Por qué gran parte de la crítica de cine en España es espantosa

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Nerdy Girl
Estas son las razones por las que los textos de muchos profesionales y aficionados de la crítica de cine en España dejan mucho que desear.

Nunca olvidaré cierto día, en la escuela oficial de cine de Madrid, la infausta ECAM, en que leí un artículo escrito por uno de los alumnos de guion. Se trataba de un engolado soberbio que se pasaba el día dándonos lecciones de todo lo que sabía de literatura, de cine, de la vida y de los astros, y que se había unido a otros parecidos a él para sacar adelante una suerte de fanzine en la que dejó por escrito sus ideas sobre la muy reciente ‘Gangs of New York’, de Martin Scorsese (2002). El artículo en cuestión llevaba por título: “No a la elefantiasis”, aludiendo sin duda a la enorme producción y ambición fílmica del citado título, y saludándolo muy negativamente, con la idea central de que el cine ha de ser más humilde, y que grandes producciones faraónicas como esa debían despertar un inmediato rechazo. En pocas palabras: revelando sus muy arraigados prejuicios y sus muy moralistas ideas de lo que debe ser, y lo que no, una película. Creo recordar que este excelente muchacho tenía la pretensión de realizar cinco cortos de quince minutos, que unidos darían lugar a un largo que poder proyectar en salas de cine… Ignoro si sacó el proyecto adelante.

En fin, a lo que voy: que no sé de dónde me ha venido siempre tanta combatividad, tanta pasión por mis ideas. Puede que fuera a partir del momento nombrado, o que durante toda mi vida he leído absolutamente todo lo que ha caído en mis manos, y algo de eso era crítica cinematográfica, y me he rebelado ante mucho de lo que he leído, de modo que mi pulsión por escribir sobre cine, más que otra cosa, es una reacción al ambiente, al estilo, a la manera de pensar de esos que se llaman críticos cinematográficos, cobren o no cobren por ello. Y aunque yo en aquella época de la ECAM era un chaval medio alelado y bastante ignorante, ahora ya no lo soy, y nunca más lo seré, y aunque en aquella época mis escritos sobre cine dejaban mucho que desear, ahora eso ya no me sucede, y las ideas, en el fondo, siguen siendo las mismas.

… chavalillos de veinticinco años sin otra cosa mejor que hacer se lanzan al ruedo y hacen prevalecer esa forma de crítica de cine a lo Carlos Pumares, consistente en el me gusta o no me gusta, en el qué bonita o qué tostón, en no escribir una crítica en sí misma, sino un resumen del argumento y una breve consideración final, dando lecciones sobre qué habrían hecho ellos…

Encuentro paradigmático, y hasta clínico, el caso de este muchacho referido en el comienzo de este artículo, porque más o menos viene a continuar una estirpe, o subclase de crítico de arte, en la variante específica del cine, y además endémica, que es el homo criticus hispanis (una especie que yo, muy ingenuamente, creía ya en peligro de extinción, pero que por desgracia ha inseminado su ADN por toda esta piel de toro) y continuamente chavalillos de veinticinco años sin otra cosa mejor que hacer se lanzan al ruedo y hacen prevalecer esa forma de crítica de cine a lo Carlos Pumares, consistente en el me gusta o no me gusta, en el qué bonita o qué tostón, en no escribir una crítica en sí misma, sino un resumen del argumento y una breve consideración final, dando lecciones sobre qué habrían hecho ellos (viva el cuñadismo), y cómo lo habrían hecho, y muchas veces llegando a ser muy leídos y llegando a cobrar bien por cada uno de sus escritos.

Se trata de esa forma de entender la crítica, y la erudición en general, como un amontonamiento y acaparamiento de datos, de ideas preconcebidas y manoseadas hasta la náusea, en lugar de un punto de vista sano y formado, estructurado y personal. Y es que está demostrado que no por haber visto doce mil largometrajes en tu vida es una buena idea, necesariamente, que les digas a otros lo que tienen que ver, o que te pongas a enjuiciar películas desde los medios de comunicación. No cuando, a pesar de estar en el año 2019, seguimos apreciando ‘Casablanca’ (Michael Curtiz, 1942) o ‘La diligencia’ (John Ford, 1939) como algunas de las mejores películas de todos los tiempos.

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Rogelio Galaviz

Pero supongo que algunos no tienen más remedio que seguir vociferando que John Ford y Howard Hawks son los más grandes, cuando en verdad su obra ha quedado ya, por suerte, superada y totalmente descontextualizada. Ponerse a hacer un comentario crítico, a estas alturas, de ‘Río Rojo’ (Howard Hawks, 1948), por ejemplo, con las herramientas de hoy en día, es un ejercicio fútil y hasta absurdo (y que por lo demás requeriría, en caso de ponerse a ello, una capacidad crítica verdadera, no sumisa ni basada en lugares comunes, sino conocedora profunda del lenguaje cinematográfico), además de bastante cobarde. Lo valiente, no creo yo que haya mucha discusión al respecto, es intentar valorar las películas de ahora mismo, o de hace unos pocos años, y elucubrar si van a perdurar o van a quedar en el olvido.

El cine experimentó, por suerte, una profunda transformación en los años sesenta y setenta, y se convirtió en otra cosa, en un medio mucho más apto para ser considerado un arte, y su estancamiento actual se debe, no solamente a financieros, espectadores y cineastas, sino también a la crítica cobarde, falaz, que vive de un supuesto “clasicismo” que ni siquiera entiende. Incluso uno de mis primeros precursores, el combativo Ángel Fernández-Santos, era en el fondo un purista recalcitrante. Pero por lo menos poseía una sólida formación literaria (antes que nada fue crítico de teatro), y en sus críticas hablaba de cine, no de la historia o el argumento, y trataba de aportar su personal punto de vista.

… esa forma de entender la crítica, y la erudición en general, como un amontonamiento y acaparamiento de datos, de ideas preconcebidas y manoseadas hasta la náusea, en lugar de un punto de vista sano y formado, estructurado y personal.

Poco que ver con Carlos Boyero, al que nada diferencia de cualquier persona inteligente hablándote de cine en la barra de un bar. Por no decir la pléyade de pseudocríticos amigos de Garci, para quienes después de Leo McCarey, de David Lean, de John Ford, Billy Wilder, William Wyler, Cecil B. DeMille, Hawks, Cukor y Minnelli, el cine se acabó, y sólo ha resucitado en la muy cuestionable figura de Clint Eastwood, a quien se empeñan en convertir en “el último clásico”, cuando de clásico este señor nunca ha tenido ni un solo pelo de la cabeza. El único al que recuerdo con cierto interés por hablar de cine, y no de historias o argumentos, era mi profesor de guion Juan Miguel Lamet (otro purista feroz que convertía a Fernández-Santos en un amante de los pastiches), que tanto dándonos clase como en el programa ‘¡Qué grande es el cine!’ (José Luis Garci, 1995-2005) al menos hablaba de la forma en que estaban hechas las películas… mucho más que los sesudos Miguel Marías, Eduardo Torres-Dulce (dos hombres muy cultos pero poco interesados en lo que en verdad es esa forma de expresión llamada cine), y otros que prefiero no nombrar.

Por no hablar de la caterva de supuestos críticos que odian a los críticos oficiales pero escriben críticas con asiduidad en blogs más o menos leídos. Esos son de dos tipos: o los fanáticos del clasicismo (porque han visto muchas películas anteriores a 1960) o los admiradores irredentos de Ridley Scott, Christopher Nolan y las películas de superhéroes, y ninguna de estas dos subespecies de anticrítico tiene, que yo conozca, una formación literaria o artística de ninguna clase.

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Rogelio Galaviz

¿Cómo encontrar precursores, pensadores de cine sólidos, interesantes, no puristas o fanáticos de nada? Pues es muy difícil. ¿Cómo hallar puntos de vista ajenos a modas o a absurdas nostalgias? Recuerdo aquel texto indigno (pueden buscarlo en ‘El Cultural’, si lo desean, para que vean que no me invento nada) con el título de ‘Clint Eastwood/Martin Scorsese’, en el que Miguel Marías alababa hasta la extenuación el tendencioso melodrama ‘Million Dollar Baby’ (Eastwood, 2004) frente a ‘The Aviator’ (Scorsese, 2004), diciendo de esta última (son sus palabras textuales) que era muy mediocre y aburrida, una de las más flojas de su carrera, quizá la peor que ha realizado nunca, insatisfactoria, convencional, carente de emoción y hasta de interés, con muy mal ritmo, francamente pesada, falsa e irritantemente poco plausible, mal estructurada, sin orden ni concierto, en la que Scorsese, un director siempre nervioso y un tanto exagerado y hasta inelegante, al que seguramente, según Marías, darían el Oscar frente a Eastwood (que fue quien lo ganó…), porque a fin de cuentas a las academias les suelen gustar los estilos academicistas.

Y terminaba Marías su estupendo texto explicando lo que debería hacer Scorsese para ser un grande. En definitiva, un supuesto gran crítico de cine que hace lo que tantos blogueros: en lugar de hablar de lo que es la película, hablan de lo que ellos creen que debería ser esa película. Y, si resulta patético eso en un bloguero al que leen miles de personas, mucho más en un crítico al que nombraron director del ICAA. Por lo demás, calificar a Scorsese de “academicista” debería bastar para desacreditarle, pues no hay nada menos academicista, precisamente, que la exuberante puesta en escena de ‘The Aviator’, un filme muy superior, en ambición, en riesgo, en casi todo, al hábil y astuto ‘Million Dollar Baby’, que no es otra cosa que otra película de buenos y malos de Eastwood.

Nadie podría imaginar a un crítico musical sin una mínima formación musical, o a un crítico de arte, de pintura o escultura sin conocimientos profundos de ese medio. ¿Por qué sí podemos aceptarlo en el cine o en la literatura?

Pero a nadie puede sorprender que precisamente Eastwood se haya hecho acreedor, para el homo criticus hispanis, de ese estatus de maestro clásico, siendo como es un cineasta de clara tendencia conservadora, un competente narrador que, cuando cuenta con una buena historia, puede hacerlo bien, y cuando elige mal, se delata a sí mismo como poco más que un mercenario comercial, venerado ya por su avanzada edad y su francamente asombrosa energía; aunque convendría explicar a sus extasiados seguidores que Eastwood no tiene nada que ver con Walsh, con Ford, con Hawks ni con Mann. Todo lo aprendió de su amigo Don Siegel, y su temperamento narrativo tiene más que ver con John Huston, al que no en vano interpretó en su estimable ‘Cazador blanco, corazón negro’ (1990), que no tenía, ni quería tener, nada de clásico. Por otra parte, el continuado éxito taquillero de Eastwood (asombrosas las cifras, aún hoy día, de ‘American Sniper’ (2015) o ‘Gran Torino’ (2008), entre otras) confirma su infalible olfato comercial década tras década… En otras palabras, su estilo de director popular, alérgico a cualquier riesgo formal.

No es cuestión de gustos, sino de hechos objetivos. Eastwood jamás sería capaz de filmar algo tan grandioso y sórdido como ‘Toro salvaje’ (Scorsese, 1980) porque, película a película, salvo algún caso aislado, no tiene nada que hacer con Scorsese, el gran director visionario de nuestro tiempo, al que la terrible, obtusa crítica española, no ha acabado de entender nunca del todo. Scorsese es el futuro, Eastwood el pasado, por eso nuestra endémica especie de crítico prefiere a Eastwood.

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Roey Ahram

Creo que, para que la cosa cambiase, no se debería aceptar el argumento (si argumentos se les puede llamar) de nadie que no tenga una mínima formación artística (preferiblemente narrativa) porque, en caso contrario, sería lo mismo que si cualquier peatón que pasara cerca de una obra se pusiera a decirles a los operarios lo bien o lo mal que están trabajando. Se trata, simple y llanamente, de intrusismo. Peor aún: de un fraude. Nadie podría imaginar a un crítico musical sin una mínima formación musical, o a un crítico de arte, de pintura o escultura sin conocimientos profundos de ese medio. ¿Por qué sí podemos aceptarlo en el cine o en la literatura? Las opiniones de cualquiera, tenga o no conocimientos, sea o no un espectador cualificado, son respetables, faltaría más. Pero ¿por qué esos cualquiera se ponen a escribir y son aceptados en medios de comunicación? Cualquier hijo de vecino puede dar su valoración sobre una obra de teatro, una novela o una película, pero muchos, a menudo además sin saber escribir apropiadamente, se atreven a trabajar en blogs o revistas, contribuyendo a la caótica situación actual.

Supongo que, en un país normal, el director del Instituto de Cinematografía y de las Artes Audiovisuales, además de un cinéfilo erudito, debería ser una persona profundamente formada en las artes audiovisuales, y no precisamente por un curso de dos meses de crítica cinematográfica. Porque, aunque algunos no lo quieran, muchos creemos firmemente que el cine es más, mucho más, que la maldita trilogía de la caballería de John Ford. Muchos, sin escribir en medios impresos, sin ser jamás directores del ICAA, amamos el cine, la literatura y otras formas narrativas, las necesitamos y esperamos su esplendor y queremos seguir aprendiendo con mucha mayor pasión que todos los Marías, Garci, Boyero o Roger Ebert del mundo, por no decir que todos los blogueros amantes de los superhéroes y todos los estudiantes pomposos de escuelas de cine que escriben cosas como ‘No a la elefantiasis’.

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