Los inmigrantes enviados por Franco a destruir la cultura catalana

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Monmar Comunicació
¿Es cierto lo dicho por los adalides del nacionalismo catalán de que el dictador Francisco Franco llenó Cataluña de inmigrantes para acabar con su cultura?

En 2011 tuve que preparar una ponencia para una mesa redonda sobre enfermedades importadas en un congreso médico de ámbito autonómico. Para ello, me repasé los excelentes documentos que tiene el Ministerio de Sanidad y Consumo, incluyendo su Guía de Actuación. Allí descubrí una cosa sorprendente: no hay ni un solo caso documentado de contagio de tuberculosis pulmonar de inmigrante a autóctono o viceversa. Si pensamos que, para su contagio, la tuberculosis necesita un contacto íntimo, prolongado y en un espacio reducido, esto explica muy bien como funciona nuestra sociedad: juntos pero no revueltos.

Tres años después, Montserrat Carulla, una venerable dama de los escenarios, afirmó sin rubor en un acto de la Asamblea Nacional de Cataluña y ha insistido luego en que Franco llenó trenes y trenes con ‘castellans’ para diluir la cultura catalana y hacer que se perdiera el catalán, pero que gracias a la resistencia del pueblo y los intelectuales eso no pasó; al contrario, fueron los diluidores los que se adaptaron. Lo más desconcertante es que eso fue aplaudido por un auditorio al que, si le preguntases, se definiría como de izquierdas. Los matices xenófobos del discurso, para mí muy evidentes, fueron fuente de discusión con amigos y hasta familiares, que veían plausible la explicación de Carulla. Para empezar, les decía, englobar a todo un colectivo heterogéneo bajo un epíteto, en este caso ‘castellans’, es equivalente a cuando se utiliza ‘moro’ o ‘negro’ para englobar a otro. En segundo, asociar inmigración con una dilución o pérdida de la cultura autóctona es una constante en el discurso antiinmigración de la derecha y la extrema derecha en toda Europa. Y es falso.

… si nos pasamos la vida explicando la Guerra de Sucesión como un ataque de Castilla contra Cataluña o la Guerra Civil como un ataque de España —Castilla— contra Cataluña, ‘castellans’ adquiere todo su significado. Se trata de los otros, los de fuera.

Observemos más de cerca el ‘castellans’; no creo que Carulla ignore —aunque si lo hace, peor— que los inmigrantes llegados a Cataluña sobre todo en la gran ola de 1961 a 1965, en pleno Plan de Desarrollo, venían precisamente de las provincias más pobres de España, entre ellas Jaén y Orense, ninguna de las dos castellanas. Pero ‘castellans’ no define procedencia geográfica, sino grupo —enemigo— de pertenencia: si nos pasamos la vida explicando la Guerra de Sucesión como un ataque de Castilla contra Cataluña o la Guerra Civil como un ataque de España —Castilla— contra Cataluña, ‘castellans’ adquiere todo su significado. Se trata de los otros, los de fuera.

Más desconcertante es la afirmación de que venían a diluir la cultura catalana. Con lo que voy a decir ahora no quisiera menospreciar el trabajo que hicieron personas como Rodoreda, Espriu, Castellet o Ferrater —pues a todos admiro y todos me son gratos, y los siento como míos y pienso que es el resto de España el que se equivoca al no conocerlos mejor y no defenderlos como propios—, pero poco tenían que esforzarse estas personalidades, algunas cercanas a las universidades, editoriales, periódicos, para no ser diluidas por los otros: creo que fue Gramsci el que habó de la hegemonía cultural. No quiero engañar a nadie; lo conozco de oídas, pero hace referencia a que la agenda cultural está marcada desde el poder y sirve a sus intereses. Las clases altas son las que escogen de qué temas se habla o no, de qué cosas se escribe o no, etcétera, y conforman un discurso hegemónico que permea todas las capas de la sociedad.

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Inmigrantes sevillanos hacia Cataluña (1961) – ICAS-SAHP

O dicho de otro modo: es muy difícil que un ‘castellà’, desde su barraca del Somorrostro, su chabola de El Campo la Bota o desde las Casas Baratas del Bon Pastor pudiera influir lo más mínimo en esa hegemonía. Otra cosa es que Franco hubiera sustituido, como probablemente se trató de hacer, a todos los catedráticos, periodistas, altos funcionarios, etcétera, por sus equivalentes foráneos. Pero simplemente no habría suficientes de esos en toda España para hacerlo sin dejar el resto sin cubrir.

Es relativamente sencillo desmontar la falacia histórica de ese supuesto plan de Franco para diluir la cultura catalana con trenes llenos de desharrapados repasando algunos datos. Por ejemplo que, durante los primeros años del régimen, los más duros, la movilidad territorial estuvo fuertemente limitada y hasta se necesitaban salvoconductos para desplazarse de una región a otra. Que después, en los años de mínima apertura de los cincuenta, cuando pretendíamos caer bien a los americanos poniéndoles bases para que nos dejaran entrar en la ONU, los trenes se llenaron de inmigrantes, sí, pero para marchar a Francia, Bélgica, Alemania o Suiza. Tal vez se trataba de un plan maestro de Franco para conquistar Europa. No es hasta los citados años de 1961 a 1965, cuando se implementa el Plan de Desarrollo, que se da esa inmigración masiva. Paco Candel en ‘Els altres catalans’ (1964) la cifra en 800.000 personas llegadas a Cataluña, hacia las regiones ya industrializadas como País Vasco, Madrid y Cataluña. No veo qué cultura ajena se quería diluir en Madrid, por ejemplo.

No es hasta los citados años de 1961 a 1965, cuando se implementa el Plan de Desarrollo, que se da esa inmigración masiva. Paco Candel en ‘Els altres catalans’ (1964) la cifra en 800.000 personas llegadas a Cataluña, hacia las regiones ya industrializadas como País Vasco, Madrid y Cataluña. No veo qué cultura ajena se quería diluir en Madrid, por ejemplo.

Lo curioso es cuando sabes que esa idea del inmigrante invasor que acaba con la cultura catalana desgranada por Carulla es anterior a Franco. La expuso Josep Anton Vandellós, un abogado que amplió estudios de Economía y Estadística en la Universidad de Padua entre 1924 y 1926, aprovechando su estancia allí para simpatizar con Mussolinni y el fascismo. Vandellós asociaba las tasas de natalidad con la vitalidad de los pueblos y no con su renta per cápita, como nos dice Marvin Harris tanto en ‘Nuestra especie’ (1990) como en ‘Antropología cultural’ (2006); así, cuando bajaba el índice de natalidad en una población que al mismo tiempo se estaba industrializando —la Cataluña de su época— o, lo que es lo mismo, urbanizándose, abandonando el campo, eran necesarias migraciones masivas para garantizar la mano de obra y, oh, sorpresa, los inmigrantes tenían tasas de natalidad más altas —porque eran más pobres y venían, por lo general, de zonas rurales—, con lo que, al cabo del tiempo, sustituirían a los decadentes autóctonos.

Plasmó todo eso en dos libros: ‘La immigració a Catalunya’ y ‘Catalunya, poble decadent’ (1935), que no creo que Carulla haya leído, pero que han sobrevolado no sólo el franquismo sino también la democracia para llegar lozanos hasta hoy en una cierta ‘intelighencia’ nacionalista, que explica así su triunfo —de nuevo, nada despreciable y que todos deberíamos agradecer— en un tiempo de tribulación, cuando cientos de miles sucios, hambrientos y desaliñados inmigrantes con maletas de cartón fueron enviados a destruir su cultura. Se libraron, gracias a Dios, del contagio. Creo que aquellos inmigrantes sólo tenían verdades que se sienten en el alma, que escribió Cela; el hambre y las ganas de orinar.

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