No te fíes de los científicos, ni siquiera de los que tienen un premio Nobel

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Jennifer Rouse
No es precisamente de los cinetíficos de quienes hay que fiarse para adquirir conocimientos fiables sobre el mundo que nos rodea.

Un error muy común consiste en confundir los términos ‘ciencia’ y ‘científico’. Precisamente la ciencia fue diseñada para superar la falibilidad del ser humano, y los científicos también son seres humanos. Así que ‘ciencia’ y ‘científico’ guardan tal distancia entre sí que ni Ptolomeo hubiera sido capaz de medirla. Sin embargo, a menudo oigo cómo se ponen ejemplos de científicos que se equivocaron, engañaron o hasta deliraron como forma de desprestigiar la ciencia, cuando justo por esa razón existe la ciencia: para atar en corto a los científicos.

Sin contar que invocar nombres para refrendar ideas es un miserable argumento de autoridad: un razonamiento lógico tan cutre que todavía uno se asombra de su ubicuidad. Sí, naturalmente podemos adornar nuestros argumentos de citas si estas vienen a cuento o como recurso retórico; pero si no hay más chicha que la cita o la invocación al sabio o al maestro, entonces estamos cometiendo un error precientífico. La ciencia hace uso de las citas y las referencias, pero no de los científicos. Hace uso de los estudios científicos, no del blablablá. No importa si un estudio científico lo llevó a cabo un don nadie; lo que importa es que el estudio esté bien diseñado y sus conclusiones sean interesantes.

No importa si un estudio científico lo llevó a cabo un don nadie; lo que importa es que el estudio esté bien diseñado y sus conclusiones sean interesantes.

La mejor prueba de que no nos podemos fiar ni siquiera de intelectuales multipremiados es seguramente Brian Josephson, un físico teórico y profesor en el Trinity College de Cambridge hasta 2007 que, en 1973, recibió el Premio Nobel de Física por la predicción de un efecto de mecánica cuántica (el efecto túnel). ¿Qué hay más prestigioso que citar lo que ha deslizado un premio Nobel? Pareciera una fórmula idónea para callar bocas, sobre todo en la barra del bar. Sin embargo, en el cerebro de Josephson, como en el de cualquiera, puede caber tanto la genialidad como la oligofrenia, tanto la solidez intelectual como la mafugería.

Por eso, en la misma década de los 70, Josephson también se ocupó de estudiar la meditación trascendental, una suerte de disciplina de la India que era capaz de suscitar efectos sobrenaturales. No contento con ello, llegó incluso a fundar el Proyecto de Unificación Mente-Materia para explorar el concepto de conciencia y su vínculo con la mecánica cuántica, proponiendo una síntesis a la que bautizó como “misticismo cuántico”.

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Brian Josephson – Cavendish

Un tropiezo lo tiene cualquiera, ¿verdad? El problema es que no fue un tropiezo, ni dos, sino una docena. Josephson llegó a cargar contra “la ciencia oficial” por su rechazo apriorístico de los fenómenos paranormales y manifestó su apoyo a la existencia de la memoria del agua (lo único en lo que puede apoyarse ya la pseudociencia de la homeopatía) y la fusión fría (reacciones nucleares a temperatura ambiente). Y hay más, como explican Luigi Garlaschelli y Alessandra Carrer en su libro ‘El científico loco’: “Durante una intervención suya en un congreso en Versalles, en 1974, invitó a un público de biólogos moleculares a leer el poema sagrado indio «Bhagavadgita» (siglo III a. C.) y los escritos del santón contemporáneo Maharishi Mahesh, fundador del movimiento de la meditación trascendental. La conferencia acabó en bronca”.

No es el único premio Nobel que acabó usando su crédito intelectual para refrendar pseudociencias o directamente ideas descabelladas. Linus Pauling, Nobel de Química en 1954 y de la Paz en 1962, empezó a proclamar, al final de sus días, que una sobredosis de vitaminas puede hacerte vivir más tiempo. Kary Mullis, premio Nobel de Química en 1993, cree en la astrología, pero no cree en el cambio climático o en que el sida lo cause el VIH. El premio Nobel de Medicina en 2001, Tim Hunt, incluso ha llegado a declarar que prefiere no trabajar en el laboratorio con mujeres porque “tres cosas ocurren cuando uno comparte el laboratorio con ellas: se enamoran de uno, uno se enamora de ellas y, cuando se las critica, ellas lloran”.

Los científicos son humanos. Todos los humanos podemos ser, en un momento dado, idiotas. Todos los humanos tenemos una ideología (que puede definirse como una apariencia de saber, un creer antes que ver, un prejuicio cultural). Para eso existe la ciencia: para descartar las afirmaciones que no logren pasar su estricto método de verificación.

Los científicos son humanos. Todos los humanos podemos ser, en un momento dado, idiotas. Todos los humanos tenemos una ideología (que puede definirse como una apariencia de saber, un creer antes que ver, un prejuicio cultural). Para eso existe la ciencia: para descartar las afirmaciones que no logren pasar su estricto método de verificación. La ciencia y sus virtudes principales, como la predisposición a reformularse cuando se encuentra una explicación mejor, el universalismo, la máxima ausencia de subjetividad y el escepticismo organizado. La ciencia y su refracción a los mayores defectos del pensamiento: la fe, el dogma, la revelación, la autoridad, el carisma, el misticismo, la adivinación, las visiones, las corazonadas o el análisis hermenéutico de textos sagrados.

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