Cuando las banderas nos tapan los ojos

nacionalismo
Marc Puig
El conflicto del independentismo catalán y la cuestión de la reforma territorial del Estado español no puede abordarse desde las vísceras del nacionalismo.

Todo el mundo coincidía en señalar que la pasada crisis, además de económica, era política; algunos se atrevían incluso a afirmar que ética. Por lo que respecta a su vertiente política, tenía una serie de derivadas interesantes que conviene ir señalando, así como la situación resultante presenta oportunidades y riesgos que merece la pena tener en cuenta. Nada agrada más a los tiburones, a los aprovechados, a los populistas, que una situación apasionada, descontrolada, fuera de una perspectiva racional. Recordemos que la catarsis democrática italiana tras el atasco de “tangentópolis” acabó con los partidos tradicionales, incluida la Democracia Cristiana, pero dejó como herencia a Berlusconi y su salaz interpretación de la política y las leyes, igual que han aguantado luego al xenófobo Salvini.

En cuanto las estructuras se cuestionan, es fácil ver cómo se producen movimientos tendentes a ocupar la mejor posición posible de cara a los cambios venideros. Tras el inicio de la crisis se escucharon y aún se escuchan opiniones que critican la actual organización territorial del Estado desde posicionamientos muy dispares, tan alejados que en ocasiones son, simplemente, opuestos. Tenemos, por un lado, a partidarios de una recentralización de los servicios públicos, esto es, de devolverle al Estado plenas competencias en materia de enseñanza, sanidad y justicia al menos, para garantizar de forma efectiva la igualdad de todos los ciudadanos. Por otra parte, escuchamos voces que claman y actúan por la independencia de algunos territorios.

… en lugar de una reconsideración nacional del modelo de gestión, que incluye ayuntamientos, diputaciones, Senado, comunidades autónomas y conciertos económicos, nos encontramos con que se ponen los sentimientos encima de la mesa. Y eso es algo que tiene el nacionalismo y lo convierte en enormemente peligroso.

Lo peor es que esta situación requeriría la existencia de dirigentes sensatos, templados, dignos de confianza… y de eso hace tiempo que no nos queda. Lo peor es que, en lugar de una reconsideración nacional del modelo de gestión, que incluye ayuntamientos, diputaciones, Senado, comunidades autónomas y conciertos económicos, nos encontramos con que se ponen los sentimientos encima de la mesa. Y eso es algo que tiene el nacionalismo y lo convierte en enormemente peligroso. Un debate de razones contra razones puede ser más o menos enconado pero tiene posibilidades de avanzar; sentimientos frente a sentimientos…, conflicto garantizado.

Últimamente se viene viendo mucho esto de seudoargumentar con sentimientos de por medio. Y así argumentaban Mas y Puigdemont y argumenta Torra en Cataluña. Lo nuestro, han dicho, es un sentimiento que no debe ser ofendido. Que debe ser tenido en cuenta. Cuando se enarbolan y agitan banderas, la tela siempre acaba tapando los ojos. Los problemas de Cataluña se parecen tanto a los del resto de España que resulta puerilmente fácil explicarse por qué ahora alzan más que nunca la cuatribarrada: es imprescindible para ello tapar muchos ojos, encender muchos sentimientos, para velar la verdad de tanta ineptitud, de tanto tres por ciento, de tanto Millet, de tanto concierto sanitario, de tanta ITV. Algo así hizo ya el gran mentor, el caído Jordi Pujol, hace muchos años cuando se vio amenazado por el caso Banca Catalana.

nacionalismo
OK Apartment

Resulta triste ver a tantos que se proclaman de izquierdas haciendo el juego a la rancia burguesía, más preocupados por la cuestión nacional —cuestión burguesa donde las haya— que por la destrucción masiva de los servicios públicos que aún nos afecta. Si, como digo, la tela siempre cae sobre los ojos de los demás cuando algunos enarbolan banderas, ¡qué más quisieran los de siempre que producir la misma respuesta sacando a relucir Gibraltar! Una buena parte de sus problemas estaría solucionada.

No faltan motivos para plantear una reforma del modelo territorial. Pero hacerlo con la prisa de los acontecimientos de última hora, como se ha hecho, o con las banderas ondeando sobre la mesa no es buena idea. Debe abrirse un periodo de sosiego que permita proponer y debatir las opciones mejores. Pero eso choca con el oportunismo populista de nuestra mediocre casta dirigente. Esperemos que no acaben por provocar más choques de sentimientos que acaben siendo verdaderamente irresolubles.

Escrito por
Más publicaciones de Borja Contreras

Cuando la prensa cae en la ignominia más absoluta

Esto es lo que ocurre cuando la corrupción periodística hace mella en...
Leer Más

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *