible era la insumisión, que estaba penada con prisión militar primero y el estigma sociolaboral después.

Mis enemigos no eran los chivos ni los wisas, ni siquiera el cebollino del brigada o Sus Excelencias del generalato exhibicionista y suicida con derecho a chófer y escolta para que los acompañen al otro mundo. Mi enemigo era el Estado español. Creo que el Estado me debe una indemnización y pienso reclamarla. Fui secuestrado por el Estado en marzo de 1982, estando yo trabajando en un banco en Canarias, isla de La Palma. Me mandaron a hacer la instrucción como recluta a Cáceres y luego, como soldado, a Madrid. Vi gente poco adaptable y menos adaptada aún que lo pasó mal, muy mal; yo no, pero esa es otra historia.

Es curioso: a casi nadie, ni dentro ni fuera, le parecían mal esas tropelía que vi. Para casi todos los adultos masculinos, la mili era un aprendizaje útil que “te hacía un hombre”. A casi todas las mujeres, jóvenes y mayores, les parecía justo que los chicos hiciésemos la mili y ellas no, argumentando que a ellas les tocaba parir (sí, en 1982, aunque ellos, con niveles de simpleza a la altura, contrargumentaban sinsentidos similares: aquellas eran siempre conversaciones de besugos).

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Adolfo Lujan

La mili estaba demasiado normalizada en las mentes sencillas, aun siendo una clara injusticia, aun siendo inconstitucional en lo que respecta a la igualdad de derechos y deberes sin distinción de sexo (por fortuna, las mujeres ni iban a la mili ni hacían ningún servicio social alternativo, no tenían que interrumpir sus trabajos y, si eran universitarias recién licenciadas, accedían directamente al mundo laboral sin regalar quince meses al Estado, algo estupendo pero que a su vez creaba una muy desventajosa posición competitiva para los hombres). La sociedad bendecía la mili y, si tú te defendías mostrándote insumiso, cosa apetecible por la vivencia, podías acabar con antecedentes penales y eso no ayudaba para encontrar trabajo por entonces, y menos si eras un insumiso convicto y confeso: un indisciplinado que evitaría cualquier empresario.

Ahora que lo revisamos todo, a lo mejor me da por sacarle rentabilidad a aquella pérdida de tiempo, a aquella pérdida de dignidad personal y ciudadana, a aquel tapón profesional y académico para tantos… A aquél secuestro cuya única defensa posible era la insumisión, que estaba penada con prisión militar primero y el estigma sociolaboral después. Un secuestro legal que sobre mi persona perpetró el Estado español en plena democracia y con la constitución aprobada casi cuatro años atrás… Todo por tener veinte años y haber nacido español, con sexo masculino.

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