Cuando los hijos de los políticos neoliberales vivan peor que ellos

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Antonio Marín Segovia
¿Por qué sería bueno para todos que los hijos de los políticos defensores del neoliberalismo, que desmontan los servicios públicos, vivan peor que sus padres?

No he podido olvidar la ocasión en que Soraya Sáenz de Santamaría, vicepresidenta del Gobierno encabezado por Mariano Rajoy, se despachaba con una bíblica amenaza, tan del gusto de los apóstoles del Partido Popular: por la crisis, debíamos mentalizarnos de que nuestros hijos iban a vivir peor que nosotros. Por el bien del país, eso es lo que espero. Para sus hijos. Los suyos y los de sus más acérrimos defensores. Y para los hijos de los que intentaron sacar provecho de la crisis, privatizando lo público cuando funciona bien e intentando que el Estado asuma las pérdidas de aquellos negocios que hayan fracasado por sus pifias.

Sí, señora, espero que sus hijos vivan peor que usted y los suyos. Se lo deseo de todo corazón. Descubrirán que unos padres pueden criar, ayudándose de abuelos y guarderías, a sus propios hijos, sin necesidad de tener que encomendarlos a ‘nannies’ trilingües ni que les canten ‘Lili Marleen’ con acento muniqués, que su esposo y usted les pueden quitar las caquitas sin necesidad de guantes y mascarilla de cirujano, y que no todas las ropas que se pongan han de llevar el lagarto o el tío montando en el burro, pues pueden ampliar su guardarropa en hipermercados ¡y hasta en mercadillos!

Sé que es fastidioso tener que superar los cursos por sus propios méritos y que para los suyos siempre ha sido más cómodo que sus «daddies» les consigan títulos y prebendas a golpe de talonario en esos colegios y universidades de pago. Créame, sus hijos agradecerán que los juzguen por lo que son y lo que pueden hacer en vez de por de quiénes son.

Se sorprenderán recibiendo una educación excelente en escuelas y universidades públicas. Sé que es fastidioso tener que superar los cursos por sus propios méritos y que para los suyos siempre ha sido más cómodo que sus ‘daddies’ les consigan títulos y prebendas a golpe de talonario en esos colegios y universidades de pago. Créame, sus hijos agradecerán que los juzguen por lo que son y lo que pueden hacer en vez de por de quiénes son. Se asombrarán al ver que no les salen salpullidos al sentarse en un pupitre al lado de un morito. Sufrirán en carne propia las incomodidades de formarse en clases abarrotadas y descuidadas por los colegas de usted, pero se sentirán orgullosos y reconocidos a la educación pública por hacerlos personas de bien. Seguro que, a diferencia de los suyos, valorarán los servicios públicos.

Se quedarán pasmados viendo que no tienen que llevar mantillas ni puntillitas en los actos sociales para ir elegantes. Descubrirán que, para hacer deporte, basta con un balón y un descampado y que no hay que irse a ningún exclusivo club de golf. Créame, señora: el haber ido a un colegio súper, súper de la leche no es sinónimo ni de ser bien nacida ni, mucho menos, bien educada. Piense, si no, en su amiguita Andreíta Fabra, la nena del caudillo de Castellón, el del aeropuerto paralímpico de gallináceas: en lo que se supone el templo de la democracia, con su boquita de piñón, exclamó, casi en un orgasmo místico ante los recortes y humillaciones que el gavioto en jefe endosaba a parados y funcionarios: “¡Que se jodan!”. Tantas avemarías, tanto ir de manola en las procesiones… Si al menos hubiera exclamado: “Que les den fornicio…”

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PP de la Comunidad de Madrid

Ella y ustedes se asombrarán, seguro, al ver que no se les pega la tiña ni la lepra al sentarse en los destartalados y por los suyos castigados consultorios de la Seguridad Social, que en ellos hay enfermeros y médicos tan o mejor formados que los de esos hospitales con nombres chic a los que ustedes y los de sangre azul gustan de acudir; que, aunque resulte incómodo y deshumanizado compartir estancia con otro enfermo, uno puede sanar sus males y sentirse agradecido a sus cuidadores, funcionarios públicos.

Padecerán en carne propia los sinsabores y afanes que trae el tener que abrirse uno solo camino en la vida en instituciones públicas, donde no se puedan comprar canonjías ni aprobados con dineros ni influencias; como todo hijo de currante. Sabrán de la angustia al enfrentarse a sus iguales en una oposición ante un tribunal imparcial, donde a nadie le importe que sean hijos suyos, pero se sentirán orgullosos si consiguen sacar una plaza por lo que ellos valen y no por sus contactos.

Padecerán en carne propia los sinsabores y afanes que trae el tener que abrirse uno solo camino en la vida en instituciones públicas, donde no se puedan comprar canonjías ni aprobados con dineros ni influencias…

Deje a sus hijos que se agobien al tener que hacer cuentas para poder pagar la hipoteca y llegar a fin de mes, que sepan las tribulaciones que sufrimos sus conciudadanos al tener que pedir, indefensos, un préstamo, en vez de que levante usted el teléfono y le diga a alguno de sus amiguitos del alma que ayude a sus vástagos. Sí, ya sé que muchos de sus colegas y los colegas de sus rivales políticos están bien relacionados con las cúpulas de las entidades bancarias. Hágame caso. Resista la tentación. No los llame. Por su bien. Por el nuestro.

Permítales que descubran que un buen coche puede ser también de fabricación francesa o coreana, que no han de llevar a la fuerza esos cochazos de sus idolatrados señores germanos. Sí, ya sé la gran deuda que tienen los suyos desde siempre con Alemania. Aunque les duela, España no es, ni puede ni quiere ser Alemania. Imagínese: Alemania, donde un ministro se vio obligado a dimitir porque se demostró que plagió una tesis doctoral. ¿Qué iban a hacer todos sus compañeros de partido y los de la oposición que están imputados por corrupción y otros desmanes y siguen en su escaño? ¡Se verían obligados a dimitir! ¡Ellos y los que dieron la cara por ellos en algún acto político! Su antiguo jefe de filas inclusive… Bien pensado, en esto no estaría nada mal ser algo germano.

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Abraham Canales

Usted y los suyos y los de los otros que quieren emular en todo a los plutócratas rezuman una prepotencia elitista, preñada de la arrogancia de aquellos que no han tenido que servirse de las instituciones públicas para abrirse camino en la vida y por ello las desprecian. Y las denigran. Pero la verdad es que la comprendo: no se podía esperar otra cosa de un Gobierno de millonarios como el suyo. Pero ustedes se comprometieron a representar al conjunto del pueblo español. Aunque le cueste creerlo, no todos somos millonarios como los que la rodean. Por más que lo deseáramos. Como mucho, a nuestros hijos les podremos dejar como herencia, con inmenso dolor, la hipoteca.

Consienta, aunque le duela, que sus hijos se levanten contra usted y sus colegas de partido ante sus desmanes e injusticias. Y también ante las de los otros, por supuesto. Deje que les callen la boca a los de su casta y que les pidan responsabilidades y se irriten cuando ustedes echen balones fuera culpando a la herencia recibida, escurriendo el bulto y no asumiendo culpas y errores. Deje que les pidan cuentas. Se sentirá orgullosa de ellos.

… le deseo que sus hijos vivan peor que usted, pero, sobre todo, que se vean impulsados a usar los servicios públicos, en Educación, en Sanidad. Sólo entonces lucharán por ellos. Seguro que sus hijos resultarán mejores personas, a pesar de tener que vivir peor que ustedes.

Sí, señora Sáenz, le deseo que sus hijos vivan peor que usted, pero, sobre todo, que se vean impulsados a usar los servicios públicos, en Educación, en Sanidad. Sólo entonces lucharán por ellos. Seguro que sus hijos resultarán mejores personas, a pesar de tener que vivir peor que ustedes. En cuanto a mis hijos, por el dios en el que no creo y por los dioses que adoro, lucharé contra usted y los suyos para que vivan, al menos, igual que yo o mejor. Y para que ninguno de los amiguitos de ustedes pueda hacer negocio ni con su salud ni con su educación. Y permítame despedirme de usted citando a un autor romano, Publilio Siro: “Ames parentes si aequus est, aliter feras”, es decir: “Ames a tu padre si es justo; en otro caso, sopórteslo”. Pues eso, espero que logre el amor de sus hijos.

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