‘It: Chapter 2’, un complaciente festival de los horrores

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'It: Chapter 2', cierre del díptico que readapta al cine una de las mejores novelas de Stephen King, no es la última Coca-Cola del desierto, pero satisface.

Lo más seguro es que una de las citas cinematográficas de este año con mayor interés para los cinéfilos que conozcan y admiren los libros del literato estadounidense Stephen King y que, en concreto, amen su icónica novela sobre Pennywise, el maligno payaso bailarín, sea la de ‘It: Chapter 2’, película dirigida, como el primer capítulo, por el bonaerense Andy Muschietti. Y me complace poder decir que la disfrutarán en su justa medida —porque tampoco hay que volverse locos— y siempre y cuando no estén en las filas del purismo más recalcitrante, por completo absurdo teniendo en cuenta que la fidelidad a la obra primigenia en su adaptación al cine no es ninguna virtud artística, ya que no depende de ello ni un poquito que un filme resulte mejor o peor en última instancia.

Si ‘Mamá’ (2013), la ópera prima del realizador argentino, fue una torpeza indefendible, con ‘It: Chapter 1’ (2017) levantó el vuelo hasta la decencia, entregándonos una aventura razonablemente aterradora y cuya sencillez narrativa se encuentra a años luz de su continuación, y me explico: ‘It: Chapter 2’ (2019) no solamente se dedica a jugar con dos líneas temporales gracias al uso de ‘flashbacks’ y sus correspondientes transiciones, elaboradas bien, sino que las escenas tenebrosas se multiplican en un auténtico festival de los horrores con una variedad inaudita e hipervitaminada en la planificación visual, y hasta se adentra en las jugosas posibilidades de los diferentes planos de la realidad y el oscuro surrealismo de su fantasía, atreviéndose incluso con algunas pinceladas de un ocasional humor inesperado.

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Es bastante más compleja que su predecesora, en definitiva, lo cual pudiera parecer curioso sabiendo que en el guion de ‘It: Chapter 1’ hubo seis manos, las de Cary Fukunaga (‘Beasts fo No Nation’) primero y las de Chase Palmer (‘El alienista’) y Gary Dauberman (‘La monja’) después, y en el de la segunda, sólo las ha metido este último, y lo ha dotado de una estructura multifocal y más cercana a la de la novela de King, si bien ha decidido extender lo suyo el tramo final e irse entonces por el camino de en medio para no precipitarse en el mismo error que el guionista Lawrence D. Cohen (‘Carrie’) y el director Tommy Lee Wallace (‘The Twilight Zone’) en su popular y fallida adaptación televisiva de 1990 y el grotesco desplome al que la condujeron insensatamente por no comprender lo abstracto del enfrentamiento definitivo.

La maniobra de Dauberman es cobarde pero avispada y, de todos modos, sirve sin problemas para ahuyentar el temor fundado de que en la readaptación se equivocasen como Cohen y Wallace y, a la vez, para apostar por la coherencia de los dos finales. Por otro lado, no hay más remedio que reconocer que el impredecible Pennywise de Bill Skarsgård (‘Atómica’) sigue inquietando como es debido pese a nuestra familiaridad con él, mientras que el Henry Bowers de Teach Grant (‘Altered Carbon’) continúa siendo poquita cosa y casi que pasaba por allí. Y tanto James McAvoy (‘Split’) y Jessica Chastain (‘El árbol de la vida’) como Jay Ryan (‘Top of the Lake’), Isaiah Mustafa (‘Chuck’), Bill Hader (‘Barry’) y James Ransone (‘The Wire’), que dan vida a los Perdedores adultos, cumplen sin excesiva brillantez.

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Como Benjamin Wallfisch (‘A Cure for Wellness’) con su partitura ambiental, de la que en esta ocasión es difícil acordarse luego de más de dos breves melodías pese a repetir las de ‘It: Chapter 1’. Contribuye con eficacia, en cualquier caso, a aumentar y mantener la tensión imprescindible, que no mengua nunca si conviene junto con su ritmo, sobre todo, en la larguísima secuencia de combate. Su terror no está sublimado porque Muschietti no es el gran Stanley Kubrick de ‘El resplandor’ (1980), y su díptico se encuentra lejos de las mejores adaptaciones de Stephen King, como la mencionada, ‘Misery’ (Rob Reiner, 1990), ‘The Shawshank Redemption’ (Frank Darabont, 1994) o ‘Eclipse total’ (Taylor Hackford, 1995), y acaba de una manera más complaciente de lo que debería. Pero el esfuerzo no cae en saco roto: bienvenidos sean los mil y un horrores de este payaso espeluznante.

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