Cuando la prensa cae en la ignominia más absoluta

corrupción periodística
Daniel Lobo
Esto es lo que ocurre cuando la corrupción periodística hace mella en el derecho de la ciudadanía a estar bien informada.

Todos coincidimos en asegurar que la prensa es un elemento absolutamente esencial para un sistema democrático. La libertad de expresión alcanza su punto máximo en la existencia de una prensa plural, de unos canales de información en los que quepan todos los puntos de vista y todas las tendencias ideológicas. Este principio básico, irrenunciable, no debería, sin embargo, hacernos olvidar que la prensa tiene también sus responsabilidades en el seno de la sociedad en la que ejerce su labor; tiene la obligación de informar verazmente y ser así herramienta para la libertad de los ciudadanos, ya que la información es condición para la libertad.

La crisis internacional que sufrimos en España afectó también a los medios, y continuamos escuchando la letanía de lamentos que aparecen tras los expedientes de regulación de empleo, los cierres, los batacazos empresariales que se siguen de un descenso considerable del consumo de prensa y de la aparición de cientos de canales de información facilitados por las nuevas tecnologías. Esos lamentos son lógicos, normales; se trata de una profesión con una tasa de paro elevada y unos niveles tremendos de precariedad laboral, por lo que no cabe esperar gritos de alegría y júbilo.

… se equivoca quien no vea que en la crisis de los medios de comunicación se refleja también la misma desafección, el mismo desánimo, la misma repulsa que muchos ciudadanos manifiestan hacia el sistema político y, sobre todo, hacia los partidos que se enseñorean en él.

Pero se equivoca quien no vea que en la crisis de los medios de comunicación se refleja también la misma desafección, el mismo desánimo, la misma repulsa que muchos ciudadanos manifiestan hacia el sistema político y, sobre todo, hacia los partidos que se enseñorean en él. No se trata de pedir que los medios sean políticamente neutrales o rotundamente asépticos en sus informaciones. De hecho, es perfectamente aceptable tener una clara tendencia ideológica; la llamada “línea editorial” del periódico que se lee, de la emisora que se sintoniza o del canal que se ve. Pero de ahí a convertirse en sectarios vocingleros al servicio de los intereses de un partido, de un líder o de un conglomerado cualquiera de intereses políticos, empresariales y/o religiosos media un abismo.

Generalizando (y esto siempre es injusto con alguien), diríamos que la prensa española ha renunciado a su misión más sagrada, la de informar, para poner todo su empeño en beneficiar a quienes les benefician como empresas y para entretener al público con el fin, no de hacerle más libre, mejor informado, sino de capturarle como audiencia satisfecha anegada en un mar de sucesos truculentos, de morbo sin fin y de fútbol a mansalva. Diríamos (siendo seguramente exagerados) que la historia de la democracia española por lo que a los medios de comunicación se refiere podría titularse: “De «La Clave» a «Sálvame»”. Y con ese título sólo puede tratarse de una historia triste. La cadena de ejemplos concretos que podemos ir poniendo del cambiante papel de la prensa en España desde 1981 —el hito del 23-F supone el punto álgido del prestigio de la profesión periodística— hasta la actualidad es interminable. Señalaré algunos que me llaman especialmente la atención.

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En 1999, durante el primer mandato de Aznar, llegado al Gobierno tras una cadena insufrible de casos de corrupción protagonizados por responsables del Partido Socialista y denunciados implacablemente por ‘El Mundo’, Álvarez Cascos, destacado integrante del Gobierno, abandona su cargo. En plena polémica por los acontecimientos —para esta historia, irrelevantes— que conducen a su cese, intercambia cartas con Pedro J. Ramírez, entonces director del diario antes mencionado. En ellas se echan en cara deudas pasadas y se leen entre líneas unas connivencias que llaman, y mucho, la atención: “Tienes una deuda personal conmigo demasiado profunda para que se pueda solventar con decoro”, escribió el político al periodista.

En marzo de 2012 se produjo la primera condena del ex ministro, ex presidente de la autonomía mallorquina y ex embajador honorario de la Comunidad Valenciana, Jaume Matas, por el llamado caso Palma Arena. En este primer juicio se dilucidaba su responsabilidad en la entrega indebida de medio millón de euros a un periodista, Antonio Alemany, que escribía los discursos del político y luego los alababa en la prensa escrita para la que trabajaba. Entre otros, también ‘El Mundo’. Estarán conmigo en que se trata de un caso impresionante de cinismo y prostitución profesional.

… la prensa española ha renunciado a su misión más sagrada, la de informar, para poner todo su empeño en beneficiar a quienes les benefician como empresas y para entretener al público…

Todos damos por hecho que las televisiones públicas son herramientas al servicio del partido en el poder. Y también las radios públicas. En ellas, por lo visto, los periodistas hacen de tripas corazón y se someten a los dictados de otros periodistas que son nombrados a dedo por responsables políticos como directores de estos medios. En el momento en que se produce un cambio de gobierno, viene a continuación un cambio en la dirección que es seguido por una profunda “renovación” de las plantillas. Todo ello con dinero público abundante.

En un programa de televisión, J. L. Cano, conocido sobre todo por ser uno de los miembros de Gomaespuma, señalaba el peligro de que la información sobre aquellas manifestaciones de Rodea el Congreso quedara en manos de aficionados. Su opinión fue bastante bien acogida por sus contertulianos, periodistas de profesión. Desgraciadamente, parece que el riesgo está más bien en lo contrario, en que los medios al uso monopolicen esa información y otras semejantes y diferentes, que quedarán servidas en un puré perfectamente masticado y fácilmente digerible para un público facilón y perezoso.

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Crudx Punk

Si los políticos profesionales nos han defraudado hasta el punto de que muchos pensamos que no nos representan, los medios de comunicación, pieza básica del sistema, también lo han hecho, hasta el punto de que preferiríamos no necesitarlos para informarnos. Parecen ser una ruedecilla más de este ingente entramado clientelar en el que han convertido al país. No es de recibo que, en jornada de reflexión, las portadas de medios escritos nacionales se conviertan en murales de propaganda partidista. Los políticos burlan así la ley que ellos mismos impulsaron y la prensa se encenaga en la ignominia más absoluta. No tenemos remedio. Son muchos, viven muy bien y no se van a ir si no conseguimos echarlos. Por cierto, ¿hay hoy partido de la Champions?

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