¿Ser Rambo al volante de un coche bomba? No, gracias

coche bomba
Rambo / Madrid - Lionsgate / Miguel Á.
¿A vosotros os hubiese gustado tener que asumir riesgos a lo John Rambo haciendo el servicio militar en el Madrid de 1982?

Hacer la mili en 1982 y en Madrid como conductor de coches que trasladaban a altos mandos militares de un sitio a otro era un desagradable incordio. Por decoro, tenías que ir vestido de militar “de calle”, ropa que te restaba mucha movilidad si tenías que repeler un ataque terrorista (sí, sí, no es broma). Por eso, en lugar de taxímetro, llevabas pistolón al cinto y un soldadito tan crío como tú, a tu lado y con ropa de campaña, sujetaba tenso una metralleta y se dejaba los ojos en cada esquina, coche o moto que pasaba cerca, por si los encapuchados con pistola o granadas decidían que tenías que dejar de vivir en ese instante porque sí.

Detrás de nosotros, los asientos vacíos para recoger en su casa al coronel o al general asignado ese día, con la misión de llevarlo y traerlo de acá para allá, atravesando Madrid en ocasiones varias veces. Los generales tenían muchas reuniones y actos en recurrentes lugares bien distantes entre sí y no siempre bien coordinables dadas sus muchas responsabilidades, por lo que uno debía repetir ruta varias veces con el consiguiente riesgo, que era mucho mayor en trayectos con atascos, en semáforos o cuando el alto mando bajaba o subía del coche en zonas urbanas no acuarteladas.

… llevabas pistolón al cinto y un soldadito tan crío como tú, a tu lado y con ropa de campaña, sujetaba tenso una metralleta y se dejaba los ojos en cada esquina, coche o moto que pasaba cerca…

Todo eso asustaba un poco y no entrañaba mucha utilidad o sentido práctico que compensase ese miedo, salvo mostrar a los de las pistolas que no les tienes miedo, cosa que es interesante como táctica pero un derroche de vida y experiencia que ha costado mucho esfuerzo y dinero. No es rentable la gallardía militar si se puede evitar, solo por una pose digna que no deja de ser echarle miel a los cerdos.

El coche donde trasladabas altos mandos era del ejército, del mismo color amarronado de todo vehículo castrense, y en su matrícula ponía “ET-314159” o lo que correspondiese, pero siempre precedido de “ET” (Ejército de Tierra). Naturalmente, el alto mando militar de turno, generalmente educado y cortés, iba de uniforme con todos sus distintivos y estrellas; salía de su portal y caminaba hacia el coche con parsimonia, como diciendo: “ETA, no voy a andar deprisa ni a esconderme porque no me da la gana”.

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Uniforme del servicio militar español, años 80 – Zulio

Yo comprendía esa castrense y digna altivez: era una época en la que ETA mataba un día sí y otro también a esos militares y a veces, junto con ellos, caían los soldaditos de reemplazo a quienes nos tocaba ser sus chóferes. Eran los días en que los coches bomba hacían sus primeros pinitos que casi siempre se transustanciaban en cipreses gracias a esos artefactos letales que multiplicaban los daños colaterales en favor de una mayor seguridad para el verdugo, infame y cobarde y con mando a distancia.

En la soledad reflexiva de aquél destino militar y obligado por el Estado, en plena y feliz democracia, gobernando Felipe y que yo no comprendía, porque nuestro destino era de alto riesgo sin causa, casi de estado de guerra por la peligrosidad evidente y que ningún mando disimulaba, a veces me preguntaba si preferiría recibir un bombazo o, mejor aún, un ametrallamiento. Con ambos sistemas podrías sobrevivir, que es lo único que importaba; pero la bomba tenía el incómodo añadido de las posibles llamas, de manera que se hacía poco atractiva la idea de estar ardiendo medio minuto y consciente, antes de morir, mutilado y atrapado entre los hierros del coche tras un bazucazo.

Eran los días en que los coches bomba hacían sus primeros pinitos que casi siempre se transustanciaban en cipreses gracias a esos artefactos letales que multiplicaban los daños colaterales en favor de una mayor seguridad para el verdugo, infame y cobarde y con mando a distancia.

“Vaya plan: sin poder siquiera correr un poquito, bien envuelto en llamas y moviendo arrítmicamente los brazos, como hace todo el mundo que arde libremente y con amplio campo para correr en la dirección que le plazca”, pensaba divertido y fúnebre a la vez. Me gustaba abandonarme a estas aberraciones de imaginativo irreverente, pues me ayudaban a desdramatizar un panorama más que probable, sonriéndole con cinismo abrigador al más puro estilo de Hawk Eye (Alan Alda) en su ‘MASH’. Como arder sin brazos ni piernas y atrapado era una idea muy poco épica y un tormento demasiado aterrador, me decantaba por el ametrallamiento y escribía en mi diario: “Morir ametrallado es algo mucho más pertinente y, si lo miras bien, más vistoso y colorido que el bombazo con tanto entresijo, gallineja y chamusquina al carboncillo”.

Luego, pese a ser marzo, sudaba unas pocas gotas que surgían de una frente fría y de golpe empalidecida: “Tiene guasa desear que me ametrallen”, y con esta idea volví a la Tierra hilando una decisión inapelable: “Pues mira, que conduzca su abuela, pero conmigo que no cuenten”. Y me puse a ello, claro. Estaba recién llegado y aún no había pasado la prueba de conductor para decidir si destinarme al más peligroso, coches de mandos (casi seguro porque yo era un tipo leído, educado y ceremonioso), o bien a camiones o autobuses de tropa, donde daba igual si eras más tirando a campechano y arriero.

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BBC World Service
Creo que fue la primera y tal vez la última vez que mentí en mi vida por algo que no tuviese que ver con no haberme comido el chocolate que quedaba en la despensa y cosas así. No era timoratez o beaterío; yo no mentía por economía: mentir no es rentable a corto plazo muchas veces, y a largo, nunca. Y si encima quien miente soy yo, que me ruborizo hasta cuando pido la vez en la frutería, mentir resulta temerario. Fracaso asegurado. Pero ese día decidí engañar a lo grande, lo que hiciese falta, porque estaba en juego mi vida a cambio de una pose de otros, de su curro, que no es el mío. Eso, jamás. Y supe que, si mentía, me encontraría en clara desventaja porque no estaba adiestrado en ello; que me la jugaba. Tenía que hacerlo bien o no hacerlo. “Algo se me ocurrirá”, pensé, pero no sabía bien qué.

En un camión marrón militar caqui, con techo de lona y descubierto en la parte trasera, nos llevaron a todos los novatos con carné de conducir a un sitio amplio para hacer maniobras con coches, autobuses grandes y pequeños, motos y cosas así. En el viaje coquetemos con unas jóvenes que en autovía viajaron paralelamente a nuestro camión, como en las pelis, pero conducían un Ford Fiesta en lugar del esencial descapotable. Supuse que quisieron vivir esa tópica experiencia tan cinematográfica de vacilar a los soldados en carretera; con sonrisas y muy buen rollo. La idea y el desparpajo me divirtieron horrores, cosa que me calmó más de lo que yo deseaba para lograr los fines que perseguía.

Como arder sin brazos ni piernas y atrapado era una idea muy poco épica y un tormento demasiado aterrador, me decantaba por el ametrallamiento y escribía en mi diario: “Morir ametrallado es algo mucho más pertinente y, si lo miras bien, más vistoso y colorido que el bombazo con tanto entresijo, gallineja y chamusquina al carboncillo”

Ya en el campo de pruebas montábamos en cada coche cuatro novatos y un instructor, encargado de calibrar nuestra pericia, pues no en vano éramos chavales de veinte años. Ya era un hábil conductor pero nadie lo sabía. Cuando me tocó hacer la prueba, una y otra vez ponía el coche en marcha, metía primera y levantaba el pie del embrague muy deprisa, de forma que el coche parecía sufrir epilepsia y, a veces, hasta saltaba con violencia, y no nos despeinábamos porque íbamos casi rapados, pero al instructor se le cayó la gorra. La primera vez, el hombre de la gorra, buen tipo, trató de calmarme, pero yo insistí en intentarlo (y hacerlo fatal), cosa que acometí con gran éxito hasta lograr que el santo varón que se ocupaba de nosotros empezase a cabrearse, cosa que me puso más nervioso aún y que a su vez celebraba pues enriquecía mi teatrillo con una soterrada veracidad real, indetectable hasta para el más hábil y avezado observador… porque mi mentira “era verdad”.

Para favorecer el contexto dramático, le expliqué a modo de justificación disculpatoria de mi torpeza una dura verdad que sucedió tal cual: cuatro meses atrás había sufrido un accidente de coche muy aparatoso, con muchas vueltas de campana de morro, y luego, incontables vueltas de lado, coche ardiendo y mis dos acompañantes malheridos, salvo un servidor, que no me pasó nada aparte de perder el conocimiento, y en tal estado me sacaron de entre los hierros mientras el coche ardía cada vez con mayor intensidad.

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Contando Estrelas

Le dije al instructor que no había vuelto a ser capaz de conducir (esa fue la mentira real, la que más me costó) pero que quería hacer la prueba, “que lo necesitaba”, y eso sí era verdad. Mientras el hombre cavilaba, para desconcertarlo y sin avisar, puse por enésima vez el coche en marcha y volví a encabritarlo muy bestiamente con la ayuda del embrague, a golpecitos para no calarlo del todo, esto aderezado con toques de freno y acelerador para que saltase más. El instructor me gritaba, tal y como yo quería. Casi con lágrimas en los ojos por la adrenalina brutal de la escena que creé, me puse a medio gemir ya sin necesidad de actuar: “¡Quiero intentarlo! ¡Quiero superarlo! ¡Puedo hacerlo!”. La emoción era real y sobrecogedora, pero “la motivación emotiva” era otra: la propiciaba la incomodísima tensión del momento que vivíamos. Y debí parecerle a nuestro hombre un psicótico entrañable pero peligroso.

Estábamos cinco personas en el coche y, cuando me calmé, todos callaban con respeto. Me sentí un miserable. Un miserable que se negó a regalar su vida a la patria a cambio de nada, y menos por una dignidad militar que comprendía pero que no me correspondía. Una dignidad militar que decidí delegar en los mandos militares con estrellas. Si quieren ser diana, que lo sean, pero que conduzcan ellos o se busquen a otros más dispuestos e insconscientes. El plan B era la insumisión y el calabozo el resto de mili, algo muy sugestivo y tentador, pero no me interesaba ese expediente de cara al mundo laboral futuro. Era como haber pasado por la cárcel y eso me cerraría puertas.

Me sentí un miserable. Un miserable que se negó a regalar su vida a la patria a cambio de nada, y menos por una dignidad militar que comprendía pero que no me correspondía. Una dignidad militar que decidí delegar en los mandos militares con estrellas. Si quieren ser diana, que lo sean, pero que conduzcan ellos o se busquen a otros más dispuestos e insconscientes.

Yo era un ciudadano que tuvo que dejar su trabajo, como muchos; otros, sus estudios, y me sentí secuestrado y tratado como mozo abofeteable (te fostiaban con facilidad) por el Estado sólo por ser varón y tener veinte años, para meterme aleatoriamente en un cuartel y arriesgar mi vida varias horas diarias y todos los días menos los domingos, que es lo que sucedía si tenías la fascinante mala suerte de ser el chófer de una diana itinerante con gorra de plato, galones de general, estrellas y entorchados bien a la vista de cualquiera, aunque llevase pasamontañas de ojo estrecho en pleno julio.

Los nervios, la tensión, la vergüenza por el teatrillo de la prueba de conductores hicieron mella emocional en mí, creo que alguna lágrima me cayó y el buen tipo encargado de nosotros me dio unas palmaditas afectuosas, cálidas, que me hicieron sentir mal y bien a la vez; y dijo, conciliador: “Anda, chaval; esto no es lo tuyo. Vete para atrás. A ver, el siguiente”.

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Malagón

Al término de la jornada, ya en el cuartel, el instructor le anticipaba las primeras novedades verbales al comandante, muy cerca de nosotros, y algunos escuchamos. Le dijo que todos eran aptos menos “ese chaval pequeñito, que tuvo un accidente horroroso donde murieron tres amigos suyos, otro que quedó tretrapléjico y él, que conducía, quedó bastante tocao…”. Supe entonces que la mentira es contagiosa y que mi ángel de la gorra quería salvarme y mintió más bellacamente que yo aún.

Lo habría invitado a cenar en un sitio de postín tras licenciarme. Acabó desaconsejando al comandante contar conmigo “ni para lavar coches” y le previno de que yo quería ser conductor pero sólo para superar un episodio personal obsesivo, y eso sería poner en peligro la vida de otras personas, incluidos generales. Que me echase un ojo. Me sentí más miserable todavía porque el instructor le dijo de motu proprio al comandante exactamente lo que yo quería, para lograr no conducir y quedar, encima, como un aguerrido y descerebrado tipo al que había que vigilar y respetar, cosa muy útil en la mili si mides 1,61 metros y eres novato. Me mandaron a oficinas, donde viví como un pachá y hasta monté un pequeño negocio.

Creo que he desaprovechado mucho el potencial vital de mentir y de ser un vividor con pintas: hoy sería mucho más sabio y me habría divertido bastante más de lo que he logrado divertirme a base de salir de charcos ajenos…

Después, dejé de mentir y la vida volvió a irme de pena. Creo que he desaprovechado mucho el potencial vital de mentir y de ser un vividor con pintas: hoy sería mucho más sabio y me habría divertido bastante más de lo que he logrado divertirme a base de salir de charcos ajenos, en lugar de meterme en charcos propios y ser yo quien propicie mis acontecimientos y no los demás. Hasta que descubrí la interpretación y empecé a decidir yo en qué charcos me metía, fui feliz y colorín colorado, que de conducir generales me he librado. ¡Viva Stanislavski! Sin saber de quién se trataba, lo intuí cuando era un soldadito muy superviviente y me fue de fábula. Luego, no volví a apelar a él salvo para subir a un escenario. Como debe ser.

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