23 años no son nada: por la derogación de la reforma laboral

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Manifestación en Madrid contra la reforma laboral (19-F, 2012) - Gaelx
Una historia que ejemplifica los males causados por la reforma laboral del Partido Popular y por qué Pedro Sánchez debe derogarla sin falta si gobierna.

A veces, la vida parece un tango, preñada de tristeza, nostalgia y melancolía infinitas. E inconsolables. El letrista Enrique Santos Discépolo dio en la diana al definirlo como “un pensamiento triste que se baila”. Sí, amigo mío, aunque no estés para bailar, tu historia me trajo a la memoria herida la letra de aquel tango, ‘Volver’, que inmortalizara Gardel. Porque lo que te pasó a ti, ‘txiquet’, es de tango. En tu caso no son veinte años; son exactamente veintitrés. Veintitrés años levantándote a las tres de la mañana, adivinando el parpadeo de las luces que a lo lejos iban marcando el camino hacia tu trabajo, en una ciudad silente, profundamente dormida. Veintitrés años con tu sola compañía, cruzándote seis días a la semana con barrenderos, vagabundos, borrachos y juerguistas trasnochadores yendo a currar.

Veintitrés años conduciendo esos kilómetros eternos hacia el mercado, en el que debías estar a las cuatro, aunque siempre llegabas con más de veinte minutos de adelanto. Veintitrés años sintiendo que te estabas perdiendo la infancia, primero, y la adolescencia, después, de tus hijas. Cuando ellas se levantaran para ir a sus estudios, tú ya llevarías cuatro horas o más en el tajo. Cuando ellas llegaban a casa de sus colegios, tú estabas derrengado en la cama, intentando recuperar tu cuerpo tras más de diez horas de trabajo. Sacrificabas horas de tu sueño para no convertirte en un extraño a tu propia familia, para compartir con ella cosas tan intrascendentes como hacer la compra, ir al cine o de cena juntos, pero sin acostarse muy tarde porque a las tres sonaba, inmisericorde, el despertador.

Veintitrés años siendo para tu jefe algo más que un empleado. Eras conductor cuando hacía falta, mozo de almacén, contable, recepcionista otras veces. Veintitrés años llegando a la empresa antes que el jefe, abriendo la minúscula oficina, asignando las tareas entre los otros operarios, ayudándoles a cargar los furgones para después cargar el tuyo y ponerte al volante.

Veintitrés años abandonando el tibio lecho conyugal, donde dormía tu joya. Intentabas no despertarla inútilmente: siempre se levantaba para acompañarte mientras desayunabas y darte un beso. Veintitrés años saliendo a la calle, mientras todo el vecindario, excepto tu mujer, dormía. Veintitrés años conduciendo bajo el burlón mirar de las estrellas, que con indiferencia te veían ir hacia el tajo, sin importarles un comino que se te escapara la vida, que volvieses a casa baldado tras estar acarreando en tu furgoneta cajas y cajas de frutas y verduras, distribuyéndolas en comercios dispersos por gran parte de la geografía valenciana, sin importarles si te pasabas algunos días más de diez horas al volante, si no siempre podías llegar a tiempo para comer con los tuyos.

Veintitrés años siendo para tu jefe algo más que un empleado. Eras conductor cuando hacía falta, mozo de almacén, contable, recepcionista otras veces. Veintitrés años llegando a la empresa antes que el jefe, abriendo la minúscula oficina, asignando las tareas entre los otros operarios, ayudándoles a cargar los furgones para después cargar el tuyo y ponerte al volante. Cuando el jefe llegaba, bien dormido y recién afeitado, todo estaba ya encarrilado para la dura tarea.

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Manifestación en Madrid contra la reforma laboral (19-F, 2012) – Francesco Michele

Veintitrés años sintiendo que tu jefe era algo más que tu jefe. Por tu compromiso, por tu hombría de bien, por tu honestidad te habías vuelto su hombre de confianza, su segundo. Habías de nadar entre dos aguas para que el resto de tus compañeros no se celaran y perjudicaran a la empresa. ¡Cuántas veces tuviste que aguantar las broncas y chascarrillos de tus amigos, recriminándote que parecía que la empresa era tuya, al perderte alguna comida o llegar tarde a alguna cita porque habían surgido imprevistos: un chófer enfermo al que habías tenido que sustituir, la mano que le habías debido echarle al administrativo para cerrar el balance mensual, las veces que habías tenido que acompañar de juerga a algunos clientes para tenerlos contentos.

Veintitrés años quedándote al mando de todo mientras el jefe y su familia se iban a su chalet de la playa. Tú, por tu parte, sólo les pedías que te dejaran libre la semana de las fiestas de tu pueblo y el día de las alfombras. ¡Cuántas veces no te habremos reñido por venirte al pueblo sin haber descansado tras tu penosa jornada de trabajo! Tras ocho, nueve o diez horas de curro, agarrabas el coche y te calzabas trescientos kilómetros para recoger guízcanos, elaborar alfombras o lo que hiciera falta. Para poder aguantar el ritmo y que tu cuerpo no te fallara, te dio por apuntarte a correr maratones. Y, si tenías que correr un sábado, tras el trabajo, cuarenta kilómetros, allá que estabas, como si hubieras dormido la friolera de ocho horas.

… un chófer enfermo al que habías tenido que sustituir, la mano que le habías debido echarle al administrativo para cerrar el balance mensual, las veces que habías tenido que acompañar de juerga a algunos clientes para tenerlos contentos.

Veintitrés años sintiendo que para tu jefe y su familia eras algo más que un empleado. Ellos para ti lo eran, al menos. Porque sí, amigo mío, el tango tiene razón: veintitrés años de abnegación, de compromiso, de entrega absoluta en cuerpo y alma a “tu empresa” no son nada. De repente, cuando las cosas habían comenzado a ir un poco peor que antes (a los dioses gracias, no os podías quejar: había faena), cuando la hija del jefe, esa niñata que dormía o se ponía ciega a alcohol y otras sustancias mientras tú te deslomabas en la empresa de su papá, decidió tomar las riendas. Entonces, viendo lo a huevo que se lo habían puesto los de la gaviota, con la puñetera reforma laboral que Pedro Sánchez no ha derogado, echando cuentas de lo que te tenían que pagar a ti, tras veintitrés años de servicio, te dieron la patada en el culo, sin motivo y sin previo aviso.

Les era más rentable, gracias a que el Partido Popular pensó en sus amiguitos del alma y las personas vulgares, como tú y yo, les importamos un carajo, despedirte, darte un finiquito de mierda y contratar por una miseria a un pringado o dos que hiciesen tu trabajo. Da igual que no lo hagan tan bien como tú, que no se pueda confiar en ellos como en ti: en tres meses los echan a la calle con otra patada y contratan a otros pringados que trabajen por una basura de sueldo y unas condiciones de semiesclavitud.

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Manifestación en Madrid contra la reforma laboral (19-F, 2012) – Francesco Michele

Con aquella crisis atroz, los de la gaviota y sus mamporreros se quitaron la máscara y mostron la bestia del capitalismo más fundamentalista y despiadado. Nada importan las personas: somos sólo peones. Cuando no resultan útiles porque exigen un salario o unas condiciones de trabajo dignas, se les echa sin contemplaciones. Nada somos para ellos los seres humanos: tienen los ojos puestos en satisfacer a la banca, a las compañías eléctricas, a los ‘lobbies’ que sacarán tajada de la privatización de la Educación y la Sanidad, a los fondos buitres que seguirán especulando con nuestros impuestos. Y ya se asegurarán de que les guarden un sillón en los mismos.

Tras la ineptitud de los retoños de los capullos de la rosa, que a su vuelta con Pedro Sánchez no han solucionado esta infamia, llegó la hora de la gaviota, que voló siguiendo la estela del águila alemana, cortejada por bandadas de cuervos y buitres. Ante ellos, tú, amigo, eres, como yo, prescindible. Porque veintitrés años no son nada: cuando llamaste a tu jefe, a tu amigo, al que a veces te había dicho que para él eras como un hijo, este se lavó las manos. No iba a dejar de hablarle a su niña porque te hubiera dejado en el lodazal. Total, nadie eras tú y nada eran los veintitrés años.

Les era más rentable, gracias a que el Partido Popular pensó en sus amiguitos del alma y las personas vulgares, como tú y yo, les importamos un carajo, despedirte, darte un finiquito de mierda y contratar por una miseria a un pringado o dos que hiciesen tu trabajo.

Y estabas acojonado: ¿quién narices iba a contratarte ahora, a tus casi cincuenta años, por muchos carnés y experiencia contrastable que tuvieras? Se te pusieron por corbata: tus hijas comenzaban su andadura por la universidad. Vive Dios que eso es caro, jodidamente caro. Que, gracias a los recortes del inútil del ministro José Ignacio Wert y sus conmilitones, no podías contar con becas ni ayuda alguna. Les habías inculcado a tus hijas que, si no querían tener una vida tan ardua como la tuya, su única salida eran los estudios: cuanta más formación acumularan, más posibilidades de encontrar un trabajo digno, mejor que el tuyo. Bueno, eso era antes de la era de la gaviota, que contando con camareros, putas o monaguillos parecían conformarse.

Se nota que tienes espíritu maratoniano: no te viniste abajo. Te negabas a ser un parado de larga duración, con la esperanza, la autoestima y la dignidad perdidas, como tantos otros conciudadanos. Pateaste sin desánimo cuantas empresas te salieron al paso y hubo suerte: un amigo de un amigo, conociendo tu compromiso, tu talante, te recomendó a un empresario, que aún conservaba algo de humanidad, de empatía. Eso sí, comenzaste a trabajar con un contrato de prácticas y por cuatro cuartos en una fábrica, haciendo algo que nunca jamás habías hecho. Pero no importa: sé que eres un hombre de una pieza, que dejas la piel en tu nuevo trabajo, que no te vas a rendir. Por tus hijas, por tu joya; por ti mismo. Quieres seguir siendo un hombre de bien, aunque te hayan dejado tirado como un perro en tu anterior empresa.

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Manifestación en Madrid contra la reforma laboral (19-F, 2012) – Gaelx

Porque, amigo, “tuya es tu vida, tuyo es tu querer, / bajo el burlón mirar de las estrellas / que con indiferencia hoy te ven volver. / Volver, con la frente marchita, / las nieves del tiempo platearon tu sien. / Sentir, que es un soplo la vida, / que veinte años no es nada, / que febril la mirada errante en las sombras / te busca y te nombra. / (…) Tienes miedo del encuentro / con el pasado que vuelve / a enfrentarse con tu vida. / Tienes miedo de las noches / que, pobladas de recuerdos, / encadenen tu soñar. / Pero el viajero que huye, / tarde o temprano detiene su andar. / Y aunque el olvido que todo destruye, / haya matado tu vieja ilusión, / guarda escondida una esperanza humilde, / que es toda la fortuna de tu corazón”. Sí, volverás con la frente marchita, pero con la cabeza alta. No dejes que te roben tu dignidad. Ni vuestra esperanza.

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