‘Holy Motors’, en busca de la libertad perdida

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Wild Bunch
Una contracrítica a la crítica publicada por Gaspar Pomares sobre el extraño filme 'Holy Motors', realizado por Léos Carax en 2012.

En ocasiones, un texto determinado, escrito con convicción, puede hacerte pensar y darte ganas de replicar con la misma convicción, y como resulta que ese texto lo ha hecho un compañero al que respeto tanto como a Gaspar Pomares (al resto de compañeros también os respeto, no os pongáis a hacer mohínes…), que además creo que aceptará de buen grado esta suerte de debate, me he lanzado a escribir esta columna acerca de una de las películas más controvertidas de la década, sino la más, la extraña, inclasificable, singularísima ‘Holy Motors’, dirigida en 2012 por Léos Carax.

Una de los aspectos que más me sorprenden del texto de Gaspar es que, aunque al final no cabe la menor duda de que la cinta no le impresionó lo más mínimo, y que le parece digna de un onanista sin nada mejor que hacer que ponerse a realizar películas, mucho de lo que dice de ‘Holy Motors’, en su intención de poner por escrito estas ideas, no son otra cosa que halagos que yo dedicaría a las grandes creaciones. Establece, porque está en las imágenes, el carácter fragmentario, casi un muestrario de diversos tonos y géneros cinematográficos, que abundan en esa abstracción, casi un simulacro del propio cine, que en efecto es ‘Holy Motors’. Así mismo, confirma lo que yo pensé al verla: que además es una metáfora de la vida moderna, con sus continuos vaivenes emocionales, que erosionan nuestra identidad. Y ya llegamos a estar completamente de acuerdo cuando dice que esta película es un canto a la libertad creativa por encima de todo. Difícil imaginar halagos mayores a una obra narrativa, sea de cualquier género o soporte. Y es más que interesante que, a pesar de dedicárselos, Gaspar abomine de esta película.

… quizá sería bueno deshacernos de esa idea preconcebida y dañina de que el autor de determinada obra narrativa tiene a bien reírse de la gente que va a ver su película, o que lo que desea es tomar el pelo al personal, o sentirse más listo que él.

Personalmente, y aunque entiendo lo que quiere decir, no comprendo esa animadversión, ni por parte de Gaspar ni por la de muchos otros que se han sentido “estafados” o ante una “tomadura de pelo” o ante un “onanismo mental”. Yo creo, lo creo sinceramente, que quizá sería bueno deshacernos de esa idea preconcebida y dañina de que el autor de determinada obra narrativa tiene a bien reírse de la gente que va a ver su película, o que lo que desea es tomar el pelo al personal, o sentirse más listo que él. En concreto, ‘Holy Motors’ no engaña a nadie. Es totalmente honesta desde el principio y todos sabíamos lo que íbamos a ver. Su director, Léos Carax, que no es precisamente uno de mis directores de cabecera —pues su filmografía anterior oscila entre lo mediocre y lo interesante, con algunos detalles y momentos excelentes, pero sin conseguir jamás una obra redonda—, aquí hace seguramente su mejor, su más compleja y completa película y, por fin, a los cincuenta y dos años, se convierte en ese gran cineasta que tanto tiempo ha querido ser a la sombra de Godard.

Claro que existen directores, y no pocos, que se complacen (estoy poniendo un ejemplo falso, pero el lector me entenderá) en disfrazar a sus personajes de cocodrilos mientras miran a la pared y de fondo suena Bach, dándoselas de muy modernitos cuando lo que están entregando es una porquería con ínfulas de arte. Pero convendremos, y seguramente Gaspar también, en que ‘Holy Motors’ es más, en realidad mucho más, que ese ejemplo ficticio que he descrito. Carax, director maldito donde los haya, eterno rebelde sin causa que cuando empezó a filmar se creía estar reinventando el cine (¿no les pasa a todos los jóvenes con talento?) y que se dio de bruces con sus limitaciones, ha tardado cinco películas de su exigua trayectoria en alcanzar esa libertad creativa absoluta comentada por mi compañero, y esa libertad que un verdadero artista se da a sí mismo para hacer aquello que le place, y en donde su talento puede por fin mostrarse tal cual es, late en cada secuencia, en cada fotograma de esta absurda y melancólica película.

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Antes que otra cosa, ‘Holy Motors’ es un filme que se siente feliz, él mismo, de existir, como si cada uno de sus planos fuera una celebración, como si cada decisión de Carax fuera la última que toma en su vida como cineasta (y quizá sea así… aunque ahora dicen que es posible que salga adelante un nuevo proyecto). Por supuesto que el espectador no avisado o poco avezado en estos lares puede sentir un rechazo inmediato a algo tan extremo como ‘Holy Motors’. Pero si persiste, si se deja llevar por la apariencia de sinsentido, de galimatías, encontrará más de lo que esperaba hallar. No todas las historias pueden ser iguales ni pueden contarse igual. No todo el cine, por fortuna, se entrega al consabido desarrollo de personajes o a la construcción de las historias. Y algunos cineastas intentan llevarlo más allá de sus límites, y aunque algunos fracasen, otros consiguen creaciones valiosas. Las más valiosas, en realidad, porque sin riesgo no hay conquista.

Un extraordinario Denis Lavant, antiguo colaborador del realizador, está quizá en el papel de su vida, en un verdadero regalo para un intérprete tan proteico e indómito como él, y se erige en el alma y el corazón de un relato no tan extraño o absurdo como pueda parecer, que bajo su alocada forma esconde una construcción muy severa de sus estrategias narrativas. Acompañándole, no asistimos a ningún galimatías o a ningún acertijo oculto. No se trata de eso, sino de dejarnos llevar por un relato que te sorprende a cada esquinazo argumental que te da, y que va proponiendo un más difícil todavía, en un crescendo casi imposible que, si el espectador se libra de todo prejuicio, puede suponerle llegar a zonas no ya de libertad, sino de irreverencia estética pura, sin perder jamás de vista su profundo respeto por el cine.

… un relato que te sorprende a cada esquinazo argumental que te da, y que va proponiendo un más difícil todavía, en un crescendo casi imposible que, si el espectador se libra de todo prejuicio, puede suponerle llegar a zonas no ya de libertad, sino de irreverencia estética pura, sin perder jamás de vista su profundo respeto por el cine.

No sé si esto es un paja mental hecha cine. No sabría decirlo ni aunque lo fuera. Tampoco sé si Carax quiere sentirse más listo o más guay que nadie. Yo creo que no, pero tampoco podría asegurarlo. Lo que sí puedo asegurar es que los artistas tienen el deber de ir por delante, de no hacer algo que otro ha hecho antes, seguramente con la oposición de gran parte del público, de la crítica y de los productores. Pero porque cree en ello más allá de cualquier otra cosa, y sólo el tiempo le dirá si acertó o no. Por mi parte, que soy uno de los que hace esas listas de lo mejor del año, estoy convencido de que la película de Carax está entre lo más interesante de 2012, junto a ‘Life of Pi’, de Ang Lee, ‘Amour’, de Michael Haneke, ‘Mud’, de Jeff Nichols, ‘The Master’, de Paul Thomas Anderson (y probablemente la mejor de todas ellas, y entre las mejores de lo que llevamos de siglo), ‘Django Unchained’, de Quentin Tarantino, y ‘Lincoln’, de Steven Spielberg, entre no muchas más.

Este canto a la libertad absoluta, al absurdo, a lo gótico, al misterio del alma humana, que es ‘Holy Motors’ resulta hoy quizá más necesaria que nunca.

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