El Hispanoamericano

El Papa es la única persona equivocada en la Tierra

Mural del Papa Francisco, Metro de Roma - Altotemi

El 18 de julio de 1870, el primer Concilio Vaticano introdujo la doctrina de la infalibilidad papal. En esencia, tal doctrina determina que las afirmaciones del Papa son incuestionables porque, gracias al Espíritu Santo, están protegidas eternamente de toda posibilidad de error. Eso no significa que el Papa no pueda equivocarse. Por ejemplo, la prohibición de la anticoncepción, si bien es vinculante para todos los católicos, no está protegida por la doctrina de la infalibilidad papal. Para ello, el Papa debe hablar ex cátedra (“desde su trono”) como pastor oficial de todos los cristianos. También debe explicitar que se está pronunciando sobre una doctrina de fe o moral y que esa es la última palabra, y sanseacabó. Ah, y se debe especificar qué fragmentos son infalibles o cuáles no.

Hay muchas otras normas al respecto, algunas manifiestamente rocambolescas, como que una enseñanza papal infalible puede contradecir una enseñanza anterior de la Iglesia (si esta no era infalible, claro); tampoco puede el Papa dotar de infalibilidad las afirmaciones de otro retrospectivamente. Cumplir todas estas normas es complejo, y además es peligroso: imaginad que el Papa emite una declaración infalible que, poco después, se descubre como totalmente incompatible con un descubrimiento científico reciente: la Iglesia debería cargar con ese ridículo durante siglos o milenios. De modo que, desde 1870, han sido precavidos con el uso de este superpoder (imaginaos poder decir la Verdad sobre una cosa, de forma eterna e incuestionable… La repera).

… un tipo suelta que su afirmación sobre determinada cosa de la realidad (…) es verdad y, además, blinda su afirmación de cualquier duda: es así como pasó y no me lo discutas so pena de parecer un maldito blasfemo. Sin embargo, el tipo no puede probar su afirmación con ninguna evidencia…

Tan precavidos que solo se ha emitido, desde entonces, una Verdad. ¿Queréis conocerla? ¿Tenéis curiosidad? Yo también. Me siento como si estuviéramos a punto de descifrar un mensaje de radio llegado desde otra galaxia, procedente de una especie alienígena que nos lleva siglos de ventaja, una especie que se ha consagrado al conocimiento, que está a punto de alcanzar, incluso, el Punto Omega. Bueno, no esperemos más, ¡vamos a por esa Verdad Suprema! Poned de ojos.

Dicha Verdad la declaró el papa Pío XII en 1950. En pocas palabras, decía tal cosa: que la Virgen María, al morir, había ascendido corpóreamente al Cielo. Ahora tal hecho fantástico es un dogma de fe. O te lo crees o eres tonto (sí, sé que todos esperabais una revelación más trascendental, o al menos práctica: ¿qué tal resolver por fin el problema del confinamiento magnético del plasma en la fusión nuclear? Pero es lo que hay, amigos). Con todo, hay otra excepción (empezad a cruzar los dedos).

Ciudad del Vaticano – Lafiguradelpadre Congreso

En 1994, el papa Juan Pablo II explicitó en su ‘Ordinatio Sacerdotalis’ que los sacerdotes católicos romanos deben ser varones. Y punto, pelota. El Papa no dijo entonces que tal aseveración era infalible, pero el Vaticano sí que lo ha declarado. Ignoro si entonces es totalmente infalible o solo un poco: esto es más complicado que tirar los dados dodecaedros en una partida de Warhammer. Sin embargo, si hacemos caso al Vaticano y un Papa futuro acaba autorizando el sacerdocio femenino, entonces se excomulgará automáticamente a sí mismo. En fin, lo que dije: igual que en el Warhammer. Y mucho menos emocionante (sí, ya podéis dejar de cruzar los dedos: las verdades supremas han acabado por hoy).

Muchos religiosos quieren quedar indemnes frente a las críticas epistemológicas o científicas de sus aseveraciones arguyendo que ciencia y religión juegan en campos diferentes. Que son incomparables, etcétera. Bien, desde el punto de vista epistemológico son perfectamente comparables, como habéis podido comprobar. Es decir: un tipo suelta que su afirmación sobre determinada cosa de la realidad (que una mujer flotó hasta el cielo) es verdad y, además, blinda su afirmación de cualquier duda: es así como pasó y no me lo discutas so pena de parecer un maldito blasfemo. Sin embargo, el tipo no puede probar su afirmación con ninguna evidencia, a pesar de que viola las leyes de la física (amén de la lógica y hasta del ridículo). De este modo, ciencia y religión son lo mismo: establecen afirmaciones sobre la realidad que nos rodea.

… la religión tiene la caradura de asegurar que sus afirmaciones pueden ser verdaderas sin discusión. La ciencia, por el contrario, admite que sus afirmaciones son temporales y que serán corregidas cuando se revelen como falsas.

La diferencia estriba, si acaso, en que la religión tiene la caradura de asegurar que sus afirmaciones pueden ser verdaderas sin discusión. La ciencia, por el contrario, admite que sus afirmaciones son temporales y que serán corregidas cuando se revelen como falsas. O abundando, tal y como decía Jorge Wagensberg, la ciencia exige la máxima objetividad (para ser universal), la máxima inteligibilidad (para que todos podamos entender y rebatir) y la máxima dialéctica con la realidad (para progresar y autocorregirse). Ciencia y religión son lo mismo. Aunque no del todo. De vosotros depende en qué mundo queréis vivir.