La Unión Europea es hoy como el Imperio Austrohúngaro

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Theophilos Papadopoulos
Las similitudes de la Unión Europea y el antiguo Imperio Austrohúngaro quizá nos sirvan para aprender y afrontar las amenazas contra nuestro proyecto común.

Si leéis ‘El Danubio’, de Claudio Magris (1986), os podréis dejar llevar en un suave viaje desde los Alpes al Mar Negro por lo que el autor llama “civilización danubiana”, que coincide a grandes rasgos con lo que fue el Imperio Austrohúngaro, como muestran las águilas bicéfalas de los Habsburgo, aquí o allá, en una fachada o fortaleza; o las cúpulas de bronce verde azulado que rematan edificios barrocos dedicados a la administración imperial o al teatro.

El Imperio Austrohúngaro nació en 1867 tras el compromiso que reconocía el Reino de Hungría como una entidad autónoma dentro del hasta entonces conocido como Imperio Austríaco; en 1914, año en el que estalla la Primera Guerra Mundial, tenía más de cincuenta y dos millones de habitantes, su economía era la sexta del mundo, y su red ferroviaria, la tercera de Europa en número de kilómetros. Viena, una de sus dos capitales, era en vísperas de esta guerra la tercera ciudad más grande de Europa, por detrás de París y Londres, y la cuarta del mundo si contamos Nueva York. Su segunda capital, Budapest, tenía un millón de habitantes en 1914. Viena era además la primera metrópoli cultural germana. En la Viena finisecular aparecieron el psicoanálisis o la crítica del lenguaje, en sus cafés se sentaban escritores como Zweig o Musil o artistas como Klimt. Gran parte de la alta cultura europea del siglo XX se gestó allí.

… han hecho campaña en contra de ese ente complejo y algo lejano, como el Imperio Austrohúngaro, también compuesto por múltiples naciones, religiones y lenguas, con distintas administraciones que se invaden competencias unas a otras. No deja de ser una gran paradoja que tanto antiunión se acabe sentando en su parlamento, como si fueran a Bruselas a desmontarla desde dentro.

Pero lo más interesante es que el Imperio Austrohúngaro era plurinacional, multiétnico, plurilingüístico y pluriconfesional. Se trataba de una monarquía parlamentaria donde el Emperador de Austria era a la vez Rey de Hungría. Había un parlamento bicameral en Austria y otro en Hungría; mientras que en Austria se llegó a establecer el sufragio universal en 1907, en Hungría nunca se abandonó el sufragio censitario. El Imperio estaba constituido por dieciocho estados con distinto grado de autogobierno, alguno muy amplio, como las regiones polacas de Austria o las croatas de Hungría. En esos dieciocho estados se distribuían los distintos grupos étnicos que componían el Imperio; húngaros, austríacos, eslovacos, rumanos, ucranianos, croatas, serbios, judíos, bosnios, eslovenos… De estos, cinco eran considerados “nacionalidades históricas”, lo que suponía el reconocimiento de derechos políticos históricos y la autorización del uso de su propia lengua en la enseñanza y la administración: austroalemanes, húngaros, polacos, croatas y checos.

Después de leer ‘El Danubio’, podéis leer ‘El mundo de ayer’, de Stefan Zweig (1942), para compartir su asombro de que tan alto grado de civilización y seguridad, ese mundo que parecía estar destinado a durar siempre, se disolviese como un azucarillo en la tormenta de la Gran Guerra, repartiéndose entre lo que hoy son trece estados diferentes. A pesar de las seis lenguas cooficiales, los dos parlamentos independientes y el respeto a los derechos históricos de las minorías, o tal vez por eso, los nacionalismos siempre habían sido muy vivos en las fronteras del Imperio en pleno siglo romántico, como muestran las piezas de Dvorak o Smetana, así que, en cuanto abdicó el Emperador, era cuestión de tiempo que se desbordasen.

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Palacio Real de Budapest junto al Danubio – Sergio Morchon

El 28 de octubre de 1918 se proclamó la República de Checoslovaquia, y el 31, la secesión de Hungría; el 7 de noviembre se proclamó la República de Polonia, que se adjudicó la región austríaca de Galizia. El 24 de diciembre, Rumanía se anexionó Transilvania. En 1919, el Imperio Austrohúngaro quedó totalmente disuelto. En la entreguerra aparecería la Gran Hungría, la Gran Rumanía… Un señor austríaco, que había tratado de ganarse la vida como pintor en la Viena de los viejos tiempos, llegó a Canciller de Alemania y acabaría anexionándose la región checa de los Sudettes e incluso su Austria natal. Creo que ya sabéis de quién se trata y cómo termina la historia.

Si he hecho esta rememoración del Imperio Austrohúngaro no es porque sea un fan de Sissí, o me guste el vals; es porque estos últimos días he pensado en el Imperio como metáfora. Metáfora de nuestro tiempo y de nuestro propio Imperio Austrohúngaro, la Unión Europea. Es del todo insólito el auge de la extrema derecha anticomunitaria en las elecciones por doquier. Y no sólo ellos han hecho campaña en contra de ese ente complejo y algo lejano, como el Imperio Austrohúngaro, también compuesto por múltiples naciones, religiones y lenguas, con distintas administraciones que se invaden competencias unas a otras. No deja de ser una gran paradoja que tanto antiunión se acabe sentando en su parlamento, como si fueran a Bruselas a desmontarla desde dentro.

En esta Gran Guerra nuestra, en la que no se ha disparado ni un tiro pero que ha dejado muertos, corremos peligro de que se esfume ante nuestras narices el proyecto más importante que los europeos hemos hecho juntos.

En esta Gran Guerra nuestra, en la que no se ha disparado ni un tiro pero que ha dejado muertos, corremos peligro de que se esfume ante nuestras narices el proyecto más importante que los europeos hemos hecho juntos. Yo no tengo gran confianza en los europeos: recordemos que hemos inventado las guerras de religión, las limpiezas étnicas, los exterminios. Vivimos en uno de los períodos de paz más duraderos de la historia de Europa, con algunos conflictos justo bajo las ventanas, como el de los Balcanes o el de Ucrania, y eso es gracias a la Unión Europea; nació para eso. Es cierto que tiene múltiples defectos, y que su diseño se ha ido alejando del ciudadano, pero creo que por ahora sigue siendo nuestra mejor opción. No me gustaría ser un nuevo Stefan Zweig preguntándome adónde fue el mundo de ayer.

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