Motivos para odiar la literatura

odiar la literatura
LauraLA2008
¿Cómo demonios se puede odiar la literatura? Pues el mundillo de los lectores y los escritores da razones suficientes para ello.

Nadie debería vanagloriarse de amar la literatura, pues, como arte, pretende el disfrute de los sentidos, y resulta obvio amar lo que en esencia produce placer. Igual, nadie debería avergonzarse de permanecer inmune a sus encantos (supongo que la biología hace que quepa esa posibilidad) y sería incluso sano reconocer el odio hacia ella cuando así suceda. Pero si hay algo que aúna a los seres humanos —que no sus gustos— es su instinto, no por huir de la ignorancia, sino de su apariencia. Y, ay, decir que se odia la literatura hace parecer ignorante —además de confirmarlo, aunque con excepciones—, así que mejor camuflar las carencias con expresiones menos agresivas de similares consecuencias: “Leo poco” y sucedáneos.

Siento respeto por las personas que no leen y, a pesar de ello, no son ignorantes —que las hay—, ya que es muchísimo más difícil; demuestra, imagino, cierta supremacía genética. Si uno nace limitado, es sencillo dejar de ser ignorante leyendo. Basta con hacerlo con regularidad y escogiendo bien. Incluso escoger bien es algo que también se aprende.

Siento desprecio con mayor intensidad por las personas que, dicen, «aman la literatura» (…) cuando, en realidad, lo único que adoran es a sí mismas, esa fauna que se masturba escribiendo (suele coincidir con cierta ausencia de talento), pero se vende bien.

Siento desprecio con mayor intensidad por las personas que, dicen, “aman la literatura” (tienden a recrearse en la pronunciación de sus sílabas: liii-teee-raaa-tuuu-raaa) cuando, en realidad, lo único que adoran es a sí mismas, esa fauna que se masturba escribiendo (suele coincidir con cierta ausencia de talento), pero se vende bien. Por ellos, porque parece que no paren de multiplicarse, por lo mucho que se hacen notar, por la alegría con la que se cuelgan etiquetas (les gusta especialmente limitarse dentro de casillas, lo cual ya les retrata), anteponen la foto, su nombre bien largo, su currículo de siete páginas… Del otro lado, por aquellos “lectores compulsivos” que no pasan del libro de moda, de las obras masticaditas, trituraditas, en puré, de digestión suave… Por unos y otros, por todos ellos, que se están apropiando poco a poco de “la palabra”, yo confieso: odio la literatura.

Desde hace años, por oficio, me asomado a diario tras la esquina de la luna literaria y, si se me permite la paráfrasis, he visto cosas que no creerían: he visto atacar el buen gusto más allá de Orión. He visto incautos sucumbiendo a los flashes cerca de la puerta de Tannhaüser… Ojalá todos esos momentos se perdieran en el tiempo; ya se sabe, lágrimas en la lluvia. El replicante de la película terminaba su discurso con un “es hora de morir”; puede que, desde este espacio, sea hora de hablar. O quizás no merezca la pena dedicarles ni una línea más, pues la ribera odiosa de la literatura es la menos importante, la que más se aleja de su raíz, la que en realidad nada tiene que ver con el significado del vocablo. “Ellos” se han apropiado de la cara cutre: las candilejas, las solapas de los libros y algunos incluso del dinero. Cada vez “aman más la literatura”, pero solo aman la palabra. Que se la queden.

odiar la literatura
JumpinJimmyJava

En este mismo mundillo —y en el mundo, sin diminutivos—, de manera natural siguen perviviendo personas que no cuantifican todo lo que han leído —se preocupan más de lo bueno que les queda por leer—, que respetan el oficio de escribir —y se preparan para ello—, que buscan la belleza —creándola o recibiendo la que es creada—. Hay incluso gente que cambia el aplauso barato por mantener su amistad con Shakespeare… Hay escritores que respetan al lector y se hacen dignos de ser leídos, autores que se trabajan cada ejemplar vendido. Por haber, todavía existen analfabetos sabios… Todos ellos siguen existiendo, aunque sean silenciosos, y no les debería preocupar que les hayan robado una palabra. Pues es solo una palabra, y suyas…, suyas son todas las demás.

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8 comentarios

  • Genial! Gracias! A mi me gusta la “literatura” (dicho rapitido y casi callado) para que se quede en lo intimo de las noches antes de dormir y en las palaras que comparto con el gusto.

    Nada de fachada, todo de interior.
    Gracias!

  • Al igual que otros compañeros que han opinado, estoy de acuerdo en la mayoría de lo comentado y tengo ciertas reticencias sobre “el tono” de algunas afirmaciones.

    Sé que es cierto como lectora, en muchos de los significados que se le puede otorgar a dicha acepción, que las diferentes opciones del mercado para editar (contrato, autoedición, coedición, a través del blog propio y como libro electrónico) han llevado y llevan a que muchas personas se denominen desde sus inicios como “escritores”, falseando el significado que debería de tener dicho nombre. Todo vale, no importa la calidad que posea ni cómo esté escrito, y válgame Dios que hay cosas infumables y horrendas (sobre todo por mal escritas, con faltas de ortografía y/o un estilo endeble) circulando por internet, de las que sus autores se vanaglorian y encima, creen estar en posesión de un don especial como escritores.

    Más discrepo en el tono al considerar que quienes no leen a los clásicos (si bien son esenciales para conocer calidad, estilo y evolución algunos habrán leído por ser obligatorios en la etapa estudiantil) son analfabetos por ello. La ignorancia puede llevar a muchas estupideces, incluso a los versados en Literatura Clásica.

    Existen “analfabetos” literarios que son grandes conocedores de otras muchas cosas, claro que no se las dan de entendidos, ni de voraces lectores ni de escritores insignes, sino que van a lo suyo.

    La Literatura es muy amplia, como los lectores, los gustos y las interpretaciones, y por lo tanto tiene que haber de todo.

    Lo que sí llevo mal son los que se denominan “escritores”, allá por donde transitan (Redes sociales o en la vida real), y ni siquiera son meros «escribientes».

    Un saludo y perfecto el artículo, Mayte.

  • Hola.
    El debate es virtualmente infinito.
    Apunto algunas cosas caóticamente. Ordenar mis razonamientos me da medio una pereza supina; medio miedo a no ser capaz.
    Es verdad que el discurso es trillado, pero nadie puede fundar que un discurso trillado no convenga por penúltima vez.
    Es verdad que la supeditación del valor de un producto a su capacidad de venta —lo que por descontado incluye a la “literatura” (de momento la entrecomillaré)— genera disgusto entre los «puretas». Esto va más allá (y lo supongo en Mayte) de la pura banalización del arte. Incluye el mercantilismo como mecanismo de control y de simplificación de mentes que se pretenden controlar no sólo a través de la literatura, sino del monstruo consumista en sí mismo, que dispara en una dirección evidente.
    Sucede también que un autor —o un negro a sueldo para una editorial ¿astuta?: diremos eficaz con sus estrategias de rentabilidad—, está legitimado a ganarse el pan así. O Belén Esteban. Tampoco se puede fundar lo contrario, o es difícil, esto ya no lo sé.
    Escribí hace poco una opinión sobre «El desbarrancadero», de Fernando Vallejo. Transcribo una parte:

    “La desconsolada pero rabiosa denuncia de la realidad social de Colombia nos informa de que el autor lo odia porque lo ama, o no habría denuncia sino indiferencia”.

    Pues eso.

    Un escritor.
    Y un beso.

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