El placer morboso de leer un dietario

ratas en el jardín valentí puig 2012
Nacho Rascón
Los dietarios como los que ha publicado Valentí Puig (por ejemplo, 'Ratas en el jardín', de 2012) son una lectura de lo más tentadora.

El dietario. Más concreto: el dietario que termina publicándose, un territorio desconcertante dentro de la literatura, pues, por concepto, los cuadernos de notas usados con cierta regularidad son para el que escribe lo que la madera de mezclas para el que pinta, e igual que resultaría extraño que esas paletas terminaran colgadas de una pared, es inevitable sentir curiosidad por saber qué cantidad de variables han tenido que confabularse en el Universo para que esos libros hayan llegado a tus manos. Para empezar, los autores que publican dietarios forman parte de un club selecto cuyo derecho de admisión es confuso: ¿quién, en qué momento de su trayectoria y con qué grado de voluntariedad obtiene el permiso de traspasar esa puerta de triple cerrojo por la que las improntas que se apuntan en una libreta pueden interesarle a otra persona?

Además, sucede que, más allá de esas cuestiones de inicio, conseguida la patente de corso, estas obras acaban gozando de un nivel de morbosidad difícilmente comparable con otras manifestaciones —al menos, en apariencia— más intencionadas en su gestación. También cabe la probabilidad de que algunas de ellas contengan una calidad literaria excelsa, y entonces no queda sino dar las gracias a quien quiera que sea el responsable por que esas páginas hayan sido ordenadas y pegadas, con unas tapas y un código de barras, y que el conjunto pueda ser canjeado por una cantidad de dinero asumible. Por poner algún ejemplo: ‘Diario (1932-1987)’, de Miguel Torga , o ‘Libro del desasosiego’, de Fernando Pessoa, aunque este último tenga truco (un truco que conviene descubrir uno mismo). Así que la experiencia te ha enseñado que, por si acaso, hay que permanecer alerta respecto a esta forma de juntar diapositivas de la vida.

… estas obras acaban gozando de un nivel de morbosidad difícilmente comparable con otras manifestaciones —al menos, en apariencia— más intencionadas en su gestación.

Llega por correo 1.0 un libro analógico —sí, aún sucede—: ‘Ratas en el jardín’, de Valentí Puig, el tercer dietario editado del autor, publicado en castellano en 2012 por Libros del Asteroide y perteneciente a sus notas de 1985. Se desconoce si el hartazgo por la vida que se nos ha instalado a la altura de la nariz, en el que también se ve engullido el mundo editorial, impide que siga interesando, precisamente ahora, los pensamientos de un joven escritor, si los veinticinco años que separan el momento de su concepción de su salto al vacío pesan a favor o en contra del funcionamiento final de la obra; pero lo que sí se sabe es que el regusto de su lectura aleja mucho estas premisas de la inocencia que se le podía presuponer al autor en aquel entonces respecto al que recibe un mensaje caduco en el presente.

El dietario pasa la prueba de la barrica: ‘Ratas en el jardín’ no es vinagre. Su álbum contiene fotografías socioculturales y políticas que ya son históricas, pero también diaporamas de una cotidianidad —la suya con treinta y bastantes años— que se leen de ser humano a ser humano sin métodos anticonceptivos de por medio. Y por encima de todo, grabados…, grabados cuando toca el lóbulo de la literatura (de esto Puig, ya en los ochenta, sabía un poco), mensajes de aguja y barniz que, a día de hoy, por clásicos, por inherentes a ella o porque quizás es que este arte en realidad no ha cambiado tanto, siguen siendo tan digeribles como un yogur comprado esta mañana en el supermercado. En definitiva, la maravillosa anarquía implícita de un dietario de alguien que tiene ideas, y que además las expresa con gusto, convierte su lectura en un acto igual de ácrata, igual de tentador que el vistazo tras la mirilla o la escucha de un teléfono pinchado, eso sí, con permiso del dueño.

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