El nuevo orden mundial que no fue

nuevo orden mundial
Daniel Lobo
Tal vez haya llegado el tan mentado nuevo orden mundial, pero quizá no es el que se temía ni el que nos gustaría que fuese.

Me pasé un mes pensando en cuál sería el primer artículo que escribiría en ‘El Hispanam’. Uno a la altura de mi fantasía, supongo; uno con un buen título, un análisis riguroso de la situación y unas encendidas conclusiones; uno capaz de hacer saltar al más pasivo del sofá, capaz de pulsar la tecla adecuada, o de ser la gota que desborda el vaso de la paciencia. Vamos, que mis pretensiones iban más hacia la iluminación que hacia el periodismo. Pero sean comprensivos, condescendientes incluso; asumo la culpa. Al fin y al cabo, la realidad siempre me abofetea con una indiferencia que duele más que el propio golpe, porque las cosas terminan pasando y ocurre que son más feas de lo que pensaba, o más graves, o menos buenas, o lo peor, más aburridas. Por eso no me extraño al recordar aquel primer título, esbozado por el devenir de la actualidad, aquel grandioso pedazo de la historia del periodismo —por lo menos—, aquel “Nuevo orden mundial”.

“En verdad lo parecía”, sigo diciéndome como el ciego que no quiere ver, y mientras tanto, me castigo pensando en las revueltas por la crisis, en las manifestaciones que hubo, en los abusivos recortes a partir de entonces y en esa hipoteca de Estado que sigue siendo la ayuda a la banca. Sí, pienso en todo ello y llego a la misma conclusión que esos días: que esto no puede durar, que nadie puede aguantar que le escupan —aunque sea administrativamente— una y otra vez. Es decir, que todo esto tiene que desembocar en un nuevo orden mundial. Pero no, obviamente; tenía que desembocar en agosto. Y ya se sabe que en agosto se va de vacaciones hasta la prima de riesgo, hasta la gente que no se va de vacaciones, hasta los que se van en espíritu, que es más barato y mucho más místico. El país vuelve a estar muerto como ese mes, mientras el mundo se mueve bajo la superficie de una actualidad informativa que no revela la situación real.

… me castigo pensando en las revueltas por la crisis, en las manifestaciones que hubo, en los abusivos recortes a partir de entonces y en esa hipoteca de Estado que sigue siendo la ayuda a la banca. Sí, pienso en todo ello y llego a la misma conclusión que esos días: que esto no puede durar, que nadie puede aguantar que le escupan —aunque sea administrativamente— una y otra vez.

No obstante, ¿a quién le importa la situación real? A mí bien poco, ya lo he dicho. Seguiré equivocándome, pensando que van a ocurrir cosas que no van a ocurrir y leyendo en los ojos de la gente una chispa revolucionaria que solo es el reflejo de: “Virgencita, que me quede como estoy”. Y así y todo, seré más feliz que todos aquellos desengañados convencidos de que nadie va a salir a reclamar lo que por derecho le pertenece, alguien que grite que ni la sanidad ni la educación son gratuitas, que ya las pagamos entre todos. Alguien que grite que no piensa pagar ni un céntimo a los especuladores que hundieron el país, a esos mismos que, no solo especularon con el dinero de la gente, sino también con sus sueños, con sus expectativas y con su vida, que ya no es suya, sino del banco. A esos mismos, tan estúpidos que no sabían que una empresa que arruina a sus clientes se arruina a sí misma. A esos mismos, aún más estúpidos, que no saben que un país que arruina a sus ciudadanos no sólo se arruina económicamente.

Porque no es que yo sea un activo intelectual de primer orden, pero habrá otros que sí lo sean, verdaderos cerebros que sólo ven un futuro fuera de su país. Y ya sé que no es progre, como no lo es ser centralista y aborrecer los nacionalismos, regionalismos y paletismos, pero a mí me gusta mi país, me gusta mi tierra. Me gusta este nido de fachas que es Madrid y adoro ese nido de sinvergüenzas que es Alicante. Y estaría dispuesto a echar el resto si confiase lo más mínimo en quien manda, si viese en ellos ese mismo interés, o ese afecto más allá de una banderita y un himno que no me hacen sentir nada y que, no solo me resultan ajenos, sino incluso ridículos y accesorios. Algo así como un poco de bisutería encima de un vestido de alta costura.

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Celeb-flickr

En fin, supongo que este es el artículo que nunca iba a escribir. Quizás por eso tampoco ha sido el primero, por aquello de engañar al destino para pillarlo desprevenido en su costumbre de llevarme la contraria. Por mi parte, tenía hasta septiembre para descansar y pensárselo bien. Yo, hasta este mes, seguí en Toledo, a los pies del mar de Castilla, justo en la orilla de un ardiente páramo sembrado de trigo muerto. Y seguí paseando a la perrita de mis cuñados de madrugada, que es cuando se podía respirar. Lo hice cada noche, mientras bajaba por una calle igual a todas las demás, con sus adosados hijos de la burbuja, adosados de fecundación ‘in vitro’, o de parto múltiple, o de copia y pega. Ante ellos, la negrura de La Mancha y, en la tapia de una de tantas hileras de viviendas, un título en forma de grafiti, un título como una broma pesada: “Nuevo orden mundial”.

La primera vez que lo vi me quedé parado frente a lo que me pareció un gran ejercicio de cinismo. Por un momento, mi mente ilusa quiso leer un movimiento revolucionario heredero de los mismísimos comuneros de Castilla pero, inmediatamente, mi mente racional se indignó y me dio una colleja virtual bastante efectiva. No había cinismo y mucho menos revolución. Sólo había realismo, un realismo doloroso, pero tremendamente riguroso. Porque ese es el nuevo orden mundial, ni más ni menos: millones de personas viviendo cada una en su propia prisión de lujo, frente a un páramo recalificado o en medio de un laberinto de casas que parecen el espejo de la propia.

… ese es el nuevo orden mundial, ni más ni menos: millones de personas viviendo cada una en su propia prisión de lujo, frente a un páramo recalificado o en medio de un laberinto de casas que parecen el espejo de la propia.

“Cosas de la sociedad; vaya revolucionarios estamos hechos”, le dije a mi sobrina perruna, que andaba olisqueando algo de dudosa procedencia. Y lo que dije debió de llamarle la atención, porque se acercó y me miró con unos ojos enormes y unas orejas aún más grandes. Entonces se decidió a hablar y, en un correctísimo castellano, me rebatió: “No deja de ser revolucionario convencer a la gente para que se pague su propia cárcel y, menos aún, conseguir que no se amotine”.

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