El periodismo de los chismosos y la sobrecarga informativa

consentimiento informado
Michael Josh Villanueva
Sobre las flaquezas de la prensa que amenazan el derecho a la información de la ciudadanía y, por tanto, el consentimiento informado de la democracia.

Es inútil negar la atracción que la prensa ejerce sobre los que trasnochamos por escribir, incorregibles posesos de la literatura: un periódico es una orgía de autores y amanuenses que ninguno de los nuestros desea ignorar, en la que todos ambicionan una porción del pastel, una tribuna. Salvo la puramente literaria, no hay actividad más apasionante que el periodismo; al menos, eso opina Vargas Llosa, y no ha de ser el único si se tiene en cuenta el Newseum de Washington, el museo de la prensa que se inauguró en 2008, y del que fue uno de sus visitantes. En las exposiciones que lo vertebran se trasluce la libertad de información como elemento democrático, si bien carece de una denuncia categórica de su desprestigio con las prácticas informativas de un chismoso.

Tal libertad, el derecho a difundir información e informarse, es uno de los soportes de la democracia, el que promueve el pluralismo, la solidez de una opinión pública libre y de una ciudadanía conocedora de lo que la rodea y, por ende, responsable de las elecciones que efectúa en sociedad según lo que estime oportuno y beneficioso. Pero esa libertad, aun tratándose de un valor superior, ha de tener como límite los derechos inalienables de la esfera privada y un imperativo de veracidad, interés público y corrección en el mensaje que se divulgue: todo puede ser criticado a condición de que se atiendan estos requerimientos, cuya racionalidad y justicia son indudables.

… embrutecen a los ciudadanos que eligen prestarles atención, los empujan a la ignorancia y, así, transforman su implicación en las cuestiones oficiales en una irresponsabilidad, justo lo que temen los teóricos de la oclocracia que critican el sistema democrático, la negación de lo que puede denominarse, valga el símil, «consentimiento informado» en la toma de decisiones públicas.

De ese modo, cuanta más libertad de información posea un país, mayor será su libertad social, porque no es libre quien puede recibir los mensajes que le plazcan, sino quien disfruta la certeza de que la información que obtiene es veraz, ya que asumir decisiones basándonos en patrañas no es de ningún modo libertad sino un error planeado, tal vez según oscuros intereses, y quien se pone a cubierto de ataques inesperados que puedan descalabrarle su bienestar y su desarrollo como miembro de la ciudadanía globalizada.

El sensacionalismo y la prensa rosa, así como los abyectos patinazos ocasionales de las publicaciones serias, son obvios enemigos de la buena salud de un Estado de derecho, ya que no sólo suelen incurrir en ultrajes a la vida privada ajena y a los derechos del individuo, como refiere Vargas Llosa, abultan o incluso tergiversan la realidad e incumplen así su compromiso con una información verídica y el bien del interés público, sino que además embrutecen a los ciudadanos que eligen prestarles atención, los empujan a la ignorancia y, así, transforman su implicación en las cuestiones oficiales en una irresponsabilidad, justo lo que temen los teóricos de la oclocracia que critican el sistema democrático, la negación de lo que puede denominarse, valga el símil, “consentimiento informado” en la toma de decisiones públicas.

consentimiento informado
Steve Gardner

Otro asunto omitido en el Newseum es la sobrecarga informativa, concepto acuñado por el escritor Alvin Toffler en los años setenta del siglo veinte: el exceso de información, con sus innumerables datos para asimilar y las probables contradicciones en los mismos según las distintas fuentes, por opiniones antagónicas y el fenómeno del “teléfono roto”, produce una nueva flaqueza en la libertad informativa que puede aturullar al receptor y dificultarle que se forme un juicio propio e intervenir responsablemente en las decisiones del Estado, lo que, junto con las consecuencias del embrutecimiento sensacionalista y de la prensa rosa, supone que no sólo es preciso el libre acceso a la información, sino educar a la ciudadanía para que sepa seleccionarla por su bien, el colectivo y por el de la cultura general del país, cuyo progreso depende de ella.

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