Vida amorosa de un hipertenso

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Ordiglo
Probablemente ni se os había pasado por la cabeza que sufrir de hipertensión pueda influir bastante en la vida amorosa de uno.

Aquel día, como todos los laborables desde que me hube reincorporado a mi trabajo tras mis infartos de hace ocho años, salí a desayunar. A eso de las once. Era un lugar agradable el sitio al que iba a reponer fuerzas matutinas. Amplio, diáfano, confortable, y tratan de atenderte bien, cosa que hoy en día es todo un rasgo distintivo. No llevaba mucho tiempo en la zona en la que entonces trabajaba, en torno a los dos meses, y estaba en esa fase de afianzamiento, de convertirme en cliente habitual del lugar.

Como soy hipertenso, he de comer los alimentos sin sal. Fácil decirlo, pero cumplirlo es otro cantar. Poco a poco nos hemos dejado invadir en España por ese nuevo estilo de vida basado en tener siempre prisa y en estar muy ocupados. Tener hoy prisa crónica y ser uno un ocupado permanente da caché. No sabría bien decir que ante quién ni para qué sirve, pero lo cierto es que el caché, darlo, lo da. Vivir apresuradamente y hacer comidas elaboradas son conceptos incompatibles. Esto lo sabía bien Mr. Findus, el Sr. Pescanova o N’Gali Bimbo, famoso inventor de los Bonis. Ellos y otros muchos cocinillas avispados se dedicaron a hacernos la comida con el fin de que pudiésemos ocuparnos en otros quehaceres para sentirnos importantes llegando siempre tarde a todos sitios y con la lengua fuera.

… y cuando un médico te dice: «Si sigues comiendo salado, vas a dejar de fumar sin ningún esfuerzo, porque quien no respira, no fuma; así de fácil», pues eso, que acojona mucho, y uno hace un esfuerzo importante para cuidarse.

A cambio, el dinero que se gana con toda esa actividad frenética de triunfador multiocupado se lo gasta uno en gimnasios, en cremas reductoras y en ropas especialmente diseñadas para pregordos que quieren aparentar “todavías” fundamentándolos en una juncalidad que, en realidad, no suele corresponderles ni por edad ni por estilo de vida. Y no sirve de nada, porque apretarse uno nueve alitas con salsa barbacoa acompañadas por palitos de merluza, patatas fritas con profiteroles de postre y pretender aligerar semejante monstruosidad calórica yendo tres cuartos de hora a la semana a pilates es de una fe conmovedora.

Mi sitio de aquellos desayunos es un lugar de esos en los que pides las viandas en un mostrador, pagas y te lo llevas en una bandeja hacia la mesa apetecida o disponible; por eso me daba menos corte llevar mis propias galletas, sin sal, para mojarlas en un café descafeinado junto con una leche deslechada, desnatada y con azúcar desazucarado… Pero esto ya ni siquiera, por habitual, suena a chiste, porque buena parte de lo que encuentras en los supermercados llevan el prefijo ‘des’. Hay todo un universo de consumibles a los que se les ha quitado cosas, esencialmente, para lo que importa, lucir bien, tener buen tipo: sin grasas, sin cremas, sin azúcar, sin nata…

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Laura de Mingo

Pero la madre del cordero está en la sal: un poderoso saborizante que se emplea incluso en la más empalagosa bollería industrial. Todo lleva sal y no se la quitan ni a las magdalenas, y eso, quiera uno o no lo quiera, crea costumbre, y cuando un médico te dice: “Si sigues comiendo salado, vas a dejar de fumar sin ningún esfuerzo, porque quien no respira, no fuma; así de fácil”, pues eso, que acojona mucho, y uno hace un esfuerzo importante para cuidarse.

Ese mismo cardiólogo es el que me crucé dos semanas antes, en la calle, y se paró a saludarme. Como entablamos conversación, hube de presentarle a una chica muy simpática y dicharachera que me acompañaba y con la que andaba yo en amoríos. Ella estuvo especialmente chisposa y talentuda, cosa que resultó fatal para mí: al día siguiente, el malvado cardiólogo con el que tenía consulta me recetó una novieta más sosa. Me aclaró que esa chica era demasiado salada para mí y me obligó a dejarla.

… el malvado cardiólogo con el que tenía consulta me recetó una novieta más sosa. Me aclaró que esa chica era demasiado salada para mí y me obligó a dejarla.

En todas estas nimiedades andaba yo suspirando y pensando hasta que abrí el ‘ABC’ del local a disposición de los clientes y se me olvidaron todas las consideraciones dietético-salutífero-amorosas en las que estaba inmerso. No tenía yo claro si estaba leyendo un diario de información o una hoja parroquial: un columnista reprochaba a Higgs, el del bosón, que no le gustase que denominasen a su formulación “la partícula de Dios”, y hace (el columnista, no Higgs) un alegato religioso tan inconcebible, tan memo, meapilas y alejado de cualquier mínimo rigor objetivo de periodista centrado que se me cayeron las pecas en el café y tuve que pedirme otro. Y, como hubo cambio de turno, había nueva camarera, que resultó ser un poco seca y sosa. Le pedí su teléfono, claro, y quedamos el viernes siguiente.

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