Los facilitadores de obras públicas ruinosas

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Puente atirantado de Talavera de la Reina - Jbenayas
¿Conocéis obras públicas en municipios de España que han costado una millonada y luego han servido para más bien poco? Aquí os explicamos por qué.

La sala es la de un despacho cualquiera, anodino, aséptico, con muebles de oficina, puede que incluso con esa luz repugnante que vomitan los tubos fluorescentes, esa luz blanquecina de día lechoso. En las paredes hay gotelé, eso estaba claro, y cuadros que son láminas desvaídas de pintores clásicos, como un Louvre de saldo, o un Prado de marca blanca. De espaldas a una ventana han puesto el escritorio, con un sillón de ruedas azul y dos sillas al otro lado, también azules, para los clientes. En un rincón, hay una pequeña mesa circular para reuniones con cuatro sillas igual de azules y un sofá de polipiel cuarteada y endurecida. Por la ventana no entra ninguna luz porque es de noche, no es horario de oficina. Pero el cliente lo ha querido así. “Nada de gente por ahí”, había indicado. “Si nos tenemos que quedar hasta las tres de la mañana, nos quedamos y punto”. Se nota que está acostumbrado a mandar. Debe de hacer mucho tiempo que nadie le niega nada.

El hombrecillo que se sienta ante el escritorio es el dueño del negocio y es tan anodino y vulgar como todo cuanto le rodea. Es un tipo anónimo hasta cuando firma, hasta cuando enseña el DNI. Pónganle la cara que quieran y será más suya que la propia. Pero a él no le preocupa; tanto mejor si nadie le pide cuentas por lo que hace, aunque precisamente las cuentas las tiene claras. Y es que, lo que es pagarle, le pagan bien. Al fin y al cabo, su trabajo genera mucho dinero a quien lo contrata. “Y puestos de trabajo para mucha gente”, suelen decirle, como para que no tenga problemas de moral. Como si pudiera llegar a tenerlos…

De ellos depende posibilitar la consecución de una obra inviable, o innecesaria, mejor aún si es inútil. Supongo que tendrán sus retos, pero son los genios de la ciencia ficción. No en vano, la mayoría de ellos posee la formación de la que carecen los políticos que los contratan y no dudan en utilizarla para falsear los estudios de viabilidad.

No es una persona inquieta y la situación no le pilla de nuevas, pero hoy está especialmente nervioso: hay mucho dinero en juego. Tamborilea con los dedos en la mesa y mira compulsivamente el reloj, un reloj que le regaló cierto consejero de Obras Públicas y que, según le dijo, valía un huevo. A él no le gustaba; no funcionaba con pila, se paraba si no se lo ponía. “Una birria”, solía pensar cada vez que lo miraba. De hecho, sólo lo lucía en este tipo de reuniones; para estar a la altura, ya saben.

Y por fin llegó el cliente. Había dejado su coche oficial en el garaje del edificio de oficinas y había subido en ascensor directamente al piso veintiocho. Era un hombre gordo, de unos cincuenta años, con el pelo ralo acartonado de gomina y un traje demasiado grande hasta para él. El dueño se sobresaltó al escuchar el timbre del ascensor, pero fingió estar trabajando en otra cosa, mientras miraba de reojo cómo el hombre gordo recorría la oficina desierta. Había dejado la puerta del despacho abierta, para que lo viera nada más salir y fuera directo a él. “Hombre, por fin llegas. Me pillas ultimando un papeleo para el aeropuerto de Cercedilla de Riochico”. “Macho, qué trabajador”, dice el hombre gordo mientras le tiende una mano blanda y sudorosa: “No había oído nada de ese aeropuerto”. “Ni lo oirás, porque no creo que llegue a aterrizar ningún avión, pero eso sí, serán novecientos millones”. “¿Y eso sin ningún pasajero? Si ya decía yo que eras nuestro hombre”.

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Aeropuerto de Ciudad Real en construcción – JMiguel Rodríguez

Si siguiéramos con la dramatización, el hombre gordo sacaría papeles y planos y el dueño del negocio diría que no había problemas, que “podía hacerse”, que “cuadrarían las cifras”. Luego le daría un sobre —como incentivo— y le diría que llevaba un peluco de puta madre. Y unos cuantos años y millones después, el hombre gordo y el jefe del hombre gordo inaugurarían una obra pública faraónica que nunca más volvería a pisar nadie. Y todo ello, gracias a ese tipo anodino y a sus paredes de gotelé. Todo gracias al facilitador.

Pero, ¿quiénes son los facilitadores? Pues, aparte de hombres como otros cualesquiera, son unos señores que tienen una consultora que reúne a técnicos en obras públicas; a arquitectos, ingenieros, abogados y otros elementos de profesiones no reguladas, pero muy necesarias en según qué ámbitos. Y, además de ellos, también hay muchos otros facilitadores, contratados como asesores, en las empresas adjudicatarias de las obras públicas, en el ‘staff’ de empresas municipales, de organismos autonómicos y de entidades públicas nacionales. De ellos depende posibilitar la consecución de una obra inviable, o innecesaria, mejor aún si es inútil. Supongo que tendrán sus retos, pero son los genios de la ciencia ficción. No en vano, la mayoría de ellos posee la formación de la que carecen los políticos que los contratan y no dudan en utilizarla para falsear los estudios de viabilidad.

… desde las obras más grandes, hasta las pequeñas reformas municipales. Todas y cada una de ellas con sus respectivos estudios de viabilidad; estudios falseados para adjudicar obras abocadas al abandono y al deterioro, obras inútiles imposibles de mantener porque no son ni serán productivas. Y todo ello con un único cometido: robar dinero público…

De esta manera, en virtud de su riguroso análisis, Talavera de la Reina tuvo el mayor puente atirantado de España por solo ciento ochenta y cinco millones de euros; o Madrid, la Caja Mágica, para su uso durante unos cuantos días al año por doscientos noventa y cuatro millones; o Zaragoza, un montón de edificios —muy bonitos, por cierto— completamente inútiles, gracias a la Expo del Agua, que costó setecientos millones. Y eso por no hablar del Foro de la Cultura de Barcelona y sus dos mil millones, o las instalaciones desiertas de la Copa América en Valencia, por trescientos cincuenta. Pero lo mejor, lo mejor de todo, son los transportes. Porque somos el país del mundo con mayor densidad de autovías después de China y Estados Unidos y también el mayor en kilómetros de vía de alta velocidad tras el primero.

Y, claro, nada habría sido posible sin los que previeron ingresos sin límite para Zaragoza o Barcelona, o la celebración continua de multimillonarios eventos deportivos en La Caja Mágica, o regatas sin pausa en Valencia. Los mismos asesores que vaticinaron sesenta mil usuarios para la rescatada autopista de peaje R-3 de Madrid, por donde sólo circulaban algo más de nueve mil en 2014; o esos otros que aseguraron quinientos mil pasajeros en el aeropuerto de Alguaire (Lérida), por dónde sólo pasaron cuarenta y cinco mil y pico en 2018. Aunque mejor será no hablar de aeropuertos, ya que la hoy semiprivatizada Aena llegó a ser la compañía aeroportuaria con más pérdidas del mundo. Sólo así se entiende que en el aeropuerto de Ciudad Real, que ha costado mil millones de euros, no despegue ni aterrice avión alguno.

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El AVE en Tardienta – Carlos Olmos

Aunque mi preferido sea el de Castellón —“el aeropuerto del abuelo”—, inaugurado en 2011, en el que no hubo un solo avión hasta 2015 pero en el que se podía pasear por sus pistas, como sugería el mismísimo capo Fabra, el hombre con más billetes de lotería premiados de la historia —y él mismo lo dijo: “Este es un aeropuerto para las personas”; claro que sí, ya estaba bien de aeropuertos fríos y deshumanizados para aviones—, y en el que ahora despegan vuelos con unos trescientos pasajeros al día.

Y así podríamos seguir hasta hartarnos, desde las obras más grandes, hasta las pequeñas reformas municipales. Todas y cada una de ellas con sus respectivos estudios de viabilidad; estudios falseados para adjudicar obras abocadas al abandono y al deterioro, obras inútiles imposibles de mantener porque no son ni serán productivas. Y todo ello con un único cometido: robar dinero público, adjudicar obras con presupuestos hinchados a empresas de amigos y pagar con dinero ajeno, mientras el propio se va incrementando. En definitiva, hipotecarnos a todos sin nuestro permiso, haciéndonos comprar infraestructuras que nunca llegaremos a utilizar y que nunca terminaremos de pagar. Si ya lo decía en la tele un señor de Tardienta, el pueblo más pequeño con estación de alta velocidad en España: “Aquí tenemos AVE, con dos cojones”.

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1 comentario

  • A mi, lo que me llega al alma, me encoge el corazón y me toca la fibra sensible es el “Circo de Alcorcón”…eso es una infraestructura como dios manda!! Con dos bemoles!!

    Excelente artículo, por cierto.

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