La prensa amaestrada de Cataluña

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La prensa en el Parlamento de Cataluña - Sergey Odintsov
Ejemplos no nos faltan de cuando la prensa de Cataluña no ha tenido la ética suficiente como para salir de debajo de las faldas del poder.

Contaba Indro Montanelli en su crónica de la toma de Pamplona por las tropas italianas durante la Guerra Civil Española que “los únicos enemigos que encontraron nuestros soldados fueron las moscas y el calor”. Inmediatamente, el departamento de prensa o de propaganda o de lo que fuera del ‘fascio’ bloqueó el artículo y le dijo a Montanelli que así no podía publicarlo, que insultaba el honor de los valerosos soldados italianos. Montanelli, no sólo se negó a reescribir el artículo o a escribir otro, sino que además rompió su carnet de periodista y su carnet de miembro del Partido Fascista. Más adelante, acabaría en la cárcel y condenado a muerte por un artículo poco amable con Clara Petaci, amante de Mussolini. En los setenta, fue tiroteado por las Brigadas Rojas. Incluso de muy viejo tenía aspecto de ‘condottiero’ indomable.

Hará ahora unos cinco años, me dejó estupefacto la súbita recuperación de la dignidad profesional de los trabajadores de Canal Nou en vísperas de su cierre: en una especie de confesión más o menos vergonzante, reconocían haber estado faltando a la verdad y sesgando la información durante años, bajo la batuta del sátrapa de turno. No sé, en verdad, qué producía más vergüenza ajena, si que hubieran hecho eso o el fervor expiatorio que mostraban cuando ya no servía para nada. Que yo sepa, nadie rompió su carnet de periodista a lo Montanelli, ni se planteó, al menos públicamente, si podía seguir ejerciendo una profesión de la que había violado su código deontológico.

El valiente denuncia y no calla cuando lo que tiene que decir no puede callarse; todo lo demás es oportunismo y un intento desesperado de lavarse las manos, de fingir que nunca se ha hecho lo que en realidad se ha hecho.

Soy, por supuesto, consciente de lo que significa perder el trabajo en estos y en aquellos momentos, y soy cobarde como el que más pero, si has callado durante años, ya no tiene importancia seguir callando, pues la denuncia y los golpes de pecho cuando ya nada puede arreglarse no son más que un ejercicio de hipocresía. El valiente denuncia y no calla cuando lo que tiene que decir no puede callarse; todo lo demás es oportunismo y un intento desesperado de lavarse las manos, de fingir que nunca se ha hecho lo que en realidad se ha hecho.

Por las mismas fechas, la periodista Anna Grau confesó que, cuando trabajaba para algunos medios de sesgo soberanista, como ‘Avui’ o ‘Ara’, sus reportajes y artículos debían ajustarse a ese enfoque, tuvieran que ver con ello o no. Acabó marchándose del ‘Ara’ cuando sufrió una suerte de “censura preventiva” de un artículo que corría el riesgo de hacer pensar a los lectores en un margen algo más amplio de lo que le gustaría al diario. También Bernat Dedeu abandonó ‘El Punt Avui’ por sufrir censura en un artículo. Y esos días de ceniza tras la confesión de Pujol trajeron la publicación de un artículo de Gregorio Morán para ‘La Vanguardia’, censurado ¡en 1999! Parece algo demasiado habitual en nuestra prensa esta práctica de afeitar los artículos y no permitir que desborden el marco del pensamiento hegemónico, cosa que con Morán ha ocurrido varias veces. Pero, mira por dónde, el marco hegemónico de pensamiento se desbordó solo.

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Arturo San Agustín – CCBlanquerna

Entre las réplicas del terremoto pujoliano, la más interesante fue la reacción de la prensa, escrita o no, catalana. De repente, todos sabían, pero callaban porque no podía demostrarse, no tocaban temas espinosos “porque entonces no tocaban”, y sin embargo, ya podían salir en tromba cantando ‘La Traviatta’, construyendo incluso alambicadas teorías de las implicaciones e imbricaciones que la figura de Pujol y su mundo habían tenido con la llamada Transición española, los equilibrios de poder, las conjuras palaciegas, las luchas intestinas, con un detalle casi proustiano y una claridad stendhaliana. El caso es, de nuevo, por qué en aquel preciso momento. ¿Para lavarse las manos? ¿Para darse golpes de pecho?

En Cataluña, sólo un medio pequeño e independiente y algún francotirador se atrevió a toserle a Pujol desde la prensa en treinta y cinco años. Uno de ellos, Arturo San Agustín, explicaba en ‘La Vanguardia’, diario otrora censor, cuando criticar a Pujol no tocaba y lo que a mí me ha parece más escandaloso y alucinante del trato del ex Molt Honorable con la prensa: era frecuente que Pujol corrigiese entrevistas que había concedido, artículos e incluso que sugiriera —de una manera convincente, supongo— los titulares y el enfoque de las noticias que sobre él versaban.

… los medios de comunicación catalanes —es de suponer que los que tenían sede fuera de Cataluña fueran menos vulnerables— se avenían a cambiar titulares, entradillas y hasta los puntos y las comas si se lo ordenaban o sugerían…

Lo dice San Agustín y por ahora no ha sido desautorizado en este punto por nadie, aunque Agustí Colomines escribió después que el citado periodista era parte del “antipujolismo alucinógeno”, y que lo que se estaba escribiendo sobre Pujol —muy bien aceptado por sus ex hijos políticos— es fruto de la izquierda resentida. Pero tiene lógica que Pujol actuase así porque fue director de un periódico, ‘El Correo Catalán’, y también nada menos que de la revista ‘Destino’. Fue la negativa de Pujol a publicar en ella un artículo de Pla contrario a la Revolución de los Claveles la que hizo al ampurdanés abandonar su longeva colaboración en la misma.

Si es cierto que los medios de comunicación catalanes —es de suponer que los que tenían sede fuera de Cataluña fueran menos vulnerables— se avenían a cambiar titulares, entradillas y hasta los puntos y las comas si se lo ordenaban o sugerían, que es una manera amable de mando, entenderemos por qué no hay aquí —o yo no sé verlo— ningún Montanelli ni en tiempos del Procés. Aquí triunfan los abrepuertas y los sujetaparagüas. Tenemos una prensa amaestrada.

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