Los españoles de ‘Los hombros de América’ no pueden ser más auténticos

los hombros de américa
Manuel Rivas
Ojalá la comedia teatral 'Los hombros de América', dirigida por Héctor Manrique según el texto de Fausto Verdial, saltase del Trasnocho Cultural de Caracas a los escenarios de Madrid.

Las aspiraciones de una obra de arte cualquiera pueden ser muy variadas según los intereses de sus autores y, salvo tal vez el didactismo —que nos costó mucho desterrar por fin— y la propaganda, todas legítimas; desde el más sencillo entretenimiento y el disfrute de la estética hasta la búsqueda de verdades universales y de cierta hondura intelectual o sobre las distintas emociones humanas. Pero, dejémoslo también claro, ¿qué valor tiene o de qué diantres sirve una obra descerebrada más que para embrutecer al respetable u otra que sólo aprecian los esnobs porque les acaricia el ego de la sesera? Únicamente las mejores combinan los propósitos más humildes, capaces de atraer al público más generalista, y los de veras profundos y ambiciosos.

Y no hay duda de que así es el montaje teatral de Héctor Manrique (‘Monólogos de la vagina’) para ‘Los hombros de América’, la comedia firmada por Fausto Verdial (‘Todos los hombres son mortales, dijo Simone de Beauvoir’) que el mismo autor llevó a los escenarios venezolanos a partir de 1991. La experiencia definitoria del exilio de los españoles republicanos que se establecieron en Venezuela tras escapar de la Guerra Civil y sus repercusiones, con la frustración de la derrota y la amargura de la lejanía, la doble nacionalidad, los vínculos nuevos que se forjan durante años, la vida reconstruida en el país que les acoge y la larga espera para el final de la odiosa dictadura franquista, es el eje de la obra.

los hombros de américa
César Noragueda

Pero la aproximación a un asunto tan serio se acomete desde la comicidad más desenfadada y jubilosa para gozo de cuantos hemos tenido ocasión de contemplar el zafarrancho divertidísimo que se lía en escena, aderezado con amenos ingredientes del más clásico costumbrismo, los enredos comunes, recursos audiovisuales para contextualizar los tres actos y algunos tics de rutina en la dramaturgia de siempre. No encuentra uno lujo en el trabajo como productora de Carolina Rincón, pero tampoco carencias de ningún tipo; igual que el vestuario de Eva Ivanyi no deslumbra y, no obstante, parece difícil que resulte más adecuado en su normalidad; ni en la competente iluminación de José Jiménez hay virguería alguna. Y ni falta que les hace porque el concepto es otro.

Según la tradición del teatro popular de toda la vida, lo que importa aquí es que el público no se pierda ni una palabra de las que emergen a borbotones por las bocas de Manrique y Marielena González como Manuel y Rosa y de Juan Carlos Ogando y Martha Estrada como Javier y Encarnación, con muchas, evidentes y provechosas tablas en su bagaje artístico, y de los más jóvenes Pedro Borgo y Claudia Rojas en la piel de Juanín y Begoña, sin distracciones de ningún tipo. De ese modo, aparte de ser presa de una sanísima hilaridad, uno puede descubrir lo auténticos —o “muy autóctonos”— que son los personajes españoles, no solamente en su forma de expresarse, sino también en el hecho de que discutan con ardor sobre política —oh, sí— y en todo cuanto dicen del asunto.

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César Noragueda

Quizá solamente los espectadores de raíces españolas y lazos determinantes con Venezuela, como los propios Verdial y Manrique, puedan comprender cada uno de los ricos detalles que se desgranan en este montaje teatral, pero les aseguro que hay en él muchísima de la verdad valiosa que convierte a una obra tan accesible en ese algo más, de la agudeza en el análisis y la construcción de los caracteres y sus sentimientos, perspectivas y contradicciones, fruto de experiencias reales, por la que se merece sin duda el mayor de los respetos. Y, si a esta circunstancia le añadimos el propósito de conectar la representación con el oscuro presente venezolano —como oscuro era el español del franquismo, superado después—, poco más podemos pedirle a Héctor Manrique y compañía en ‘Los hombros de América’.

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