Todos somos Homo más o menos sapiens

homo sapiens
Rod Waddington
Dejémonos de zarandajas de una vez y respondamos a esta pregunta: ¿son los chinos Homo sapiens o una especie distinta y quizá superior?

Me impresiona la necesidad del ser humano de expresarse, de transmitir cosas, de alinearse formando filas de algo que les haga pertenecer a lo que sea: una militancia, una asociación, un patrioterismo, un equipo de fútbol, un club de fans, una corriente ideológica o una superchería como la cienciología, la cristiandad o los raelianos.

Al mismo tiempo y probablemente por similares motivos, tal vez para equilibrar las cosas, surge la necesidad de sentirse uno “individuo individual”, singular e irrepetible: se busca ser distinto de los demás que comparten con nosotros la masa gregaria a la que pertenecemos por voluntad propia o por necesidad de supervivencia afectivo-social. “Yo zoy independentihta catalán aunque no hablo ni papa d’eza lengua porque nací en Güerva y nunca he zalío de Güerva”. Así se expresaba Ramiro Cienfuegos Huéneja poco antes de morir gritando: “¡Vizca el Barza!”, víctima de un flemón (una flema gigantesca que se le atragantó en la garganta). Ramiro murió feliz porque se sabía diferente al resto de sus conciudadanos onubenses: con muy poco esfuerzo por su parte (bastaba con resultar un poco excéntrico a la par que exótico con ciertos tintes de internacionalidad), se sentía por encima de los demás.

… esa sonrisa cerúlea de la que hacen gala es conmiserativa respecto al resto de humanos por lo borricos que somos y lo mucho que necesitamos para sentirnos satisfechos. El alma de un chino, sin embargo, se alimenta del canto de un grillo o la contemplación de una alondra. Y, si no es exactamente así, a mí me gusta pensarlo de esa manera.

Todos los humanos tenemos en común que somos muy parecidos y a la vez muy diferentes. Menos los chinos. Los chinos en particular y los asiáticos en general son más distintos aún, más de otra manera. Tal vez sea la impenetrabilidad de sus rostros con esos ojos entornados, como rendijas, que le impiden a uno asomarse a través de ellos a sus almas insondables. Esas sonrisas tan bien entrenadas a lo largo de milenios que hacen del hieratismo amable un arte. Siempre pensé que los chinos tienen una espiritualidad grande, profunda, tan bella y delicada que, celosos de ella, la encierran entre los barrotes de esos párpados a cuyo interior no puede uno asomarse. Que esa sonrisa cerúlea de la que hacen gala es conmiserativa respecto al resto de humanos por lo borricos que somos y lo mucho que necesitamos para sentirnos satisfechos. El alma de un chino, sin embargo, se alimenta del canto de un grillo o la contemplación de una alondra. Y, si no es exactamente así, a mí me gusta pensarlo de esa manera. Por eso me parecen de otro planeta o, mejor dicho, de otra especie.

A menudo fantaseé sobre la posibilidad de una tercera familia humana, diferente de la extinta Neandertal y de la (por hoy) exitosa sapiens sapiens a la que pertenecemos los que, como yo, nacimos en Málaga y, por extensión, el resto de europeos y africanos. Me refiero a los chinos, claro está, y que estos pudieran ser descendientes del Hombre de Pekín, un Homo de culo inquieto, hermano de Homo ergaster que, a diferencia del primitivo aventurero y viajero erectus, resultó pachorrón y sedentario pues, al poco de salir de África, se quedó sin resuello y no subió mucho más allá del norte de Europa porque estaba toda ella hecha un polo sin palo y por eso no se veía Rusia, que por aquél entonces ni siquiera había llegado a llamarse Unión Soviética. Así que, una vez que erectus se despidió de ergaster, se fue a China para ver qué se contaban los pandas, pero luego le dio pereza volver y ya se quedó por allí.

homo sapiens
Lloyd Miller

Lo que yo no sabía es que los chinos tienen muy a gala descender del Hombre de Pekín, un erectus alto y robusto pero muy bruto con la capacidad craneal de un chorlito. Es esa necesidad de sentirse diferente al resto aunque en este caso salgan perdiendo: presumir de un antepasado con tan pocos dedos de frente es un poco cosa de tontos, pero los nacionalismos patrioteros se nutren de lo que sea para tener factores distintivos y poder reivindicar algo, aunque sea una identidad nacional.

Un día supe por un documental de la tele que en las escuelas chinas se enseña esto mismo desde la época de Mao hasta hoy mismo, si bien un genetista educado en esta creencia supuestamente avalada por una serie de indicios, que eran más hipotéticos que otra cosa, admitía con el corazón roto que, tras ingentes comparaciones de ADN que hizo con miles de muestras humanas euroasiáticas, se podía afirmar que los chinos tenían los mismos ascendientes que europeos y africanos y que entre ellos no se encontraba el Hombre de Pekín y, en consecuencia, el Homo erectus. Los chinos son tan sapiens como usted y como yo. Incluso tan sapiens como Sánchez Dragó, que es el súmmum de la sapienciería.

Y justo aquí dejo de hacer humor para hablar de amor. El amor que ese chino genetista tiene a la ciencia y la sapiencia por encima de sus convicciones sentimentales y deseos más íntimos de identidad nacional: el amor al conocimiento, que es la mejor clase de amor que puedo concebir.

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