La alegría con la que se publican libros mal hechos

libros mal editados
Brett Jordan
Sobre la falta de profesionalidad de aquellos a los que les importa un bledo lanzar libros mal editados, sin haber sido bien corregidos por especialistas.

En mitad de ‘La carretera’ (2006), mordiéndote los padrastros de gusto, del gusto morboso que queda mientras se baila un agarrado con la angustia. Pocas páginas después de recibir una —otra— bofetada de Cormac McCarthy (“¿Todavía somos los buenos?, dijo. Sí. Todavía somos los buenos”), yendo con la lengua a los escondrijos de las encías, ahí donde juegan al “tú la llevas” los sabores coquetones que se ponen interesantes antes de ser rebañados. En esas sigues leyendo… “Desandaron el camino por las calles mojadas…”. Un momento… ¡¿Desandaron?! Y te sale el De Niro que llevas dentro: “You talkin’ to me? You talkin’ to me…?”. ¡¿Desandaron?! ¡Hombre, no!, ¡esto a McCarthy, no! Improperios varios cruzan por la cabeza hacia el traductor, el corrector, el editor… Por favor, si hasta el limitadísimo revisor ortográfico de Word te lo está señalando en rojo ondulante mientras lo escribes…

Cierras el libro hasta que se pase la ofuscación, porque claro, así es imposible seguir, y rediriges los improperios hacia ti mismo: la culpa es tuya por no leer en las lenguas originales, cuyas ediciones también tendrán sus erratas, pero parece que duelen menos en el orgullo. A saber cómo ‘anduvierá’ la cosa (ya puestos, ¡viva la creatividad léxica!) en las editoriales para que se permitan estas lindezas. Imaginas… Bueno, no hace falta imaginar; te consta que mal, muy mal. No hace tanto, tras el traductor y antes del editor, venía el corrector o adaptador, es decir, un mínimo de tres personas —se supone— cualificadas, tras cuyos tamices los textos debían quedar redondos a nivel ortográfico —por descontado—, tipográfico y, sobre todo, estilístico; se solicitaba un especial cuidado en este último aspecto en las obras cuyas lenguas de origen no era el castellano.

La alegría con la que se publican —muchos— libros mal hechos es comparable a la facilidad con la que algunos se pegan en la solapa la pegatina de «editor».

Tampoco hace mucho, casi dos décadas, con las aulas universitarias masificadas, desde los estrados se postulaba por la especialización del profesional como la única manera para posicionarse en el mercado laboral, y eso que por entonces, aunque todos eran muy agoreros, ni por asomo se adivinaba la dimensión de la última hecatombe. Sin embargo, ocurrido lo ocurrido, la supervivencia de esos especialistas viró hacia la concentración de funciones (el dos, tres, cuatro… en uno) y claro, eso tiene sus consecuencias: poco tiempo, poco ojo, poco conocimiento del detalle.

Pasar por alto el detalle, desviar en el inicio, aunque sólo sea un milímetro, la trayectoria de la autovía, va alterando el rumbo en progresión ascendente, y el destino, si se había previsto Ohio, acaba siendo Nueva Delhi. En la edición de libros sucede. También y mucho. Con el agravante dañino de que se toma como una cuestión menor, pues no afecta, en teoría, a la venta de ejemplares. El todo vale formal (la permisibilidad en la calidad del contenido daría para otra entrada-columna-volumen-enciclopedia) se ha ido imponiendo sin que nadie parezca pasar vergüenza por ello. La alegría con la que se publican —muchos— libros mal hechos es comparable a la facilidad con la que algunos se pegan en la solapa la pegatina de “editor”. Y así ‘desanduriñamos’, queridos. De seguir por ahí, ‘desanduriñamos’.

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