Esa raza indómita de maestros de la enseñanza pública

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Guillermo
Esta historia de dos maestras es un homenaje a todos los profesionales de la enseñanza pública que se dejan la piel en formar a la juventud en las aulas.

Se llaman Mercedes e Isabel, Isabel y Mercedes. Tanto monta, monta tanto. Son maestras. De escuela pública, a pesar de llevar años jubiladas. Maestras morirán. Isabel tiene en sus ojos dibujados los olivos de su Ibros natal. Mercedes refleja el señorío y la discreción de la Lorca que la alumbró. De muy niña, Isabel fue atacada por un virulento brote de poliomielitis que le dejó gravísimas secuelas. Ibros es pueblo agrícola y atesora entre sus calles de cal y arenisca los restos de una milenaria acrópolis ibérica, El Callejón de los Peñones: una imponente muralla labrada con colosales bloques, que sigue velando los sueños de los ibreños. Ciclópeo es también el temple de Isabel. Sus padres, de olivácea raigambre campesina, no la protegieron en una campana de compasión: la hicieron labrar su camino de la única manera en la que ellos podían hacerlo. Estudió, a costa de enormes sacrificios, primero en su pueblo y, luego, en Baeza. Consiguieron darle carrera, y ella, indomable, bregó por sacar las oposiciones.

A su primer destino, una cortijada de la alta Alpujarra granadina, llegó a lomos de mula, escoltada por su padre. Sin agua. Sin luz. Con el exiguo sueldo de una maestra en los años del “pasa más hambre que un maestro de escuela”. Dejada de la mano del Gobierno. Socorrida por sus decenas de vecinos, que con guisantes, huevos y los pobres frutos que lograban arañarles a aquellos secarrales, ayudaban a abastecer su frugal mesa. Isabel respondió como sabía. Enseñó a sus hijos, dejándose el aliento en ello e intentando hacerlos personas de provecho. Se empecinó en que su futuro no fuera tan duro como el presente de sus padres. Por las tardes, acabadas las clases, enseñaba a las mujeres tareas del hogar y manualidades. Daba clases a quienes querían sacarse el carnet de conducir, alfabetizaba a unos y los ayudaba en cualquier trámite.

… esa raza indómita de maestros de la enseñanza pública que, contra el viento de la medianía y la marea de la envidia, dignifican una profesión vital para la buena salud de esta nación. Y que tan poco reconocimiento y gratitud reciben de la sociedad a la que confían sus frutos.

Hoy deja correr alguna lágrima al recordar la reciente visita con sus sobrinas a aquellos andurriales perdidos y constatar que la escuela, su escuela, está abandonada, y con ella, muchos de los cortijos adyacentes, a cuyos moradores llenó de vida. Coincidió con Mercedes, que llegó a Magisterio tras pasar primero por estudios de Biología y Farmacia, en Albolote, un pueblo de la vega de Granada. Compartieron su amor por la enseñanza, volcando su bien hacer con la fase más difícil: la educación infantil, con criaturas entre tres y seis años. No son mujeres normales; tampoco iban a ser, entonces, maestras del montón. Para ellas, enseñar es algo sagrado. Tenían bien presente lo que dijera Séneca: “Altius praecepta descendunt, quae teneris imprimuntur aetatibus” (“Arraigan más profundamente las enseñanzas que se han sembrado en las tiernas edades”).

No se conformaban con educar según les marcaban desde la Administración. Supieron trasmitir su amor por la enseñanza pública y contagiar a las familias que tuvieron la suerte de encomendarles a sus hijos. Sin ninguna ayuda oficial, sólo con las manos de los propios padres y abuelos y la cesión de los materiales por algunas empresas locales, levantaron La Casita, una casa en miniatura, donde los niños pudieron aprender, jugando, los rudimentos básicos de la vida cotidiana. Allí aprendían a planchar, organizaban turnos de limpieza, decoraban cada una de las estancias, cuidaban de sus muñecas. Sin distinguir ni entre sexos ni condiciones sociales.

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Glen Bledsoe

No les fue suficiente. Visto el éxito de su iniciativa y contando ya con el apoyo de alguna administración, erigieron Albolut, una reproducción adecuada al tamaño de sus alumnos del pueblo en el que vivían. Allí está la iglesia, la plaza de abastos, el Ayuntamiento. Los niños, sus criaturas, les daban vida a esas instalaciones: unos eran los guardias municipales, otros, los comerciantes, otros, los sanitarios… Esto fue en 1992. Ahora, los mismos que les pusieron piedras en los inicios de su proyecto, venden este como “un equipamiento educativo único”. Vivían por y para sus niños. Los llevaron a su bautizo de mar en un navío militar. Les dieron un paseo en globo sobrevolando la Alhambra. Organizaron acampadas de un día, disfrazados todos, con la temática que hubieran desarrollado en clase. Todo para criaturas de cinco años. Y con el entusiasmo y devoción de las familias.

Pero en un país donde la mediocridad es religión y la envidia es deporte nacional, pronto empezaron a ser vapuleadas por algunos compañeros y, sobre todo, por la Administración, que quiso colgarse medallas y laureles que no eran suyos. Siguieron dejándose los dientes con sus alumnos, hasta que las secuelas de la polio jubilaron a Isabel. Ya están ambas jubiladas. Sus proyectos, monumentos al buen hacer de dos maestras excepcionales, dormitan en espera de profesionales y gestores que agarren su testigo. Pero les queda la gratitud de aquellas familias que hicieron realidad su sueño. Y el recuerdo de sus niños. Vaya con estas líneas mi homenaje a ellas, como representantes de esa raza indómita de maestros de la enseñanza pública que, contra el viento de la medianía y la marea de la envidia, dignifican una profesión vital para la buena salud de esta nación. Y que tan poco reconocimiento y gratitud reciben de la sociedad a la que confían sus frutos.

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4 comentarios

  • Emotivo y reflexivo, deberíamos pensar en qué fallamos al no dar el valor que se merece todo este colectivo, porque todos guardamos recuerdos de nuestros profesores, ellos orientaron y allanaron nuestro conocimiento para ser quienes somos. Mi más profunda admiración a usted y a sus colegas, profesor Arístides.

  • Es un auténtico placer leer estas líneas que tantas cosas buenas han traído a mi memoria. No pertenezco al mundo de la enseñanza, pero sí al del aprendizaje y, créame, Sr. Mínguez, que he vuelto a recordar a Doña Lola y a mi Señorita María Luisa.

    • Maestras de vocación y maestras de vida. Por poner el corazón en todo lo que hacen y por saber disfrutar de cada paso del camino. Tan distintas y tan iguales. Orgullosa de “mis Titas”.

  • Para ti, Arístides, nuestra más sincera gratitud por tus palabras de reconocimiento y admiración. Cuando se enfoca el trabajo como una exigencia personal de realización y como un medio de ir devolviendo a la sociedad aquellos valores que recibiste de tus mayores; cuando no se buscan honores y lisonjas tras el trabajo bien hecho y cuando se vive como un privilegio el hecho de haber podido elegir el trabajo que desarrollas, podría decirse que la sonrisa de un niño o la confianza de unos padres, al entregarte el más preciado de sus tesoros, cada mañana, hacen que te sientas afortunada y te exijas dar la mejor respuesta que puedas. Así ha ocurrido a lo largo de toda nuestra trayectoria profesional y, si bien es cierto que hemos tenido que sortear toda clase de obstáculos y dificultades a lo largo del camino, que se nos ha regateado y negado una buena parte de lo que por derecho nos correspondía, también es cierto que hemos tenido multitud de satisfacciones y, hoy, vivimos nuestra jubilación con la satisfacción íntima -esa que nadie puede arrebatarte- de haber cumplido con la exigencia de poner lo mejor de nosotras mismas en cada uno de nuestros proyectos y hasta de haber visto realizado un sueño. Si, además, con frecuencia recibimos el sincero homenaje de nuestros alumnos y alumnas, o de sus padres, a la voz de Seño, ¿Te acuerdas de mí?… o el de otros profesionales de la educación, como tú, que también se empeñan en dignificar esta noble profesión, nos sentimos colmadas de dicha y de sincero agradecimiento. Son muchos, muchísimos, los docentes que, desde las Escuelas de Educación Infantil, los Colegios, los Institutos y las Universidades se entregan a diario, con la mayor generosidad, a despertar intereses, desarrollar aptitudes y transmitir valores, de manera silenciosa y modesta, sin que la sociedad sepa reconocer, en muchos casos, el valor de su esfuerzo. Por eso, en tiempos difíciles, como los que vivimos ahora, nos gustaría transmitirles nuestro convencimiento de que es necesario seguir haciéndolo con ilusión, por las nuevas generaciones y porque no debemos negarnos a nosotros mismos la satisfacción de realizar, con el respeto que merece, esta hermosa labor.

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