La milonga del parto natural

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Si el culto a "lo natural" llega a extremos disparatados, cuando se aplica a los nacimientos con el parto natural ya es la repanocha.

Una de las cosas que más admiro en Juan Luis Arsuaga es su facilidad para explicarse sin rodeos. Hace algunos años, por ejemplo, tras una conferencia sobre la evolución humana, uno de los asistentes le hizo una pregunta engañosamente simple: por qué, con la edad, sufrimos tan a menudo dolores de espalda. Teniendo en cuenta la identidad del ponente y el tema de la charla, todos nos esperábamos una larga disertación sobre la evolución hacia el bipedalismo partiendo de un sistema musculoesquelético adaptado a una posición cuadrúpeda, con el consiguiente desgaste de estructuras que surgieron para soportar esfuerzos y tensiones distintos a los que tienen que resistir. Pero no, Arsuaga fue mucho más directo y, al mismo tiempo, más tajante: su respuesta fue, simplemente, que somos animales optimizados para vivir unos cuarenta años, y que buena parte de esos y otros muchos achaques se deben, sencillamente, a que vamos superando con creces nuestra “vida útil”.

Lo cual no impide que nuestra postura erguida sea una fuente de todo tipo de problemas, y uno de ellos lo señaló el propio Arsuaga con motivo de la presentación de su libro ‘El primer viaje de nuestra vida’ (2012). Como titulaba, por ejemplo, ‘ABC’, Arsuaga afirma que “el parto humano es traumático, casi una enfermedad”. El problema viene del conflicto entre dos de los rasgos más característicos de nuestra especie: nuestra postura erguida y nuestro gran cerebro. Para poder movernos con eficacia, nuestras piernas deben estar lo más juntas posible, pero esto tiene como consecuencia que la pelvis debe ser muy estrecha, dejando por tanto muy poco espacio para el canal del parto. Pero, por otro lado, nuestra cabeza es desproporcionadamente grande para poder albergar nuestro cerebro, de modo que necesitaríamos un conducto mayor para que nuestros bebés puedan nacer.

Para poder movernos con eficacia, nuestras piernas deben estar lo más juntas posible, pero esto tiene como consecuencia que la pelvis debe ser muy estrecha, dejando por tanto muy poco espacio para el canal del parto. Pero, por otro lado, nuestra cabeza es desproporcionadamente grande para poder albergar nuestro cerebro, de modo que necesitaríamos un conducto mayor para que nuestros bebés puedan nacer.

“Un diseñador inteligente” (incluso uno que, simplemente, no fuese tonto) hubiese buscado alguna solución para estos problemas pero, como no existe tal cosa, la evolución ha tenido que optar por una especie de compromiso, básicamente hacer que nuestros hijos nazcan cuando aún caben por el canal del parto, aunque resulten muy inmaduros en comparación con las crías de cualquier otro animal. Y aun así, como dice Arsuaga, el nacimiento no es precisamente un camino de rosas: el bebé tiene que adoptar una postura forzada, los huesos de su cráneo aún no pueden haberse soldado entre sí para permitir que la cabeza se deforme y adapte al pequeño hueco de salida, y la madre debe sufrir unos dolores tremendos para expandir ese hueco todo lo posible y un poquito más.

Sin embargo, una de esas cosas que nuestra sociedad está elevando al rango de experiencia mística es precisamente eso que se viene a denominar “parto natural”. Supongo que mucha gente siente la necesidad de postrarse ante algo sagrado y, ahora que las creencias en dioses están de capa caída, su papel lo va asumiendo “lo natural”. Los comerciantes nos atraen poniendo la etiqueta de “natural” a la comida que venden, nuestras calles se llenan de locales que ofrecen todo tipo de terapias de pacotilla vendidas como “naturales”, y hasta nos parece perfectamente razonable pagar más por una camiseta o una silla si el fabricante nos asegura que para confeccionarlos sólo ha usado “productos naturales”. Y en ese panorama del culto a “lo natural”, claro, no podía faltar algo tan importante como el parto, que es nada menos que el primer acto de la vida del recién nacido y uno de los más importantes, si no el que más, de la madre.

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Así que volvamos a lo del parto. Como decíamos, nuestra anatomía hace que se trate de un proceso difícil y doloroso para la madre, y nuestros bebés resultan especialmente inmaduros y desvalidos. Pero, afortunadamente, ese gran cerebro que nos puso las cosas tan difíciles para nacer también nos echa una mano en esto: otras personas pueden ayudar tanto a la madre como al recién nacido, facilitando el parto, procurando que el niño empiece a respirar… Nuestra inteligencia nos ha permitido desarrollar pautas respiratorias o musculares que alivien el dolor del parto, procedimientos para corregir la postura del bebé… y anestesia, intervenciones quirúrgicas e incluso equipos que permiten mantener con vida a un niño prematuro o a una madre con una grave hemorragia.

Entre la primitiva comadrona que cortaba el cordón umbilical con una piedra afilada y una cesárea hay una diferencia tecnológica importante, pero solo es de grado: ambas cosas son “artificiales”, puesto que hay una intervención ajena a la mecánica propia del parto, y ambas cosas son también “naturales”, puesto que no dejan de ser una ingeniosa contribución de nuestra inteligencia para que el parto culmine de la forma más segura, rápida e indolora posible. De modo que ¿dónde está la frontera entre lo venerablemente “natural” y lo intolerablemente “artificial”? ¿De verdad es más «natural” un parto en el que la madre las pasa canutas que otro en el que su dolor resulte mitigado por la anestesia epidural? Y aunque lo fuera, ¿realmente es preferible el primero al segundo?

Entre la primitiva comadrona que cortaba el cordón umbilical con una piedra afilada y una cesárea hay una diferencia tecnológica importante, pero solo es de grado: ambas cosas son «artificiales», puesto que hay una intervención ajena a la mecánica propia del parto, y ambas cosas son también «naturales», puesto que no dejan de ser una ingeniosa contribución de nuestra inteligencia para que el parto culmine de la forma más segura, rápida e indolora posible.

Es cierto que, como decía Arsuaga aquella vez, somos animales optimizados para vivir no más de cuarenta años, pero también es cierto que nuestra inteligencia nos ha permitido superar con creces esa edad. Pero, claro, siempre podemos seguir el proceso contrario y prescindir de esos frutos de nuestra inteligencia; probablemente acabemos viviendo solo esos cuarenta años pero, eso sí, lo haremos convencidísimos que es lo mejor: al fin y al cabo es “lo natural”.

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