Quentin Tarantino o el cine de la desmesura y la verborrea

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Quentin Tarantino en el Museo Mademe Tussauds de Viena - Neo II
Con el reciente estreno de 'Once Upon a Time… in Hollywood', es buen momento para revisar todos los largometrajes que Tarantino ha realizado hasta ahora.

No parece muy discutible, a menos que uno no haya podido enterarse por vivir debajo de una piedra, que Quentin Tarantino es una de las vacas sagradas de la cinefilia mundial. La puesta de largo de cada una de sus películas se convierte en un gran acontecimiento para los espectadores de todo el planeta, ávidos de novedades con las que alucinar en el cine como muchos estarán alucinando ahora al ver la última de su filmografía en las salas comerciales, ‘Once Upon a Time… in Hollywood’, su obra más contenida hasta el momento, y me alegra decir que para bien. Otra historia es que este director norteamericano acumule méritos suficientes que justifiquen semejante devoción multitudinaria, y si a mí me preguntan, en absoluto. De hecho, muy al contrario.

A este cineasta no se le puede negar ni por asomo su categoría de autor cinematográfico con todas las de la ley, pues tiene su propio estilo de realización y unos intereses narrativos claros que muestra de forma reiterada. No obstante, la mayoría de las veces sufre o nos hace sufrir sus propensiones más molestas: al pastiche descarado, a la verborrea insufrible que no va a ninguna parte, a la arbitrariedad sin una justificación verosímil y, oh, a las explosiones de violencia cuyo habitual paroxismo resulta innecesario, característica que, a propósito, comparte con el español Álex de la Iglesia (‘Crimen ferpecto’). Además, carece de profundidad intelectual y dramática y de verdadera brillantez, y sus obras se quedan generalmente en un entretenimiento superficial y socarrón a lo sumo.

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‘Reservoir Dogs’ (1992) – Dog Eat Dog

En verdad, su ópera prima no fue nada desdeñable: ‘Reservoir Dogs’ (1992) cuenta con una intriga criminal absorbente, una estructura narrativa bien elaborada y una puesta en escena aprovechadísima; y tal vez se trate de lo mejor que nos ha ofrecido Tarantino nunca. En la muy sobrevalorada ‘Pulp Fiction’ (1994) se deja llevar por su inclinación a la verborrea inútil y pretendidamente ingeniosa y la arbitrariedad hasta lo inaceptable, y su montaje saltarín y algo confuso no la salva. Pero no es lo que ocurre con su episodio de ‘Four Rooms’ (1995), un pasable juguetito tras las ridiculeces de Allison Anders, Alexandre Rockwell y Robert Rodríguez, ni con ‘Jackie Brown’ (1997), cuya moderación y su ensamblaje puntual a lo ‘The Killing’ (Stanley Kubrick, 1956) son de agradecer.

El díptico de ‘Kill Bill’ (2003, 2004) no es más que un capricho cargante y licencioso, un canto al reciclaje insolente y al exceso de hemoglobina sin hondura de ningún tipo; y eso que los modales del segundo volumen superan con creces a los del anterior hasta que se derrumba en el último tramo por lo de siempre. Pero ‘Death Proof’ (2007) constituye su mayor despropósito, con una cháchara interminable y más hueca que el cráneo de un terraplanista y algunas decisiones enormemente desagradables. ‘Inglourious Basterds’ (2009), por otro lado, habría podido ser de lo más satisfactoria, con el gran personaje del coronel Hans Landa (Christoph Waltz), si no fuese por un giro final que no hay quien se lo trague y el grotesco derroche de ira histórica contra la bestia negra.

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‘The Hateful Eight’ (2015) – Double Feature

Y no sólo la desmesura usual abruma en el clímax de ‘Django Unchained’ (2012), sino también una incomprensible mala elección de las canciones por parte de Tarantino, que suele tener muy buen gusto en ese aspecto. Cosa que no pasa en la claustrofóbica ‘The Hateful Eight’ (2015), una película de misterio que huele a Agatha Christie, cuyo guion luce un pulido de una madurez desacostumbrada y que se asemeja a ‘Reservoir Dogs’ más que ninguna otra obra del cineasta sureño, necesidades de la puesta en escena incluidas, de modo que la sigue en virtudes. Y quizá podamos pensar que se trató del comienzo de una racha positiva tras ver ‘Once Upon a Time… in Hollywood’ (2019), la cual redunda en el buen nombre de su autor incluso en cuestiones imprevistas.

Porque aquí no vuelven únicamente la composición audiovisual dinámica y medida de Tarantino, los diálogos chispeantes, las situaciones rocambolescas, el ‘western’, los referentes icónicos, los criminales y los estallidos de violencia, sino que el director y guionista nos sorprende con el drama interno del actor Rick Dalton, por completo creíble y de mayor profundidad que el de ningún otro personaje de toda su filmografía, hasta el punto de que hay escenas en las que consigue conmovernos, lo nunca visto en sus filmes. Y este logro no podía ser tal sin las capacidades de Leonardo DiCaprio (‘Titanic’), que nos ofrece otra de sus interpretaciones de antología y nominación a los Oscar, mano a mano con un relajadísimo Brad Pitt (‘Entrevista con el vampiro’) como Cliff Booth.

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‘Once Upon a Time… in Hollywood’ (2019) – Sony

Pero, si ‘Once Upon a Time… in Hollywood’ sirve de lucimiento para ambos actores, el papel de Margot Robbie (‘El lobo de Wall Street’) en las carnes de la malograda actriz Sharon Tate es tal que da la sensación de que pasaba por allí, pese a lo importante de su rol para el concepto de la película. Y, de entre el montoncito de secundarios reconocibles, trece en total nada menos, destacan el impecable Al Pacino (‘Scent of a Woman’) como Marvin Schwarz y Damian Lewis (‘Homeland’) y Mike Moh (‘Empire’) encarnando maravillosamente a Steve McQueen y Bruce Lee, con una escena hilarante y polémica para este último. Una guinda atractiva para esta nueva vuelta de tuerca histórica de la obra menos desmesurada y fastidiosamente verborreica de Quentin Tarantino.

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