‘Dora y la ciudad perdida’: más allá de los abismos de la mediocridad

dora y la ciudad perdida
Nickelodeon
Después de ver una película como 'Dora y la ciudad perdida', de James Bobin, lo único honesto es escribir una crítica tan demoledora como esta.

Uno siempre acude a los pases de prensa o a los comerciales con la esperanza de ver una película sensacional o, al menos, una decente que justifique el tiempo gastado por los espectadores, predispuesto a mirar con buenos ojos lo que se proyecta en la pantalla. Pero sobresalir en el cine resulta dificilísimo porque ya no hablamos de un solo talento en sus mejores condiciones, sino de la conjunción de muchos en este arte colectivo aunque el director deje su huella en todo, de forma que un gran filme o una obra maestra son como un impresionante alineamiento planetario. Y, en las ocasiones más tristes, ese alineamiento se produce sobrepasando los abismos de la mediocridad, y debo decir que lo de ‘Dora y la ciudad perdida’, de James Bobin (2019), es demasiado para el cuerpo en este sentido.

Tampoco debería sorprendernos, en realidad, pues este realizador inglés se había ocupado de dos películas tan rancias, insufriblemente manidas y paradójicamente ñoñas como ‘The Muppets’ (2011) y ‘Muppets Most Wanted’ (2014), todo lo que no deberían ser tratándose de los Teleñecos y su ocurrente y encantadora mala baba, y peor en la segunda, escrita por el propio Bobin junto con Nicholas Stoller (‘Captain Underpants: The First Epic Movie’). Y luego había estrenado ‘Alicia a través del espejo’ (2016), aceptable a rebufo de la previa, ‘Alicia en el País de las Maravillas’ (Tim Burton, 2010) pero ambas muy inferiores al hilarante clásico animado de la misma Disney (Clyde Geronimi, Hamilton Luske y Wilfred Jackson, 1951).

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Así, la sorpresa que nos sobreviene con el desastre de ‘Dora y la ciudad perdida’ no está relacionada, entonces, con la poco productiva trayectoria de su director ni, tal vez, con la de sus muy irregulares guionistas, de nuevo Stoller y Matthew Robinson (‘The Invention of Lying’), sino que nos asalta por el grado inconcebible de ese desastre. Sin revisar los créditos del filme, uno pensaría que un resultado tan deplorable se debe a que han escogido a los escritores más inútiles de Hollywood y les han aprobado el libreto más bobo posible en una larga noche de borrachera con una resaca de campeonato y lagunas de memoria posteriores. Y eso que la serie infantil en la que se basa, ‘Dora, la exploradora’ (Eric Weiner, Chris Gifford y Valerie Walsh, 2000-2019), no es muy allá.

Pero la adaptación supera cualesquiera previsiones de catástrofe, siendo burda hasta la arbitrariedad más vergonzosa todo el rato, tópica hasta decir basta, absurda la mayor parte del tiempo, con diálogos que parecen improvisaciones de niños de primaria sin chispa alguna, un villano de construcción deficiente hasta la irracionalidad y un personaje protagónico, la Dora Márquez de la pobre Isabela Moner (‘Sicario: El día del soldado’), al que no hay quien soporte porque le saca de quicio a uno. ¿Y qué pintan aquí Eva Longoria (‘Desperate Housewives’) y, especialmente, Michael Peña (‘Million Dollar Baby’) como Elena y Cole Márquez? ¿Y cómo demonios ha accedido nuestro Javier Aguirresarobe (‘Los otros’) a encargarse de la fotografía de esta cosa? Quizá sea mejor no saberlo.

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Por otro lado, del mismo modo que Bobin devaluó con su escasa imaginación visual lo que había establecido Burton en la secuela sobre el País de las Maravillas de Lewis Carroll (1865) —tampoco mucho ni reseñable—, su propuesta para ‘Dora y la ciudad perdida’ en este aspecto nunca abandona la más estricta funcionalidad. Y la única escena diferente y tal vez reivindicable, que apunta al origen animado de la historia, carece del ingenio suficiente y no es capaz de sacar a este despropósito fílmico del pozo oscuro en el que se ahoga sin remedio, muy por debajo de la válida ‘Jumanji: Welcome to the Jungle’ (Jake Kasdan, 2017). Y si uno creía a estas alturas que el asunto no podía ser peor, por si lo precedente no había bastado, el cierre musical le hace abrir los ojos como platillos del puro horror que se sufre con la sensibilidad cinéfila herida. Lástima.

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