Por qué el Partido Popular debería cambiarse el nombre

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Contando Estrelas
He aquí buena parte de las razones por las que el nombre del Partido Popular español no cuadra en absoluto con su comportamiento.

Un domingo de agosto, sentado a la fresca, me desayuné gustosamente mis palabras. Será por aquello de que uno se dedica a escribir y además siempre ha sido de letras. El caso es que me vi obligado a comerme uno de los mantras más habituales entre mis opiniones políticas, esto es: “Los votantes del Partido Popular son los ‘hooligans’ del electorado”. O lo que es lo mismo: votan como ultras del fútbol, con más banderas y pulseras que nadie, gritando insultos y berreando obscenidades a los rivales, y sobre todo, defendiendo a su equipo haga lo que haga. Donde en el césped tiene la culpa el árbitro, en Génova la tiene Pedro Sánchez. Y punto.

Pues bien, tras manchar con el aceite de mis tostadas la portada de ‘El País’, me sumergí en la lectura del análisis de la encuesta de turno. Y no es que yo sea muy amigo de las encuestas. Sé que son bastante fiables, pero sólo me gustan cuando dicen lo que quiero leer; como a todo el mundo, vaya. Sin embargo, en esta ocasión se me planteaba una disyuntiva moral. Por un lado, el dato era malo para el Partido Popular; por otro, la idea final era buena para la salud mental. El resumen de la consulta era que la ventaja de los populares se reducía y que la fidelidad del voto conservador era inferior a la del PSOE. “Algunos de sus votantes tienen criterio”, me dije en voz baja, con las tostadas ya frías. Se me cayó el mito y, yo con él, caí en la cuenta de que a veces mis apreciaciones son demasiado absolutas, demasiado generalizadoras o, más bien, demasiado descorazonadoras.

… aún hoy sigo sin explicarme de qué manera un partido de derechas, neoliberal y ultracatólico puede apoyarse en obreros, funcionarios y gente humilde. Supongo que serán obreros engañados, funcionarios desubicados y gente humilde sin conciencia de clase.

De hecho, aún hoy sigo sin explicarme de qué manera un partido de derechas neoliberal y ultracatólico puede apoyarse en obreros, funcionarios y gente humilde. Supongo que serán obreros engañados, funcionarios desubicados y gente humilde sin conciencia de clase. Pero, sea como fuere, el Partido Popular lo hizo muy bien. Primero demonizaron a Zapatero —¡que vienen los rojos!—, como si Zapatero no se bastase para caer en el descrédito. Luego convencieron a personas que dependen de subsidios, pensiones y ayudas públicas de que ellos eran la panacea para sus males, males causados por quienes inventaron las ayudas que perciben. Y, por encima de todo, hicieron creer a sus votantes que podían ser como ellos —“Hazte Bankero”—, que habría espesos flequillos, rizos engominados y polos de Lacoste para todos y que eso sólo sería el principio.

Porque gracias a la Ley del Suelo de ese profeta de brillante cabellera llamado Aznar, gracias a esa misma ley que agudizó la gran crisis posterior, podrían dejar sus modestos pisos para mudarse a adosados de lujo, con un Mercedes en el garaje y los billetes del crucero en el bolsillo de unos vaqueros de Armani. ¡Que lo pagan los bancos, oiga! Lo que no les dijeron es que ellos no podían ser banqueros porque sus acciones no valdrían nada. Y no valdrían nada porque la casa que compraron a cambio de su alma tampoco tenía entonces mucho valor. El Mercedes fue una estrella fugaz para muchos y el crucero terminó por ser el Titanic.

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Adolfo Luján

Pero debe ser que el agua está fría. Y como pasó de llegarles al cuello a cubrirles mil y pico metros, por fin se despertaron. Y se sintieron estafados, y yo con ellos aunque no seamos hermanos de voto. Me siento estafado porque yo, como casi todos los que votan al Partido Popular sin saber que incurren en una incongruencia, he pagado mis impuestos. Por eso me pregunto: ¿qué han hecho con nuestro dinero? Al fin y al cabo, los impuestos están para eso, para cubrir gastos. ¿Cómo se explica entonces que fallaran de tal manera las previsiones?

Pues bien, no debían preocuparse, porque la cosa tenía fácil solución: premiar a los grandes defraudadores. A delincuentes, básicamente. Para ello mismo se ideó la amnistía fiscal de las grandes fortunas, a las que se perdonaría la estafa, pudiendo regularizar su capital a cambio de un diez por ciento. “¡Un diez por ciento!”, gritó indignado un amigo de un amigo de un amigo que tiene todo su dinero en las Islas Caimán. “Ni de coña pago yo eso”. Y así debió de ser porque con los chorizos ibéricos que se acogieron a tan ventajosa oferta, la recaudación de la medida ascendió a 1.191 millones de euros, un ridículo tres por ciento de la evasión fiscal. No quiero ni pensar lo que se habrían gastado en ponerla en marcha.

… se ideó la amnistía fiscal de las grandes fortunas, a las que se perdonaría la estafa, pudiendo regularizar su capital a cambio de un diez por ciento. (…) con los chorizos ibéricos que se acogieron a tan ventajosa oferta, la recaudación de la medida ascendió a 1.191 millones de euros, un ridículo tres por ciento de la evasión fiscal.

Mientras tanto, Francia, ese país al que odiamos por pura envidia y por tradición, mostraba a Europa otra forma de hacer las cosas. Frente a nuestra exención fiscal, su impuesto para gravar a las grandes fortunas; frente a nuestra subida de IVA en cultura hasta el veintiuno por ciento —la cultura es un lujo—, su bajada del siete al 5,5 por ciento y, frente a nuestra nacionalización de Bankia y el rescate de medio sector financiero, su impuesto excepcional a la banca. En definitiva, mientras aquí la crisis la pagaban obreros, funcionarios, artistas y estudiantes, allí la pagan quienes la provocaron, quienes, a pesar de todo, siguen teniendo el mismo o más dinero que antes.

Por todo ello me alegra tener que desayunarme mis palabras. Me alegra que, por primera vez, los votantes del Partido Popular sean críticos. Porque no todo vale y ya no se despista con una Eurocopa, banderitas y barbaridades sobre los derechos de los fetos con malformaciones. Ya no se desvía la atención de un gobierno si incumple de manera flagrante el contrato que estableció con su electorado, un gobierno que escondió el programa electoral en el mismo sitio que a Rajoy, un gobierno cuya única salida honrosa habría sido la convocación de elecciones anticipadas mucho antes y que acabó deshonrosamente, con una moción de censura. Porque no podían cumplir lo que prometieron, porque ya no estaban legitimados para representar a la mayoría. Una mayoría que fue absoluta, pero que se negó a ser absolutista.

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