A ver si os enteráis de que somos todos inmortales

inmortalidad
Fotos de camisetas de SA
A estas alturas de la película de los seres humanos, parece mentira que haya quien dude de nuestra inmortalidad. Pero la verdadera proeza humana es otra.

En realidad, somos inmortales y no queremos darnos cuenta porque amamos demasiado nuestra identidad actual como seres autoconscientes y finitos; pero ningún eslabón intermedio desde las más primitivas bacterias hasta todos nosotros se ha roto; no ha existido una interrupción, ningún “la nada” entre un emisor de vida y un receptor de vida de su misma familia procreativa y evolutiva, en miles de millones de años, y así seguirá la cosa hasta que desaparezcamos todos, por lo que sea.

Si genealógicamente parto de mi persona y rastreo hacia atrás, después de mis padres, que son dos, me toparé con mis cuatro abuelos, ocho bisabuelos, dieciséis tatarabuelos… Así hasta llegar a las algas azules, las calientes chimeneas químicas submarinas o los aminoácidos que, en ciertas condiciones atmosféricas y de manera espontánea, generaron moléculas de vida primigenia hace tres mil quinientos millones de años. La vida es una y se manifiesta en muchos individuos de diferentes formas y de manera ininterrumpida.

… no ha existido una interrupción, ningún «la nada» entre un emisor de vida y un receptor de vida de su misma familia procreativa y evolutiva, en miles de millones de años, y así seguirá la cosa hasta que desaparezcamos todos, por lo que sea.

Por eso, cuando iba a comprar el pan a mis veinte años y la panadera, que tendría unos cincuenta y era grosera y malencarada, me preguntaba: “¿Qué quieres, niño?”, yo le contestaba: “Quiero dos barras de pan; y sepa usted que yo soy tan aminoácido primigenio como usted; no soy tan niño ni usted tan vieja”. La ñora me miraba con cara de pensar: “Este niño es un dadaísta. Dadaísta pero con agallas, eso sí”. Y no se equivocaba la señá Gertrudis, no. Ella me ayudó a amar los intrincados vericuetos del absurdo para mortificar a conciencia a quien se tercie y lo merezca. O para hablar de ciencia, así, a lo tonto, sin aburrir… para ser feliz en suma. Me gusta estar como una regadera, nivel aficionado.

Por ello, a la panadera que involuntariamente marcó mi camino escribendoso le he hecho un altarcillo en mi jardín, con velas e incienso. ¡Gracias, señá Gertrudis! Y hoy, al hacerle ofrendas a la señá Gertrudis, recordé que murió sin reproducirse. Creo que Gertrudis es alguien excepcional solo por esto. Quien muere sin descendencia ha roto una cadena de vida de tres mil quinientos millones de años. Eso, además de ser una bonvivantiada a la que hay que sacarle jugo vital y fiestero, es una proeza admirable: acabar tú con algo que comenzó en los albores de los tiempos, ser tú el broche final de tres mil quinientos millones de años de evolución desde algas azulinas a sapiens pasando por salmonetes y zarigüeyas… ¡Eso es para salir en la portada de ‘Science and Much Sapience’!

El sentido de la vida es procrear y perpetuar la especie. Ser consciente de que tú eres el último y el único que no procreó es para pedirse otro copazo. Y otro, y otro más.

El sentido de la vida es procrear y perpetuar la especie. Ser consciente de que tú eres el último y el único que no procreó es para pedirse otro copazo. Y otro, y otro más. Pero tranqui, únicamente eres una ramita de miles de millones de sillones de individuos que sí siguen perpetuando la inmortalidad de las algas azules y eso tampoco es ninguna proeza; sólo un placer grande, o pequeño si no te lo curras bien.

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