Tienes cáncer

cáncer de mama
Anais Gómez-C
Todo lo que viven las mujeres que descubren que padecen un cáncer de mama y lo que les deja la experiencia de haber sobrevivido.

No estás nada mal. No, señora. Ya quisiera más de una tener esa figurita a los treinta y seis años. Y habiendo dado a luz hace seis. Limpias con la toalla el vaho que empaña el espejo tras la ducha. Tienes mucha suerte: te mira el mar desde tus ojos. Dejas caer con coquetería el albornoz. Tus pechos están mejor que nunca, a pesar de haber amamantado a tu hijo. Los palpas, orgullosa, comprobando su tersura. Su tacto. Cerca de la axila izquierda notas algo raro. Un pequeño bulto que no te habías percatado antes de que estuviera ahí. Vuelves a tentar por si había sido una falsa impresión. Ahí está. Te palpas ahora la mama derecha buscando algo semejante. No lo encuentras. Vuelves a buscarte el bulto en la izquierda. Sigue ahí. Te sientes como si, de repente, estuvieras en una bañera gigante, con el agua hasta el pecho, y una mano invisible abriera el tapón y el desagüe se tragara, en infernal vorágine, toda el agua y a ti con ella. Te acuchilla la imagen de tu prima, que murió hace tres años devorada por un cáncer, tardíamente detectado.

Esperas a que llegue tu Juanjo y, esa misma tarde, vais a la sede local de la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC). Allí mismo te gestionan una mamografía urgente, te serenan, te informan sobre los pasos que has de dar. Notas empatía en sus miradas. Saben de lo que están hablando. Y tú les importas. Sin solución de continuidad, se suceden las pruebas y consultas con los diferentes especialistas. Esas primeras semanas te son abstractas, irreales. Esto no te puede estar pasando a ti. Tú ya has rendido un doloroso tributo a la vida, cuando se te mató tu hermano con veinticinco años en aquel maldito accidente. Tú ya has pagado peaje a la vida perdiendo a tu padre. Esto no te puede estar pasando a ti. ¡Joder! ¡Esto no te puede pasar a ti!

Te sientes como si, de repente, estuvieras en una bañera gigante, con el agua hasta el pecho, y una mano invisible abriera el tapón y el desagüe se tragara, en infernal vorágine, toda el agua y a ti con ella. Te acuchilla la imagen de tu prima, que murió hace tres años devorada por un cáncer, tardíamente detectado.

Casi sin poder asimilarlo, te viste por primera vez en el quirófano. Te quitaron el bulto y dieciocho ganglios más. Con la primera biopsia parecía que el tumor era benigno, pero tú no las tenías todas contigo. No te fiabas. Para tu desdicha, tenías razón. Una segunda biopsia demostró que se trataba de un tumor maligno y que tenías afectados ocho de los dieciocho ganglios que te extirparon. No te quedaba otra; habías de volver a pasar por el quirófano para que te hicieran una mastectomía. Vamos, para que te vaciaran o extirparan la mama afectada.

Regresaste, con Juanjo, como siempre, a tu vera, verita, a la AECC. Allí te dieron una lección vital. No tenías por qué mostrar fortaleza ante los demás para que no se preocuparan por ti. Eso es una carga demasiado pesada para cualquiera. Estás enferma y como tal te has de sentir. Lo importante, lo fundamental es aprender a mostrarte débil, a dejarte mimar, a decir lo mal que te sientes. Necesitas imperiosamente que los demás estén a tu lado y te demuestren a cada suspiro su amor. Tenían razón: por muy egoísta que pudiera sonar para algunos, te sentías mejor cuando te mimaban que cuando intentabas fingir la fortaleza que no sentías. Por eso, ahora, una vez escalado tu particular Calvario, empatizas mucho más con cualquier enfermo, aunque se queje de un mero dolor de cabeza. Si puedes, te acercas a él y lo acaricias o le das unas palabras de aliento.

cáncer de mama
Jack Two

Volviste a ver sobre tus ojos, desamparados, las luces del quirófano y los rostros, velados por gorros y mascarillas, de los que iban a ser tus paladines contra el cáncer. No podías olvidar que, cuando despertaras de la anestesia, ibas a quedar mutilada de un pecho. Por eso, al recobrarte de los éteres de la anestesia y reconocer a Juanjo a tu lado, lo primero que hiciste fue preguntarle si te iba a seguir queriendo así, con una teta sola. “Más que nunca”, te dijo. Te dejaste acariciar por sus lágrimas bañadas en besos.

Lo de que te dejen sin pecho es muy jodido, por mucho cuento que echen los poetas al mito de las amazonas, esas guerreras que se mutilaban una mama para poder tensar mejor el arco. Es muy jodido verse con una única teta. Conoces casos de parejas que se han roto tras la extirpación de un pecho. A tu mismo Juanjo le preguntaron (y no una ni dos) varias comadres que cómo era posible que siguiera contigo, que no les cabía en la cabeza que te siguiera amando. Aunque lo cierto es que eso pasó a un segundo plano enseguida, cuando empezó el bendito tormento de la quimioterapia. Bendito porque de él dependía tu supervivencia; tormento porque las ibas a pasar canutas, jodidamente canutas.

Te obsesionaba que se te fuera a caer el pelo. Por eso, dos semanas antes del primer chute, ya te habías comprado una peluca monísima. Nadie que no haya pasado por donde tú puede imaginarse lo que se siente cuando ve que se te cae el cabello a puñados, que se te desprende todo, absolutamente todo el pelo del cuerpo, vello incluido.

Ahí es cuando tomaste verdadera conciencia de lo mal que estabas. Hasta ese momento, el puto cáncer se había sólo insinuado, indoloro, traidor. Físicamente te sentías bien. Acojonada, pero bien. Ay, la quimioterapia, ese diabólicamente divino cóctel de medicamentos que va a aniquilar las células cancerígenas, pero que te deja más expuesta que un recién nacido, despojada casi de defensas. Te obsesionaba que se te fuera a caer el pelo. Por eso, dos semanas antes del primer chute, ya te habías comprado una peluca monísima. Nadie que no haya pasado por donde tú puede imaginarse lo que se siente cuando ve que se te cae el cabello a puñados, que se te desprende todo, absolutamente todo el pelo del cuerpo, vello incluido. Ante eso, lo de la mama extirpada te importaba un comino.

Ay, la quimioterapia, jodida y bendita a la par. Seis chutes durante seis meses. Seis chutes que te dejaban derrengada, pero al mismo tiempo eran la única tabla de salvación a la que aferrarte desde que el cáncer hizo naufragar tu vida. Tiras para adelante, mera y llanamente, por amor a la vida. No tienes, a estas alturas, creencia alguna a la que agarrarte, fuera de tu fe en la medicina, en los tuyos y, por encima de todo, en ti misma. Tú pasas a considerarte, entonces, como tu única diosa. Sólo tú sabes lo que sufrías cuando tu hijo, con seis años, te veía vomitar o abatida en la cama por efectos de la medicación, sin fuerzas siquiera para sonreírle ni hacerle una sencilla caricia. ¿Y tu Juanjo? El pendejo de tu Juanjo, que no dejó de decirte ni uno solo de los ciento ochenta días que estuviste sin pelo lo guapa que estabas. El pendejo de tu Juanjo que, un buen día, se te presentó rapado al cero, porque decía que ya estaba harto de que fueras tú más guapa que él y que él también quería estar calvo. Como tú. Ay, tu Juanjo…

cáncer de mama
David Yerga

Ay, la quimioterapia… Ay, cuando la quinta y sexta sesión te coincidieron con la radioterapia. Veinticinco sesiones. Veinticinco, que te dejaron aún más hecha bicarbonato y que te hicieron ingresar de nuevo al hospital porque te dejaron sin defensas. ¡Dioses, te dolía hasta el respirar! Pero no te rendías, jodida, no te rendías; en cuanto los chutes o las radiaciones te daban un suspiro, intentabas hacer “vida normal”. Salías de copas con tus amigos, apurando como una bendición cada caricia, cada carcajada compartida. Hacías, incluso, teatro con tus crápulas, vaciándote en cada actuación, agradeciendo a la vida el poder olvidarte, al menos por unas horas, de tu enfermedad. Fue un acto de rebelión, tu particular rebelión contra el cáncer. Necesitabas plantarle cara, tener la sensación, aunque resultara engañosa, de que no estabas enferma las veinticuatro horas del día. No podías soportar pensar las veinticuatro horas en tu enfermedad. Por eso hacías teatro, cocinabas, leías, paseabas, abrazabas cualquier oportunidad que te brindara la vida.

Cuando ya pensabas que todo estaba superado y el pelo te había vuelto a crecer, te dijeron que, por prevención, convenía vaciarte la otra mama y, ya dentro del quirófano, podían aprovechar para reconstruirte las dos. Uf, mejor no hablar de tu nuevo vía crucis. Mejor no hablar… Pero han pasado once años. Has vencido. Te has dejado jirones del alma en la lucha, sí, pero has vencido. Hubieras pagado lo indecible por no haber pasado por esta experiencia. Eso que dicen algunos de que así aprendes a valorar lo que tienes… ¡Monsergas! Hubieras vendido tu alma por no transitar por donde has transitado.

Necesitabas plantarle cara, tener la sensación, aunque resultara engañosa, de que no estabas enferma las veinticuatro horas del día. No podías soportar pensar las veinticuatro horas en tu enfermedad. Por eso hacías teatro, cocinabas, leías, paseabas, abrazabas cualquier oportunidad que te brindara la vida.

Sí que has aprendido a sentirte más humana, a no juzgar a la ligera. Has aprendido que no es la gente la que falla cuando trata con un enfermo. Es que es muy difícil, joder, es muy difícil. Te has encontrado con amigos que han fingido que no te pasaba nada, para los que hablar de cáncer era tabú. Hay muchas personas a las que sobrepasa tratar con un enfermo. Así, puedes comprender, que no justificar, el caso que te contaron de aquel marido que dejó a su esposa al serle detectada a ésta un tumor. No lo justificas, pero lo puedes comprender. Has ganado en empatía. Te apiadas de la pobre mujer abandonada, pero compadeces también al que la abandonó: no todos tienen el temple, la bonhomía de tu Juanjo.

Te sientes llena de gratitud a los de la AECC. A tus médicos y sanitarios. Te ayudó tanto conocer gente que sabía lo que estabas sufriendo, que había derrotado al cáncer y prestaba su apoyo de manera altruista… Por eso te implicas con ellos y colaboras en cuantas cosas puedes, para que otras personas sientan la caricia de tu alma cuando las alcance la enfermedad. Echas la vista atrás y sientes que lo único que has sacado del cáncer es miedo. Un miedo terrible, que te hace sentir frágil cual crisálida. Pero eres dura y no dejas que el miedo te paralice. Es jodido vivir con miedo, pero vives. Con avaricia. Sabes que el cáncer es un enemigo formidable. Mas se puede vencer. Tú lo has hecho. Y no estás nada mal, señora, nada mal. Ya quisiera más de una y más de dos estar como tú, con cuarenta y ocho años, un hijo y un cáncer a tus espaldas. Eso piensas mientras acaricias con ternura tus nuevos pechos.

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