Vladimir Nabokov contra el ‘Quijote’

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Jacinta Lluch
¿Qué podría tener el literato ruso Vladimir Nabokov contra el 'Quijote' o contra su célebre autor, el español Miguel de Cervantes? Alguna cosa insólita.

No hablaré de pederastia, ni de partidos de tenis amañados ni de tráfico de mariposas: hablaré de las peculiares lecciones sobre el ‘Quijote’ que dictó Nabokov en Cambridge (1951-52). En ellas se extiende sobre las carencias de Cervantes como novelista y lo tosca que es la peripecia del famoso hidalgo comparada con la de los protagonistas de Turguenev, Tolstoi o Dovstoyevski. No tengo ni la formación necesaria para refutar a Nabokov ni la intención de hacerlo pero, al leer toda esa deconstrucción del ‘Quijote’, hubo una afirmación que me dejó estupefacto: la de que Cervantes desconocía por completo cómo era una venta española de principios del siglo XVII.

Martí de Riquer y Francisco Rico, que algo saben de Cervantes, sostienen lo contrario. Si además recordamos que Cervantes fue recaudador de impuestos y que recorría los pueblos como parte de sus obligaciones, no nos cuesta nada imaginarnos a Cervantes en una venta española de principios del siglo XVII. Además, las ventas que aparecen en el ‘Quijote’ son muy parecidas a las descritas por Casanova en sus memorias, a su paso por España, en la segunda mitad del siglo XVIII.

¿Se equivoca Nabokov a propósito porque es un malvado? No, se equivoca a propósito porque le da la razón a Wilde cuando, en ‘El crítico como artista’ (1891), nos dice que, a menudo, los grandes creadores son los que menos entienden a los grandes creadores.

Cuesta advertir la importancia de este patinazo, si es que es un patinazo y si tiene alguna importancia, pero más cuesta entender que Nabokov no lo argumente. Es decir, se lo suelta a sus alumnos, carraspea, los observa furtivo por encima de las gafas, ellos no preguntan nada, toman apuntes y él pasa al apartado siguiente. Una versión elegante y políglota del “porque lo digo yo” que alguna vez escuché en mi paso por la universidad. Aunque, bien mirado, por muy bien argumentada que estuviera dicha afirmación, no sería más cierta, como nos dice George Steiner en ‘Presencias reales’ (1986): cualquiera puede decir que Mozart no sabe nada de componer sinfonías y argumentarlo con toda seriedad.

Por eso creo que Nabokov no lo argumenta: porque sabe que es falso; se ha equivocado a propósito. ¿Por qué? Porque es una manera de negar uno de los aciertos más permanentes y celebrados de la obra. El ‘Quijote’ no transcurre en Gaula, ni en Britania ni en Constantinopla; transcurre aquí mismo, en este pueblo o en el de al lado, y las ventas que lo puntúan son las mismas a las que podríamos ir usted o yo si quisiéramos. ¿Se equivoca Nabokov a propósito porque es un malvado? No, se equivoca a propósito porque le da la razón a Wilde cuando, en ‘El crítico como artista’ (1891), nos dice que, a menudo, los grandes creadores son los que menos entienden a los grandes creadores.

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Estatua de Vladimir Nabokov en Montreux (Suiza)

Podría ser, claro, que a Nabokov no le gustara el ‘Quijote’, sin más. Podría ser, claro, pero tal posibilidad se esfumó de repente cuando supe que Nabokov también le daba de palos a Jane Austen. Qué casualidad. ¿Por qué un gran novelista como Nabokov atacaría a dos de los más grandes novelistas de todos los tiempos? ¿Volvemos a Wilde o nos vamos con Bloom y su angustia de la influencia? En cualquier caso, Nabokov es parte interesada en su sumario contra el ‘Quijote’: un escritor tan eminente como él sólo puede tener problemas con los mejores. Deberíamos pensar en esto cuando leemos a alguien enjuiciando un texto: quién es, desde dónde habla y por qué habla de, qué interés alberga él mismo en un juicio o en el otro. Así, afirmaciones tan sorprendentes como la de Cervantes y las ventas pueden ser comprendidas al vuelo con una sonrisa y decir: “Vale, Vladimir. Lo que tú digas”.

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