Los creyentes que son como niños malcriados

intolerancia religiosa
Atheist Camel
Hay que pararles los pies a los creyentes que pretenden cerrarles la boca a aquellos que "les ofenden"; lo suyo no es más que intolerancia religiosa.

El juez del tribunal de vicealmirantazgo británico que sentenció a morir en la horca al pirata Stede Bonnet a comienzos del siglo dieciocho le soltó un discurso de aúpa, en el que entremezclaba azarosos fragmentos de la ‘Biblia’ con alusiones al “escepticismo y la infidelidad de aquella época perversa”. Pues bien, si el de la toga y la peluca pensaba así de entonces y viviese hoy, le daría un soponcio cada vez que alguno de los nuestros abriera su boca pecadora, y no hay duda de que sería uno de los promotores de la legislación antiblasfemia con que pretenden cerrárnosla a cal y canto; y si el ateísmo era una perversión en su época, la presente debe de ser la repanocha.

Quizá por eso sus nietecitos ideológicos, no es que sencillamente traten de resistirse a la progresiva secularización, sino que además se empeñan en que el resto de los ciudadanos, aunque no estén por la labor ni les beneficie lo más mínimo, se unan a la resistencia, o en que la ley les obligue, si no a comulgar con sus despropósitos, al menos a mantenerse calladitos, que así seguro que están más guapos. En consecuencia, lo de esta gente es el respeto por las genuinas libertades y el libre albedrío otorgado por su dios, y aparecer frente a todos como la vanguardia del progreso civil e intelectual. Por la otra punta.

… puede que haya que diferenciar la indignación legítima de la que no lo es, el derecho a exigir que se respete algo propio de lo que supone una inmunidad injusta y privilegiada, un blindaje jurídico y sociocultural ante las críticas, o incluso las burlas, que impide la confrontación de ideas en igualdad de condiciones.

Y es que se equivocan quienes piensen que los del 15-M fueron los primeros indignados. Tampoco lo eran los grupúsculos que formaban parte de su movimiento y cuyas actividad le preceden, ni los tunecinos y egipcios en el gatillazo de la primaverita árabe; ni los de la Plaza de Tian’anmen, ni los praguenses y parisinos en los sesenta, ni los espartaquistas y los bolcheviques, ni los comuneros, ni los de las gloriosas, ni los revolucionarios americanos, franceses y un inacabable etcétera: los indignados primigenios fueron los religiosos, desde el primer cernícalo que se enfureció por que alguien discutiera lo que decía el brujo de la tribu hasta los musulmanes que ponen el grito en el ‘al-janna’ por alguna viñeta se chotee de su asaltacaminos predilecto. Aunque puede que haya que diferenciar la indignación legítima de la que no lo es, el derecho a exigir que se respete algo propio de lo que supone una inmunidad injusta y privilegiada, un blindaje jurídico y sociocultural ante las críticas, o incluso las burlas, que impide la confrontación de ideas en igualdad de condiciones.

Las personas merecen respeto, y no uno sutil e impreciso: su integridad corporal y psíquica debe ser inviolable. Pero sus ideas, su concepción del mundo, han de ganarse ese respeto; sobre todo porque influyen en la forma en que organizamos nuestra vida y relaciones con el entorno, y eso afecta a los demás. Y que no se diga que la falta de respeto por lo que creen otros es una violación de su integridad psíquica: no hablo de hacer que cambien de pensamiento a la fuerza, sino del valor que se le otorgue a ese pensamiento y del modo en que hay que tratarlo según dicho valor, según la lógica y el conocimiento firme o más probable. Si trazamos líneas rojas sobre lo que se puede cuestionar o no, si se alzan muros que protejan una ideología de los ataques, el progreso intelectual será imposible, que es precisamente lo que desean algunos para mantener sus privilegios y las desigualdades jurídicas.

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Manifestación musulmana en Londres (2005) – Caradisiac

Se me ocurren pocas cosas más ruines que la ley del embudo para la libertad de expresión. El proceso comunicativo no es unilateral: cuando uno dice lo que opina, siempre se arriesga a que alguien se lo discuta, y así ha de ser, porque el mismo derecho tiene uno de expresar sus ideas como otro de intervenir y explayarse cuanto desee con lo que se le antojan las ideas de uno; y será la argumentación con más fundamento, la más brillante y menos falaz la que se lleve el gato al agua si es que hay alguno que llevarse. A no ser que la audiencia sea un poco cazurra y únicamente con el tiempo haya quien ponga a cada uno en su sitio.

Las complicaciones vienen cuando esa audiencia o parte de la misma, además de cazurra, es sectaria y peligrosa. Entonces, si cuenta con suficiente respaldo y poder, logra que se obstaculice una manifestación laica, que se veten muestras de arte blasfemo o sobre la represión religiosa de la homosexualidad “para no ofender” a cristianos, judíos y musulmanes, que se juzgue a un artista por cocinar un Cristo en un corto o que se condene a miembros de un grupo de música a dos años a la sombra por una representación atrevida en una catedral.

Si trazamos líneas rojas sobre lo que se puede cuestionar o no, si se alzan muros que protejan una ideología de los ataques, el progreso intelectual será imposible, que es precisamente lo que desean algunos para mantener sus privilegios y las desigualdades jurídicas.

Y si su fanatismo llega al punto de que, vaya, la coacción y la violencia no les repugnen, piden el sabotaje publicitario de cadenas de televisión no afines, de dibujantes de cómic que satirizan a sacerdotes con gula e incluso de páginas web sobre educación sexual, y colocan bombas incendiarias en un teatro por un homenaje al laicismo, tiran cócteles molotov contra exposiciones fotográficas profanas, asesinan a los responsables de unas caricaturas irreverentes y a embajadores, guardias y funcionarios, víctimas de la cólera por el vídeo sobre uno de los monigotes del ventrílocuo celestial, y con mujeres osadas que sólo quieren recibir una educación y reprueban la misoginia religiosa, y establecen el fusilamiento de pecadores y organizan un atentado contra la manifestación laica con gas asfixiante.

En esencia, son como niños malcriados que no soportan que se les lleve la contraria, pero no juegan con muñecos sino con personas; y su mentalidad preilustrada —es decir, inmadura— pone en peligro el frágil sistema democrático en los países de patrón occidental e imposibilita que los que ni olieron la Revolución Francesa avancen decididamente hacia el liberalismo y la democracia. Unos se limitan a recriminarnos nuestro menosprecio por sus creencias y, hale, no nos ajuntan; otros se chivan a papá juez con el objetivo de que nos castigue cerrándonos la boca; y los peores, los nenes salvajes, se enrabietan y nos tiran de los pelos.

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Manifestación de repulsa de los atentados contra ‘Charlie Hebdo’ en París (2015) – Keno

Y lo que no está dispuesto a hacer ninguno de estos críos creciditos, de estos pobres indignados, es aceptar que sus creencias no pueden ser inmunes a las críticas en una verdadera democracia, que no es menester una ley de libertad o de imposición religiosa cuando ya hay libertad de conciencia, y que el único campo en el que es lícito dirimir una cuestión intelectual, ya sea esta o cualquier otra, no es el de la renuncia, el judicial ni el de batalla, sino el de debate. Y sospecho que se niegan a aceptarlo porque, ya metidos en esa harina, siempre tienen las de perder.

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