Las falacias contra la ciudadanía que sigue indignada

élites extractivas
Adolfo Luján
Estas son las manipulaciones de nuestras élites extractivas con sillón público cuando los ciudadanos les afean su mala conducta.

Mucho revuelo causó entre los políticos profesionales ‘¿Qué hacer con España?’, el libro de César Molinas (2013). Bastó un largo artículo en ‘El País’ para que se desatara una ola de irritación mal contenida en todo el espectro político. Y es que una de las afirmaciones de Molinas que más parece molestar es su caracterización de la clase política española como “élite extractiva”. Este concepto procede del libro ‘Por qué fracasan los países’, de los economistas Daron Acemoglu y James Robinson (2012). Los autores definen así un sistema que captura rentas de la mayoría de la población, no para crear riqueza, sino en beneficio de determinados colectivos privilegiados. Acemoglu y Robinson se refieren a todo tipo de élites: políticas, financieras o económicas. Molinas, al situar en esta categoría a la clase política española, no sólo profundiza en el carácter parasitario que le atribuía la legión de indignados, sino que pone también el dedo en la llaga de la connivencia de todo el espectro político en la cuidadosa conservación de sinecuras y privilegios.

No voy a tratar aquí de cuáles son esas sinecuras, ni de si todo lo que se dice sobre los políticos es cierto o no; no voy a glosar figuras de supuestos políticos honrados ni a buscar elefantes blancos. Voy, simplemente, a analizar algunas de las cosas que se dicen tanto desde la clase política como desde sus aledaños; y por aledaños de la clase política me refiero a numerosas redacciones de periódicos, a sillones de tertulianos, a los pretorianos de una prensa que es, en definitiva, parte interesada en el tema dada su escasa independencia.

… no sólo profundiza en el carácter parasitario que le atribuía [a la clase política española] la legión de indignados, sino que pone también el dedo en la llaga de la connivencia de todo el espectro político en la cuidadosa conservación de sinecuras y privilegios.

“Denigrar la política es malo para la democracia, cuando no directamente antidemocrático. Desprestigiar a los políticos supone, por lo tanto, poner en peligro la democracia”. Este argumento, utilizado en numerosas ocasiones, es una falacia completa y fácil de desmontar. En primer lugar, criticar a nuestra clase política no es lo mismo que criticar a la política en general. Y precisamente la preocupación por la democracia es lo que ha llevado a tanta gente a la calle en distintos momentos. Si la democracia está en peligro no es por los manifestantes, sino por quienes se apropian de ella y la convierten en un escudo, en un rehén. O nuestro sistema se salva o la democracia muere, nos dicen quienes la tienen atada, amordazada y esposada.

“Hay unos pocos políticos que no son honrados, pero no es justo cargar a todos con esa sospecha”. ¿Existe el político honrado? Tendemos a pensar que sí. Pero ¿puede un político honrado alcanzar puestos importantes en su partido y continuar siendo honrado? Aquí la cosa se complica. Dadas las dimensiones de los casos de corrupción investigados en cuarenta años, uno tiende a pensar que, en el caso de ser personalmente honesto, para alcanzar puestos relevantes en el partido se ha de ser convenientemente sordo, convenientemente ciego. Y eso no es precisamente honradez.

élites extractivas
Juanedc

“En democracia, el ciudadano se expresa en las urnas. No se puede intentar ganar en la calle lo que no se consigue en las elecciones”. Este argumento es especialmente sibilino porque incluye un virus letal para la democracia. Las urnas son fundamentales, pero en ellas no elegimos a un tirano para los siguientes cuatro años. El político elegido tiene que cumplir; a partir de ahí, el único elemento de control de que dispone el ciudadano es la calle. Porque, para este sistema, el ciudadano no existe en la vida política más que en el momento electoral. Las manifestaciones son un elemento propio de la democracia; en nuestro sistema, completamente inevitable, dada la casi total inexistencia de alternativas que permitan la intervención en política.

“Las manifestaciones dan mala imagen del país”. El problema de la imagen… En términos generales, un sistema político plagado de casos de corrupción, de ejemplos flagrantes de despilfarro, de malas gestiones que nunca tienen responsables, es lo que peor imagen da en el exterior. Cada artículo de la televisión francesa, la BBC o la prensa norteamericana centrándose en estos temas nos deja a la altura del betún. Las manifestaciones, por el contrario, nos dicen que todavía el país está vivo. Que todavía puede haber esperanza.

… criticar a nuestra clase política no es lo mismo que criticar a la política en general. Y precisamente la preocupación por la democracia es lo que ha llevado a tanta gente a la calle en distintos momentos.

Parece claro que la clase política estaba nerviosa en tiempos del artículo de César Molinas y sigue estándolo. No está tan claro que haya entre ellos alguien capaz de tomar nota y reconducir la situación. Aferrados a su poder, van alejándose de una ciudadanía cada vez más decepcionada, más desafecta. Y esa desafección unida a un cierto fatalismo sí pone en peligro la democracia. Lo malo es que ya empezaron a surgir salvadores

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