Simón no quiere salir del armario

salir del armario
Fred Dawson
Antes era difícil salir del armario. Hoy sigue siéndolo, pero no tanto. Ahora bien, convencer a alguien para que salga es a veces el colmo de la dificultad.

No suelo hablar de Simón con nadie. Simón es algo así como una herencia molesta, como ese jarrón feo que conservamos por razones sentimentales y que nunca tiraríamos ya que en su día perteneció a un ser especial, muy querido por nosotros, como podría ser esa abuela entrañable y cocinera de bizcochos al horno de indescriptible aroma de vainilla y almendras tostadas, que es exactamente el olor que imaginamos a toda abuela de bien y digna de ser recordada.

O bien pudo ser propiedad del clásico abuelo marino retirado, de nívea y luenga barba que contrastaba poderosamente con unos imponentes bigotes amarillos teñidos por la nicotina que le impregnaba el humo perpetuo de su inseparable pipa, siempre encendida, que manipulaba con hábil parsimonia como un ritual, cuando la cargaba o descargaba mientras relataba sus prodigiosas aventuras de galernas terribles que él superaba frente al timón de ese cascarón de nuez al que pomposamete llamaba “el barco pesquero” y con el que cruzaba el Cabo de Hornos todos los jueves a las siete de la tarde, en medio de agotadoras jornadas de pesca sazonadas con mil peripecias marinas a cargo de toda suerte de bichos acuáticos fuertemente armados de afiladas hileras de dientes, de musculosos y letales tentáculos, o bien, largos pinchos nasales de peces enormes que acostumbran a brincar como posesos en protesta por los anzuelos que taimadamente les hacía tragar ese lobo de mar que acabó siendo el locuaz abuelo que con mimo guardaba en su espantoso jarrón, por las noches, todos los abalorios de fumar que, si los desparramabas por la mesa, no eran pocos, no.

… un pequeño brinco bastó para que Simón se mudase sin que nadie pudiese afirmar taxativamente que salió del armario, porque esto implicaría pensar que si uno sale es para exarmariarse, vivir fuera, ir al cine o bajar a por el pan; pero lo que Simón hizo fue trasvasarse armariosamente, pues únicamente estuvo ubicado interarmarios una fracción de la mitad de un segundo, que es el tiempo que tardó en viajar por el aire desde una a otra ubicación guardarropera.

Yo a Simón lo heredé un sábado por la mañana de mi madre, que en su día lo acogió y nunca supimos bien qué es lo que exactamente pasó o qué motivaciones pudo tener ella para albergar a ese hombre extraño, melancólico y huidizo, a quien hay que echar de comer tres veces al día y, aunque no es muy exquisito en lo gastronómico, no se alimenta con pienso, aunque su exigua corpulencia permite a veces echarle las sobras de la cena sin que proteste demasiado. El problema es que Simón vive en mi armario empotrado: se instaló allí saltando desde el vetusto guardarropa de cuatro patas que tenía mi madre en el cuarto de la chacha (como nunca tuvimos chacha, aquello jamás incurrió en indecencia doméstica por cohabitación indeseable de sexos opuestos no matrimoniados).

Para que fuese posible aquella reubicación de Simón, hube de contratar a unos transportistas que llevaron el armatoste materno a mi nueva casa de hombre independizado hace ya un par de décadas, y poniéndolo frente al mío de empotrada obra…, ¡ale jop!: un pequeño brinco bastó para que Simón se mudase sin que nadie pudiese afirmar taxativamente que salió del armario, porque esto implicaría pensar que si uno sale es para exarmariarse, vivir fuera, ir al cine o bajar a por el pan; pero lo que Simón hizo fue trasvasarse armariosamente, pues únicamente estuvo ubicado interarmarios una fracción de la mitad de un segundo, que es el tiempo que tardó en viajar por el aire desde una a otra ubicación guardarropera.

salir del armario
Nikita No Komment

En las largas veladas de invierno, yo le hablo de la liberación sexual, del signo de los nuevos tiempos que corren y la nueva tolerancia que existe respecto a quienes salen del armario; incluso le explico que está de moda hacerlo, que suele ser muy bien recibido socialmente y remunerado con altos puestos ejecutivos en el mundo de las fianzas, pues de esta manera se cubren cuotas de tolerancia social y esas cosas dan muy buena imagen a las empresas que se precien de ser modernas, e incluso en círculos políticos en los cuales tener un concejal exarmariado es algo, si no imprescindible, al menos deseable para que cada julio pueda, sobre una carroza engalanada, bailar el chachachá sin complejos y hacer gala de saber mover bien el vientre como un virtuoso del julajop.

Pero Simón hace oídos sordos y, mordisqueando un muslo de pollo de anteayer, se aferra a los uniformes de doncella, de fregasuelos y de cocinera que mi madre compró por si alguna vez se encontraba con alguna chacha en el mercado (cosa que jamás sucedió porque a mi madre le amputaron las dos piernas al nacer y nunca pudo bajar a la compra), y grita en voz baja con voz chillona: “¡Que no salgo, ea!”. Y en esas estamos, de momento. Ya les iré contando…

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