‘El nuevo mundo’ y ‘Melancolía’, entre lo más bello del siglo XXI

melancolía lars von trier
Por qué 'El nuevo mundo', de Terrence Malick (2005), y 'Melancolía', de Lars von Trier (2011), son dos de las mejores películas de lo que llevamos de siglo.

Cada vez estoy más convencido de que es más difícil valorar lo contemporáneo que lo antiguo o lo clásico. Pero, al mismo tiempo, es más necesario y, sobre todo, es más apasionante. Bucear, confrontar, establecer cánones, valorar lo que creemos que va a perdurar y lo que estamos convencidos de que es pasajero, pretérito, efímero; y más aún, inferir, demostrar, argumentar qué es lo más valioso entre lo más destacado de cada año, o de cada época, esa es, creo yo, una de las funciones de todo cronista o exégeta artístico, quizá más fundamental que simplemente comentar que tal o cual o título es interesante o no, o que tal o cual director es interesante o no, o que determinado género resucite o se muera de una vez, o que los fundamentos del cine clásico, sean lo que sean, hayan quedado desterrados de las pantallas actuales.

Cada cual tendrá las suyas, y dependiendo del grado de exigencia, de reflexión, los títulos pueden ser muy distintos pero, a cada uno de nosotros, nuestros títulos nos parecerán casi inamovibles, sobre todo cuando no hacemos otra cosa en todo el día que pensar en narrativa, del género o soporte que sea. Personalmente, y aunque dentro de quince minutos quizá deje de estar de acuerdo conmigo mismo, creo que es muy posible que ‘El nuevo mundo’ (Terrence Malick, 2005) y ‘Melancolía’ (Lars von Trier, 2011) sean dos de las más impresionantes películas del siglo XXI, o puede que directamente las más bellas, visionarias y terribles de las casi dos décadas de esta centuria, a pesar de que existen otras que rivalizan con ellas de tú a tú y casi las hacen caer de ese hipotético trono. Y es que, aunque las dos últimas décadas del XX fueron más prolíficas en estupendas, notables e incluso magistrales películas, estos últimos veinte años han sido, por alguna extraña razón, más abundantes en obras maestras absolutas. Supongo que todo es cuestión de ciclos…

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Por lo demás, no creo que sea casual que ambas películas comiencen, en sus prólogos, con sendas piezas de Richard Wagner (‘Das Rheingold: Vorspiel’, que es la obertura de ‘El anillo de los Nibelungos’, para la película de Malick, ‘Tristan und Isolde, WWV 90: Prelude to Act 1. Langsam und smachtend’, por supuesto, del celebérrimo ‘Tristán e Isolda’, para la de Von Trier), y no porque ello demuestre una suerte de conexión mística entre ambos creadores, sino porque confirma un temperamento muy determinado a la hora de ejecutar ambas realizaciones, y la búsqueda de un objetivo operístico, épico, grandioso… y a la vez íntimo, anímico y plástico.

Y tampoco es casual que, aunque la de Terrence Malick se trate de un acercamiento a los primeros colonos de Estados Unidos en general, y al legendario encuentro entre John Smith y la nativa algonquina conocida como Pocahontas en particular, y la de Von Trier se configure como un melodrama psicológico con tintes de fatalismo celestial que linda, sin rubor, con la ‘sci-fi’ más dura, ambas sean al final, estrictamente por la mirada de sus directores, películas apocalípticas tanto en lo universal como en lo personal, en lo físico y material así como en lo espiritual e incorpóreo.

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Ya en la sublime ‘La delgada línea roja’ (1998), su anterior película, Malick había indagado acerca de la destrucción de la naturaleza, a causa de la Segunda Guerra Mundial, como una forma de apocalipsis, tanto interno como externo. Y esto continúa en ‘El nuevo mundo’, que es tan hipnótica como aquella, y en la que el inevitable enfrentamiento entre colonos y nativos se convierte en un nuevo apocalipsis, en una nueva oportunidad de destruir la naturaleza, tiñendo de un insoslayable pesimismo la convivencia entre los seres humanos, y estableciendo las bases para los violentos Estados Unidos de nuestro días. Y lo hacía con una belleza en las imágenes que a cualquiera le deja pasmado.

Tres reglas le impuso a su director de fotografía, el gran operador mexicano Emmanuel Lubezki, a saber: que toda la luz fuera natural, que todos los planos fueran cámara en mano, y que todos los encuadres fueran subjetivos o susceptibles de ser subjetivos de algún personaje. Y Lubezki aceptó el reto, y el resultado fue uno de los pedazos de celuloide más perfectos de la historia del cine, que lejos de recrearse en un preciosismo hueco, nos sumerge en la naturaleza, en los rostros, en cada haz de luz para conseguir que el visionado de esta película sea una experiencia inmersiva como pocas veces se han visto.

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Además, y para convertir a esta película en algo aún más enigmático, nunca Malick fue tan percutante, tan incisivo, tan violento en el montaje, con el que logra algunos de los momentos (recordemos el delicado, exquisito instante en que John Smith rememora conversaciones y encuentros con su joven amante en mitad de un intercambio con los nativos, y el tiempo parece detenerse, dilatarse, congelarse, deshacerse entre los dedos…) más inolvidables del cine reciente. Pero ya en el prólogo, con la música de Wagner, establecía Malick y su extraordinario equipo de colaboradores el tono estético y anímico de esta obra maestra incomparable, en la que lo lírico se da la mano con lo místico y lo íntimo, en una danza quizá solo apta para los paladares más exigentes.

Y su colega Von Trier, seis años después, hace estallar (literal y metafóricamente) todas las reglas del drama, el melodrama, la ‘sci-fi’ y el relato fabulador, en su increíble, indescriptible ‘Melancolía’, que quizá sea la cumbre de una carrera ya de por sí extraordinaria, que pese a su escaso alcance comercial y el desprecio o por lo menos incomprensión de cierto sector de la crítica, es un cineasta que será recordado como uno de los más grandes de finales del siglo XX y principios del XXI, que ya había realizado algunas obras maestras con anterioridad y que, con ‘Melancolía’, llega tal vez más lejos que nunca, y con la mirada más afligida hasta entonces, y con sus armas de narrador, de creador, más afiladas y refinadas aún que en otras grandes obras maestras, y nos cuenta un fin del mundo literal que, sin embargo, queda pequeño si se compara con el fin del mundo íntimo de los personajes que pueblan esta sorprendente y terrible, casi sórdida historia.

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Mucho después de radicalizar sus propuestas narrativas con el Dogma 95, que firmó junto al magnífico cineasta, también danés, Thomas Vinterberg, Von Trier, cineasta superdotado y provocador aún más superdotado, exprime todo lo que aprendió de esa época y todo el cine que a él le gusta ver, y lo filtra a través de su muy personal y libérrima mirada, para exponerlo en las dos partes bien diferenciadas de este intenso drama en el que la cámara y el montaje son frenéticos, compulsivos en la primera mitad y suaves y parsimoniosos en la segunda, creando una unidad y un equilibrio que solamente un extraordinario artista es capaz de lograr, con el objetivo final de la destrucción total del ánimo del espectador, que sale de la sala o termina el visionado de esta película con la energía totalmente destruida, preguntándose sin embargo, del mismo modo que se lo pregunta al final del visionado de ‘El nuevo mundo’, si queda todavía esperanza para el ser humano. Y más aún: si en algún momento de la historia ha podido existir tal esperanza.

Ambas ficciones, recorridas por un existencialismo casi insoportable, jalonadas con algunas de las imágenes más bellas, hipnóticas y terribles que jamás se han visto en una pantalla, no son fáciles de ver ni de degustar. Pero, si se es capaz de mirar de tú a tú la a la mirada de sus directores, si se exige del cine que esté a la altura de la literatura, de la música y de la pintura, se convierten en grandes y dolorosas victorias, de obligado visionado para los amantes de las películas más arriesgadas y en cierto modo más frágiles.

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