Aún necesitamos la cólera ciudadana

cólera ciudadana
APC 15M
Pese a los cambios de Gobierno en España, no debemos olvidar lo que nuestros políticos han hecho ni la necesaria cólera ciudadana y de la opinión pública.

“Ménin áeide, zeá”. Así comienza el primer monumento literario de la cultura occidental: la ‘Ilíada’. “La cólera canta, diosa”. ‘Ménis’, la cólera, que subyuga a Aquiles al rebelarse ante un abuso de autoridad por parte de su señor, el rey de reyes, Agamenón. La ira ante la iniquidad del autócrata, que acarrea pesares innúmeros a los griegos y envía al Hades a magnos héroes. Homero, siempre Homero. Olvidado, cuando no desconocido; menospreciado por los que temen los versos de un pobre ciego. Sus palabras pueden aguijonear las almas de los que aún las tienen despiertas. Versos que han construido imperios, espoleado conciencias, clamado contra las injusticias y dado voz a los hombres frente a las arbitrariedades de dioses y señores.

Ménis en un país, España, donde más se valora el “de quién eres” que el “qué haces”, donde el ser “amigo o pariente de” cuenta más que lo que por ti vales; donde el mejor de entre los funcionarios públicos llegará como mucho a subdirector general y, por encima de él, desde director general hasta ministro, puede tener a un analfabeto, tan sólo por ser del partido. En un país donde, en algunos casos, se amnistió a quien a sabiendas había ido contra las leyes mientras se recortaban salarios y derechos de quienes cumplen religiosamente con sus obligaciones tributarias; donde da la sensación de que la justicia distingue entre los de diferentes estatus, donde los que engrasan su balanza parecen hacer de su capa un sayo y ponerse la ética por montera.

… da la sensación de que la justicia distingue entre los de diferentes estatus, donde los que engrasan su balanza parecen hacer de su capa un sayo y ponerse la ética por montera.

Justa en un país donde muchos de los que viven de la política se creen por encima del bien y del mal y ven a la nación como su cortijo particular, llenando de prebendas a quienes les son afines, por muy espurios intereses que los muevan. Y, para vergüenza de la gente de bien, se les sigue votando a pesar de estar imputados; donde se ha cebado a una piara de arribistas y golfantes tan solo para saciar la codicia de algunos gestores de la cosa pública. En un país donde un fulero cualquiera, cuando ostenta un cargo oficial, emporcado por su mediocridad, se rodea de lo más gris de entre los suyos para que no hagan sombra a su intolerable medianía. Y se cree con derecho a colocar en los mejores puestos, sin pudor ni censura alguna, a familiares y allegados.

Ménis terrible en un país donde bastantes de los prevaricadores, estafadores, especuladores y otra ralea semejante parecen saberse inmunes y campar a su aire; donde los que usan los votos de los ciudadanos para recortar condiciones de vida y derechos desprecian a los que levantan la voz ante sus desafueros; donde llaman perroflautas a los que claman contra sus indignidades, olvidando que muchos preferirán ser perroflautas a gaviotas carroñeras; donde, en lo que se supone el templo de la democracia, diputados de la bancada de su Gobierno aplaudieron, cual buitres voraces, los guadañazos que habían de sufrir también muchos de los que les dieron su escaño con sus votos.

… diputados de la bancada de su Gobierno aplaudieron, cual buitres voraces, los guadañazos que habían de sufrir también muchos de los que les dieron su escaño con sus votos.

Ménis, siempre ménis. Refugio y ariete de los inermes, ante unos señores que, en un alarde de prepotencia e impiedad, los desampararon a merced de la rapiña de los de riberas del Rhin y sus aliados, traicionando a sus dioses y a sus gentes. “Ménin áeide, zeá”. Necesitamos despertar a los Aquiles de su letargo.

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