Los peligros de la ficción o por qué ciencia y letras no son lo mismo

ciencias y letras
Queen Dombrowski
Lo sentimos mucho pero, no sólo la oposición entre ciencias y letras es muy real, sino que ni siquiera están al mismo nivel en aportaciones al conocimiento.

Basta con echar un vistazo a la cantidad de polvo valetudinario acumulado para, de un solo golpe, apercibirse de cuánta distancia que hay entre las ciencias y las humanidades. Cuanto más polvo haya en las segundas, más valiosas resultarán, más profundas serán las vetas por las que se infiltrarán el estudio, el análisis, la exégesis. Por el contrario, en ciencias, salvo por su interés historiográfico, digno de exponerse en el viril de un museo, son los rollos apergaminados los que presentan las ideas menos dignas de estudio y de entusiasmo: en ciencia prima la novedad, el sustrato de conocimiento que se ha levantado sobre el sustrato anterior. Porque en ciencia, el conocimiento es acumulativo, y los modelos mejoran destruyendo los que les antecedieron. Sólo el polvo, pues, ya es un argumento suficiente para distinguir las ciencias de las letras. Pero hay muchos más.

El otro rasgo diferencial que no podemos pasar por alto es lo relativamente reciente que es la ciencia frente a cualquier otra disciplina. Hace millones de años que hay arte, y miles de años que existe la literatura, la filosofía, la historia y otros campos del saber. Sin embargo, si bien hace más tiempo que existen los filósofos naturales, los científicos tal y como los conocemos actualmente nacieron hace menos de cuatrocientos años.

… en ciencia prima la novedad, el sustrato de conocimiento que se ha levantado sobre el sustrato anterior. Porque en ciencia, el conocimiento es acumulativo, y los modelos mejoran destruyendo los que les antecedieron.

Es cierto que todas las disciplinas han sido sometidas a transformaciones metodológicas, pero ninguna como la ciencia. Por eso, tras el nacimiento de esta, también comenzó a aumentar la esperanza de vida, se redujo la pobreza extrema de forma significativa, se empezó a destruir todo el conocimiento anterior y a construirse desde cero, solo a base de demostraciones y evidencias, un nuevo conocimiento objetivo (o lo más objetivo posible). Este tipo de trabajo empezó a realizarse sistemáticamente a partir del siglo XVII. Por primera vez en la historia. Nadie antes, que se sepa, se había conducido de tal forma por el mundo. Y mucho menos una comunidad organizada para vigilarse mutuamente, lejos de jerarquías inflexibles, exigiendo transparencia (lo que en sus inicios vino a llamarse Colegio Invisible, porque carecía de muros inexpugnables y no se practicaba en un lugar concreto).

Esto nos dice algo importante sobre el valor y la complejidad de la ciencia frente a cualquier otro modelo de conocimiento. Que juega en otra liga. Por de pronto, es el conocimiento más universal del que disponemos. Es decir, que hay un gran consenso entre todos los científicos del planeta, pero el pensamiento de dos filósofos puede ser radicalmente distinto aunque residan en la misma ciudad o hayan estudiado en la misma universidad. Dicho de otro modo: en ciencia, las opiniones no valen tanto como en cualquier otra disciplina, como la crítica literaria, por ejemplo. Ni tampoco valen tanto los estudios reglados o los títulos académicos: si lo que sostienes puede demostrarse con un experimento o se encaja armónicamente con el conocimiento ya acumulado, entonces has hecho un nuevo descubrimiento, sin más.

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Laury Muñoz

Por esa razón, precisamente, poco o nada sirve citar a un científico antiguo para validar lo que sostienes, al contrario que un filósofo. Un científico puede citar a un prohombre que le precedió por romanticismo o admiración, pero sin tropezar en el argumento de autoridad: las cosas deben ser probadas por sí mismas, no mediante la voz de quienes las propusieron. Los científicos muertos tienen un valor histórico, pero los filósofos muertos tienen un valor epistemológico.

No, ciencia y letras no son lo mismo. No se parecen en casi nada. No sirven para lo mismo. Y, por consiguiente, determinar si un campo del saber es mejor que el otro depende exclusivamente de cómo definamos “mejor” y acordemos cuál es el objetivo que queremos alcanzar. Si lo que buscamos es la verdad objetiva y universal, entonces, la ciencia es infinitamente más útil que las disciplinas de humanidades para aproximarnos a ella poco a poco, sin alcanzarla nunca del todo. Es cierto que ahora podríamos tratar de definir la “verdad”. Como eso excede a las pretensiones de este texto, bastará con explicar hasta qué punto la ficción puede confundirnos.

Si lo que buscamos es la verdad objetiva y universal, entonces, la ciencia es infinitamente más útil que las disciplinas de humanidades para aproximarnos a ella poco a poco…

A menudo entronizamos a novelistas y pensadores porque han escrito obras bellas y sugerentes. Sin embargo, la mayor parte de estos libros son ejercicios de retórica, en el mejor de los casos, o páginas repletas de lenguaje críptico, en el peor. La buena ciencia se puede explicar con el vocabulario que emplearía un niño de ocho años (otra cosa es que sus conceptos los entienda un niño de ocho años), pero gran parte de la filosofía debe inventar términos nuevos continuamente, emplear con profusión los adjetivos y elaborar oraciones llenas de subordinadas y sinónimos infrecuentes, así como repeticiones rítmicas como las que encontramos en las canciones. Como escribe Derek Thompson en ‘Creadores de Hits’ (2018), esta suerte de “retórica musical crea un tipo de anestesia cognitiva que adormece la capacidad para el pensamiento profundo de las audiencias”.

Por esa razón, los mensajes musicales se quedan grabados mucho mejor en nuestra memoria. En un estudio llevado a cabo por David Rubin, un profesor de la Universidad de Duke, se sometió a un grupo de estudiantes universitarios a un ejercicio de memorización. Quienes debían escribir la letra de ‘The Star-Spangled Bennett’ recordaban menos palabras si lo hacían sin música que si lo hacían con música. Muchos grandes filósofos, pensadores, literatos, historiadores o incluso muchos psicólogos recurren a los cantos de sirena para persuadir no solo a las audiencias, sino incluso a los revisores de las revistas académicas, como puso de manifiesto el escándalo de ‘Social Text’: un estudio publicado en una revista académica de humanidades revisada por pares que en realidad no decía nada de nada con un mínimo de sentido, pero que era tan críptico y sonaba tan profundo que debía serlo por necesidad.

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Edward O. Wilson – Ragesoss

En ciencia, la retórica se desaconseja porque no aporta nada salvo confusión. En el arte, la confusión puede llegar a ser deseable, como explica Edward O. Wilson en su libro ‘La conquista social de la Tierra’ (2012): “Lo que cuenta en ciencia es la importancia del descubrimiento. Lo que importa en literatura es la originalidad y el poder de la metáfora. Los informes científicos añaden un fragmento verificado a nuestro conocimiento del mundo material. En cambio, la expresión lírica en literatura es un artificio para comunicar sentimiento emocional directamente desde la mente del escritor a la mente del lector. No hay tal objetivo en los informes científicos, en los que el propósito del autor es persuadir al lector, mediante pruebas y razonamientos, de la validez e importancia del descubrimiento”.

De todos los que usan la retórica para comunicar ideas, sin embargo, son los novelistas los más peligrosos porque se les ha adjudicado un especial conocimiento o capacidad de análisis de las sutilezas que nos rodean. Un novelista puede no tener ni idea de ciencia pero, por contrapartida, puede leerse con la devoción que un creyente le profesa a su libro sagrado predilecto. Y entonces se halla en esas palabras tan bellamente escogidas, cinceladas ya en mármol debido a la propaganda de los críticos literarios, que el novelista justo dice lo que él ha llegado a sentir o pensar en alguna ocasión, o que alumbra recovecos del alma que siempre habían permanecido en penumbra. Pero todo esto no es conocimiento. Es intuición, pálpito y experiencia personal capaz de ser transmitida directamente a nuestro sistema límbico. Es decir, justo lo que ha existido durante miles de años antes que la ciencia. Justo lo que la ciencia no permite que acceda a sus revistas académicas.

… esto no es conocimiento. Es intuición, pálpito y experiencia personal capaz de ser transmitida directamente a nuestro sistema límbico. Es decir, justo lo que ha existido durante miles de años antes que la ciencia. Justo lo que la ciencia no permite que acceda a sus revistas académicas.

Uno puede preferir una canción que hable del amor a un libro sobre la neuroquímica del amor, pero en modo alguno puede comparar estos dos formatos. Ni se obtienen de la misma manera, ni tienen la misma densidad, ni pueden usarse para los mismos fines. En muchas ocasiones, una novela no es más que un pasatiempo, sin demérito de la novela: lograr un pasatiempo que no queme las horas sino que las llene de ilusión y emoción puede ser más importante para la existencia, la felicidad y el ímpetu para buscar qué hay más allá del horizonte como un libro de química orgánica. Una buena historia nos puede dar ofrecer calidez en una noche de frío existencial.

Pero sin el libro de química orgánica simplemente daremos vueltas sobre lo mismo una y otra vez, usando solo otras palabras o experiencias. Por eso, Shakespeare sigue siendo un genio a la hora de radiografiar el alma humana, y sus lúcidas reflexiones pueden extrapolarse a todo lo que nos rodea en el siglo XXI. Porque la ficción siempre habla de las mismas cosas. Siempre se cuentan las mismas historias. El resto de obras son derivaciones, como las intrincadas raíces del tronco de un árbol. O como lo resumió el filósofo Sydney Hook: “La Madonna de Rafael sin Rafael, las sonatas y sinfonías de Beethoven sin Beethoven, resultan inconcebibles. En la ciencia, por otra parte, la mayoría de los hallazgos de un científico podría haberlos hallado perfectamente otro científico de su mismo campo”.

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Gerardo Ruiz

Y precisamente porque la retórica se esconde tras la ficción, la ficción puede ser tan peligrosa. Lo que establece otra distinción con la ciencia: el saber científico es bueno, la ficción no siempre lo es, porque puede instilar mentiras para engatusar al lector sin ningún tipo de control, tal y como de nuevo explica Thompson: “Precisamente porque estas grandes historias son persuasivas, deberíamos ser más cautos acerca de qué narrativas dejamos entrar en nuestros corazones. Los narradores que conocemos, desde los magnates de Hollywood hasta los abuelos parlanchines, van todos moldeando sutilmente las expectativas culturales. Una gran historia puede mostrar que un sesgo racial es bueno o malo; que una guerra es necesaria o abominable; que las mujeres son objetos sexuales subordinados o heroínas valiosas con capacidad de tomar sus propias decisiones”.

Esto no es solo porque la ciencia es diferente que la literatura, sino también porque los conocimientos que se someten al escrutinio de la ciencia son mucho más sencillos que los analizados por la literatura. La ciencia traza modelos reduccionistas de la realidad, como los de la física o la química, pero la literatura quiere abarcar toda la dimensión humana, sin diques ni contenciones. Incluso las disciplinas “de letras” como gran parte de la psicología o la historia y la filosofía deben enfrentarse también a temas mucho más complejos que los asuntos objetos de glosa de, por ejemplo, la genética.

… la ficción no siempre persigue objetivos buenos, primero porque es libre y no aspira siempre a evangelizar, y segundo, porque los datos de los que parte raramente son científicos…

En este punto, pues, se produce otra gran distinción entre ciencias y letras: el alcance y ambición de sus objetivos. Shakespeare o Cervantes eran más ambiciosos que Darwin o Newton porque sencillamente se enfrentaban a temas cualitativamente distintos. Por eso, la ciencia siempre aspira a disponer del conocimiento más objetivo posible, con menor carga de opinión personal, a la vez que se enfrenta a problemas también mucho más objetivos y que merecen menos opinión personal. Cuestiones como “¿qué es el bien?” o “¿cuál es el sentido de la vida?” quedan en parte fuera del magisterio de la ciencia. Ningún ‘paper’ aspira a responder a preguntas como esas, cuando encontramos miles de páginas de filósofos y novelistas entregadas a cuestiones de incluso más calado.

En ocasiones, incluso, entrando en el terreno de lo fáctico: “¿Es bueno ser racistas?”. Ningún dato científico nos responderá a esa pregunta; si acaso, nos ofrecerá información acerca del parentesco genético que existe entre todos los humanos. Sin embargo, las obras de ficción hicieron mucho por combatir el racismo, permitiendo que empatizáramos con personas que considerábamos diferentes a nosotros. El problema, como decía Thompson, es que la ficción no siempre persigue objetivos buenos, primero porque es libre y no aspira siempre a evangelizar, y segundo, porque los datos de los que parte raramente son científicos, es decir, más objetivos que subjetivos, más pendientes de corrientes de pensamientos y de modas, que de la verdad: “El drama narrativo no es siempre un atributo moral. Es como una característica mercenaria, igualmente útil para vender prejuicio y empatía”.

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Leyendo Orpheu 2, de José Almada Negreiros – Pedro Ribeiro Simões

El papel de las humanidades, entonces, será el de adoptar dichos conocimientos, imbricándolos de tal modo que surjan nuevas disciplinas humanísticas que todavía no existen. A dichas disciplinas solo tendrán acceso expertos en áreas tan alejadas entre sí en apariencia como lo son la historia y la genética. Entonces, y sólo entonces, las artes creativas y la filosofía empezarán a ser verdaderamente útiles para el progreso del conocimiento científico. Un estupendo libro que profundiza en esta idea es ‘Consilience’, también de Edward O. Wilson (1998). Según Wilson, y muchos otros teóricos, las ciencias sociales continuarán dividiéndose dentro de cada una de sus disciplinas, y una parte de la biología se fusionará con las humanidades. En ese sentido, las humanidades, como la filosofía, la historia, la ética, la religión comparada o la interpretación de las artes, se aproximarán cada vez más a las ciencias y en parte se fusionarán con ellas.

Las ciencias y las letras irán aproximando posiciones. Empezarán, ésta vez sí, a parecerse. Tal vez, cuando llegue ese momento, podremos afirmar que ciencias y humanidades son lo mismo, son igualmente importantes, sirven para los mismos propósitos. Hasta ese momento, deberíamos evitar los sofismas y, sin desalentar que todos deberíamos aspirar a ser alfanuméricos, asumir que la ciencia es una actividad distinta a todo lo demás. Sin que ello suponga ni que la ciencia es mejor en sentido abstracto (¿mejor en qué?) ni que todo lo demás es una pérdida de tiempo en abstracto (¿qué importa eso en un mundo finito cuyo final es el sepulcro?). Otrosí: por supuesto, este es un texto alfanumérico. Es un pasatiempo, en parte. ¿Lo habéis pasado bien?

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