Por qué Jesucristo es uno de los monstruos clásicos

jesucristo zombi
The Thinking Atheist
No cabe duda de que la historia bíblica de Jesucristo hace que entre en la categoría de los monstruos clásicos. Y estas son las razones.

Como en el mundo real, entre los monstruos inconcebibles que pueblan la imaginación también los hay destacados y de segunda, y quizá penséis que el conde chupasangre y el hijo del moderno Prometeo son los que dirigen el cotarro, pero no es así en absoluto: si se conoce a un anormal de semejante pandilla que sea más célebre que ningún otro, con permiso de Los Beatles y de sus legiones, no hay duda de que pertenece a la familia de los zombis, ya que fue un fiambre por voluntad propia y luego resucitó, si bien no convertido en uno de esos devoradores renqueantes tan de moda ni en un esclavo descerebrado por el vudú, sino como excusa testimonial para el comienzo de nuestra era cristiana. Porque Jesucristo, apreciados lectores, es un zombi, faltaría más. Tal vez antes de su muerte era posible considerarlo un milagroso y curanderesco semidiós si se manda a hacer puñetas el torpe enigma del uno y trino, pero con el abandono de su propia tumba al tercer día tras su deceso, encaja sin problemas en la actual definición de zombi.

De los monstruos ficticios, porque los reales se me atragantan, son los muertos vivientes los que me producen una fascinación enfermiza que no consiguen los vampiros, los hombres lobo ni otras alimañas de su género. Si la inmortalidad es muy deseable por mucho insensato que la desprecie y por mucho cantamañanas que se la imagine y trate de vendérnosla, lo de volver de la muerte, lo de haber rebasado la última frontera y recogido luego el sedal, es lo más asombroso que podría acariciarse, con diferencia.

Tal vez antes de su muerte era posible considerarlo un milagroso y curanderesco semidiós si se manda a hacer puñetas el torpe enigma del uno y trino, pero con el abandono de su propia tumba al tercer día tras su deceso, encaja sin problemas en la actual definición de zombi.

La incertidumbre de la muerte nos obsesiona, y por eso se imponen religiones como la cristiana, que asegura tanto la resurrección como la inmortalidad para sus devotos: según la ‘Biblia’, Jesucristo dijo que quien creyese en él, aunque muriera, viviría; ahí es nada; y en el “Apocalipsis”, capítulo bíblico del mayor alucine, se expone que los degollados resucitarían por dar su testimonio para reinar con él durante un milenio. Y así cumple igualmente con el estereotipo: Jesús es un zombi que zombifica aunque no muerda, que ya muerden sus pastores por él y, claro, zombifica de todos modos zampándose o corrompiendo cerebros y, después, al estilo vudú para controlarlos.

Las historias de muertos vivientes suelen terminar de una manera distinta en función del carácter de cada redivivo. Los resucitados con el poder de la magia negra, del vudú, pierden en la confrontación y su amo no logra sus oscuros propósitos, más debido a los planteamientos ingenuos de la vieja narrativa cinematográfica, la fijación por el final feliz, que a otra cosa. Los zombis comevivos, que son los reyes absolutos en la actualidad, acostumbran a no quedarse hambrientos, porque los que ya no nos tragamos las dulces y desfasadas ingenuidades ni hasta arriba de vino somos nosotros; o tal vez nos tomamos muy en serio el “Apocalipsis” de San Juan. Por otra parte, el fin de los simples resucitados, los que vuelven a la vida sin catalepsia previa y son casi como fueron, aún y siempre está por ver. Y los que salen de sus sepulcros por la gracia divina no tienen otro cometido que la gloriosa contemplación eterna de sus dones; qué aburrimiento.

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Andrés Musta

Los zombis esclavizados con vudú son como cáscaras vacías y me interesan lo mismo que el apareamiento de la mosca de la fruta —perdónenme los entomólogos—, y únicamente su amos pudieran lucir cierto carisma y seducirme de alguna manera. Los zombis voraces me perturban en tanto que son el envés de las personas que fueron, los seres queridos de alguien que se pudren y sólo conocen un instinto de alimentación furibundo, y sus relatos, en los que el monstruo es en verdad el hombre egomaníaco y cicatero que traiciona y destruye en su lucha por sobrevivir, por satisfacer ese instinto normal, suelen regodearse en un fastidioso e innecesario festín sanguinolento que no me interesa ni la mitad que las cáscaras vacías, y casi no han evolucionado en décadas, se desplacen los zombis a trompicones o corran que se las pelen, se pirren por la materia gris o no le hagan ascos al resto de la anatomía animal.

Por contra, los simples reaparecidos dan mucho juego, la explosión del drama puede ocurrir de un sinfín de formas y la inquietud que generan es más adulta que un estúpido corre que te pillo y no dejo de ti ni las falanges. Y en cuanto a los zombis religiosos, me basta con indicar que la pompa, la inverosimilitud, la pobreza narrativa y las pretensiones de convertir una locura en algo verdadero, pasado y futuro, me estomagan que es un primor.

… los que creen en la resurrección de Cristo también se acomodan en las salas de cine, en el sofá de sus hogares frente al televisor o novela en mano, y se lo pasan pipa con las historias sobre zombis de cualquier tipo, sintiéndose a salvo porque saben que no existen y no van a entrar por la puerta de su propia casa para perseguirles y, si acaso, tratar de comérselos. Una lamentable incongruencia.

Soy consciente de que hay quien dirá que cómo se me ocurre referirme a creencias religiosas dominantes en estos términos, mezclándolas con ficciones de esa catadura. Sabido es que Borges clasificó la historieta bíblica como literatura fantástica, aquel género narrativo en el que fenómenos y seres extraordinarios se cuelan en el mundo que se podría considerar real, por lo que el mamotreto de los fantoches divinos que hacen y deshacen a su gusto por aquí encaja perfectamente en esa clasificación. Sin embargo, tal pregunta se me antoja hilarante y muy triste al mismo tiempo, porque los que creen en la resurrección de Cristo también se acomodan en las salas de cine, en el sofá de sus hogares frente al televisor o novela en mano, y se lo pasan pipa con las historias sobre zombis de cualquier tipo, sintiéndose a salvo porque saben que no existen y no van a entrar por la puerta de su propia casa para perseguirles y, si acaso, tratar de comérselos. Una lamentable incongruencia.

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