El día que al nacionalismo catalán se le cayeron los palos del sombrajo

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Jordi Pujol - Òmnium Cultural
Se han cumplido cinco años de un hecho sobre el ex presidente Jordi Pujol que sacudió a Cataluña como pocos. Y esto es lo que supuso.

Tal vez la canción más conocida de Don McLean sea ‘Bye, bye, Miss American Pie’, una letanía elegíaca que podía alcanzar los ocho minutos y que giraba en torno a la pérdida de la inocencia y el paso de la juventud a la edad adulta a partir del día en el que murió Buddy Holly, o el día en el que murió la música. Es justamente famosa por su estribillo: “Así que adiós, adiós, Miss American Pie [señorita Pastel Americano], / llevé el «chevy» al dique / pero el dique estaba seco. / Los chicos duros beben «whisky» de centeno / y dicen: «Este es el día en el que moriré»”. Transmite esa desesperación adolescente, esa nostalgia por un paraíso nunca vivido que tanto gusta a los americanos desde Fitzgerald: la pérdida de la inocencia, que ellos parecen sufrir a cada momento.

Pues bien, el 25 de julio de 2014, un lustro atrás, fue como si Buddy Holly se hubiera vuelto a estrellar con la avioneta que lo llevaba a la siguiente actuación: Jordi Pujol, veintitrés años President de la Generalitat, publicaba una nota en la que confesaba tener dinero, heredado de su padre, sin regularizar en Andorra, unos cuatro millones de euros, desde hacía por lo menos treinta y cuatro años. Yo mismo, para nada pujolista y bastante alejado del modelo de sociedad que él siempre propuso, me quedé jodido, estupefacto, como si me hubieran dado las llaves del picadero de mi padre en su funeral. El hombre que no dejaba pasar ocasión para resaltar en sus discursos la importancia de la ética y los valores cívicos, el compromiso ciudadano, en suma, para el futuro de Cataluña —contraponiéndolos, por otro lado, con la irredenta y corrupta España, atrapada en su sueño y sus moscas— había estado defraudando a Hacienda durante treinta y cuatro años, y no se le ocurría mejor excusa que decir que había sido por falta de tiempo.

El hombre que no dejaba pasar ocasión para resaltar en sus discursos la importancia de la ética y los valores cívicos, el compromiso ciudadano, en suma, para el futuro de Cataluña —contraponiéndolos, por otro lado, con la irredenta y corrupta España, atrapada en su sueño y sus moscas— había estado defraudando a Hacienda durante treinta y cuatro años…

La estupefacción fue tal que, en las primeras veinticuatro horas, ni la guardia pretoriana que el soberanismo tiene en Twitter y que no duda en compartir cualquier cosa, verdadera o falsa, desde sentencias de La Haya apócrifas a límites alemanes de solidaridad fiscal inexistentes, que hable en favor de eso que se dio en llamar “el Procés”, dijo nada. El silencio que sigue al bombazo, el polvo aposentándose sobre los escombros. Hacia el domingo, Artur Mas, nunca particularmente hábil ante escenarios improvisados, llegó a decir que se trataba de un asunto familiar y personal, cosa que corrigió el lunes para insinuar que Pujol sería despojado de todos sus cargos, prebendas y honores, como así fue, en efecto, el martes.

Para ese mismo lunes ya aparecieron los primeros artículos exculpatorios, de marcado tono católico-tietista, que llegaron a su cenit con la intervención en la televisión pública de un catedrático de historia que afirmó, sin sonrojo alguno, que Pujol “era Jesús inmolado en la cruz para salvar a su pueblo”. Una vez llegado a este nivel de ridículo, lo cierto es que este discurso no prosperó: se impuso el de aquellos que se deshacen con prisa del cadáver; “yo sabía…”, “yo debería haber hablado…”, “todo el mundo decía…”; mientras las informaciones abundaban en un problema más gordo que la falta confesada: la existencia de un sistema clientelar y de control social en el que el ‘pizzo’, el famoso tres por ciento denunciado por el ‘president’ Maragall en sede parlamentaria, era práctica habitual en la contratación de obra pública y servicios.

jordi pujol
JauladeArdilla

Sorprende la rapidez con la que los antaño apóstoles del pujolismo lo dieron por bueno y cómo se apresuraron a cargarlo a hombros de Pujol y su familia, como si tuvieran prisa por ir a lavarse las manos y se preguntaran cómo habían llegado a tocarlos. Incluso el ‘president’ Mas, que debe toda su carrera política a Pujol y que fue, para más inri, ‘conseller’ de Hacienda cuando este tenía los millones de su padre en Andorra, hizo la de Enrique V con Falstaff: “No te conozco, viejo. Más te vale que te pongas a rezar”.

Pero ¿por qué este al fin y al cabo vulgar caso de corrupción política me hace acordarme de esa canción de Don McLean? Creo que la respuesta se encuentra en el ya mencionado discurso de Pujol según el cual una nación sometida cuarenta, trescientos años ha logrado sobrevivir gracias a la ética del trabajo, la cultura del esfuerzo, el compromiso emprendedor, el amor a la lengua y la cultura propia, aunque también, ¿por qué no decirlo?, a la cretinez sostenida del opresor. En una palabra, Pujol procuró con su discurso aumentar la autoestima de los catalanes, informarles de su destino y singularidad únicos, lo que no tiene nada de malo, pues podemos ser diversamente admirables por diversos motivos, pero la autoestima se fue comiendo a la autocrítica, que acabó llamándose autoodio y se señaló como baldón o lacra de quienes la practicaban.

… la intervención en la televisión pública de un catedrático de historia que afirmó, sin sonrojo alguno, que Pujol «era Jesús inmolado en la cruz para salvar a su pueblo». Una vez llegado a este nivel de ridículo, lo cierto es que este discurso no prosperó: se impuso el de aquellos que se deshacen con prisa del cadáver…

Pujol se veía a sí mismo como el restaurador de la dignidad nacional, y es cierto que tal vez sea la figura catalana más relevante del último cuarto del siglo XX. Tanto que una parte del impulso del Procés también se debe al visto bueno que le dio Pujol al declarar que se había hecho independentista porque no le quedaba más remedio. Sólo así se explican escenas como la de una risueña anciana que hasta hacía dos días no sabía lo que era una estelada desplegando una al término de un concierto coral ante una platea repleta de miembros de la tercera edad clamando “in-de-pen-dèn-cia”. El Procés también es un bonito sueño de gente que de buena fe piensa en construir un país mejor, basado en los valores cívicos de los que tanto hablaba Pujol y que, amparados en un discurso calvinista, hablan de una Cataluña productiva y una España subsidiada sin ningún sonrojo, pues de verdad han llegado a creer en lo que dicen, sin pararse a pensar cuánto hay de cierto o de falso en ello.

Pero la carta de la tarde de aquel 25 de julio de hace cinco años nos hizo caer de nuestro pedestal carolingio al polvo mediterráneo del que venimos: de ese mar de piratas y mercaderes y jugadores con los dados cargados. Descubrimos, por mucho que nos duela, que cuando hay dinero o poder de por medio no somos mejores que nuestros vecinos y semejantes. Bye, bye, Miss Catalonian Pie.

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