Declaración de guerra a las charlatanerías

declaración de guerra
Mota Montero
Enfilar las mentiras irracionales, que ponen palos en las ruedas al progreso humano, es una obligación moral como para hacer una declaración de guerra.

El apetito de quien escribe es generalmente caprichoso, casi estúpido, a veces versátil e imprevisto, pero los que me conocen saben de sobra que nunca me aburro de escribir o de mantener una conversación acerca de la irracionalidad que rige el comportamiento de mis conciudadanos, máxime si me procura unas buenas risas y la oportunidad de meter el dedo en el ojo cuando viene a cuento. No obstante, la socarronería no me impide abrigar una preocupación sincera por el asunto. De hecho, no sólo se trata de uno de mis mayores intereses: estoy convencido de que la irracionalidad es el origen de casi todos los males que padecemos.

Y esa es la razón de que me emplee sin remilgos a cargar contra los charlatanes de cualquier calaña, ya sean unos pobres crédulos que difunden el valor de su chaladura o bastardos que trafican con las esperanzas y las debilidades ajenas; y me parece indiferente si son adivinos, homeópatas, acupuntores, vendechismes, psicoanalistas y demás terapeutas embusteros, médiums de espíritus huidizos, maniáticos de la conspiranoia, dementes cósmicos, pastores, sanedrines en pleno, imanes o bocachanclas políticos: hay que ir a por ellos de cabeza.

…. embisten a renglón seguido contra la verdad de la ciencia humilde e imperfecta, ineludiblemente tirana, a través de sus computadoras y sus móviles de última generación como un sacerdote que predica la beatitud del ayuno con los carrillos inflados y la panza sobresaliente…

Con todo, si tuviese que escoger una diana según el grado de perjuicio que produce, escogería la religión. Se equivocan quienes manifiestan que la fe ayuda a determinados individuos porque les calma y les hace mejorar. Si uno vive conforme a una mentira, acaba chocando con la realidad más pronto o más tarde y sufre porque su punto de vista no cuadra con lo que le ocurre ni le sirve para solucionarlo y tranquilizarse; y más es así con una religión, la católica, que se retira del mundo a pasos agigantados por bruta, rancia y patrañera.

Nuestro desencuentro es antiguo, del instante en que descubrí la racionalidad, y que hay hipócritas y falsos liberales que se llenan la bocaza con sabiduría, razón y sentido común, manchándolos, cubriéndolos de deslustre y cháchara putrefacta, y que embisten a renglón seguido contra la verdad de la ciencia humilde e imperfecta, ineludiblemente tirana, a través de sus computadoras y sus móviles de última generación como un sacerdote que predica la beatitud del ayuno con los carrillos inflados y la panza sobresaliente; y a personas bondadosas que se arrodillan ante su dios, ensotanadas o de paisano, que se mienten y embarullan y confunden por no contar con la madurez, la fortaleza y el conocimiento para admitir de una vez por todas la incertidumbre de la vida humana. Por ellas, por las víctimas de la irracionalidad en todo periodo y ocasión, por el bien del mundo, del laicismo y la democracia, y aunque ya lo hago desde hace tiempo en mi sencilla tribuna, donde lleguen mis puños y mi voz, les declaro abiertamente la guerra.

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4 comentarios

  • Señor Director:

    Generalizar en cualquier campo o materia siempre es un error, por mucho que quien escriba sobre ello lo haga utilizando un lenguaje culto, cuidado y con un cierto toque de prepotencia (quizás por ese apetito al que alude, nada espontáneo).

    En todos los ámbitos existen charlatanes y canallas que se aprovechan de las necesidades de los demás, incluso en los medios periodístico, literario, económico, etc. Sin embargo, englobar en dichos términos a vendedores de ilusiones y a especialistas médicos, así como otras medicinas alternativas, es generalizar demasiado pecando de una falta de honestidad clara porque usted no los conoce a todos, ¿verdad?

    Un saludo.

  • Me temo, Casi, que la carga de la prueba recae en quien afirma que algo funciona, y de momento, ninguno de los sujetos a los que me he referido en mi columna ha demostrado que sus propuestan sirvan para algo más que llenarse los bolsillos a costa de los incautos.
    Por otra parte, no tengo por qué conocer a cada charlatán del mundo para llamarle por su nombre, del mismo modo que no es preciso conocer a todos los que quemaban a herejes por afirmar, digamos, que la Tierra no es plana para estar seguro de que se equivocaban: lo que importa son las pruebas científicas, no quién diga qué, pruebas de las que carecen aquellos a los que aludo en la columna.
    En cuanto a mi supuestas prepotencia y falta de honestidad, al ser falacias ‘ad hominem’, no tengo nada que decir. Sin acritud.

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