El electrón díscolo y el misterio de los calcetines perdidos

calcetines perdidos
VBelinchón
¿Qué tiene que ver la física cuántica con los calcetines perdidos que uno no vuelve a ver jamás? Aquí tenéis una explicación de lo más convincente.

Nuestra cotidianidad está llena de misterios que aceptamos, que asumimos, e incluso que ignoramos voluntariamente: sabemos que el enigma está ahí pero lo dejamos estar hasta el punto de que hemos llegado a convivir con lo desconocido, con lo inexplicable, sin hacernos demasiadas preguntas salvo excepciones, como esos metomentodo, ‘voyeures’ del conocimiento, que llamamos sabios.

Si lo muy extraño, lo que no somos capaces de explicarnos, viene a nosotros muy de tarde en tarde, llamará siempre nuestra atención. Probablemente nos embelese, nos inspire o, lo más seguro, nos asuste. Pero, si los sucesos que no somos capaces de comprender y que, de una u otra manera, nos afectan o interfieren en nuestras vidas sucedieran con cierta regularidad, casi cotidiana, esto dejaría de ser “un suceso inexplicable” para pasar a ser considerado “un suceso inexplicable pero familiar y habitual”. Cuando lo desconocido alcanza ese rango de familiaridad, no solemos darle demasiada importancia, como no se la damos al funcionamiento de las yogurteras, a los intríngulis de las escaleras mecánicas o a las habilidades de retorno de los bumeranes.

Cuando lo desconocido alcanza ese rango de familiaridad, no solemos darle demasiada importancia, como no se la damos al funcionamiento de las yogurteras, a los intríngulis de las escaleras mecánicas o a las habilidades de retorno de los bumeranes.

Creo que, para cualquiera de nosotros, los sucesos extraños son mucho más interesantes si son poco o nada frecuentes, y por esa misma razón estaríamos dispuestos a ahondar en ellos, en escarbar buscando en sus tripas, en sus resortes y, quizá, con suerte, las respuestas racionales a sus interrogantes enigmáticos. Por el contrario, lo habitualmente inexplicable desde hace un porrón de años es algo que está ahí, que desconocemos y, como tampoco molesta porque dejó de intrigarnos hace mucho, seguirá manteniendo eternamente esa condición de misterio aburguesado, acomodado en nuestro modus vivendi.

Hay que reconocer que, salvo honrosas excepciones, casi todos nacemos con el gen del “estar muy ocupado” en cosas que nos absorben tanto tiempo que no nos queda un minuto libre para desentrañar acertijos de nuestro entorno natural, físico y mental. Por eso hemos preferido aprender a interactuar con lo que ignoramos. Obviamente, esto, como todo, está sometido a las leyes de la evolución y finalmente, de tanto convivir con lo que no comprendemos, hemos llegado a opinar, incluso pontificando, sobre lo que desconocemos: es nuestra esencia, nuestra manera de ser, porque llevamos haciendo esto mismo durante decenas de miles de años. Y así nos va.

calcetines perdidos
Pietro Zuco

Siempre ha sido mucho más fácil inventarle una causa a un suceso que encontrar la verdadera causa del suceso. Por eso hay muchos más poetas que científicos. Parece que es mucho más perdonable un mal poeta que un mal científico y nunca supe por qué: no olvidemos que un mal poeta que escribe renglones llenos de floreados himnos patrios es capaz de fundar la Falange Española y enardecer a las masas en menos tiempo que Fleming descubre la penicilina.

Hoy, en pleno siglo XXI, ya tenemos empleados a curiosos a sueldo para que observen y se fijen en las cosas por nosotros, en nuestro nombre. Cuando averiguan algo, hacen un documental y lo cuelgan en YouTube. Es una profesión de mucho futuro y no es ninguna tontería pensar en apuntarse a una academia de científicos que saben realizar documentales, pues no hay más que ver la cantidad de vídeos que se hacen sobre ciencia, y ahora, gracias a ellos, la gente normalita empezamos a proscribir alguno de esos misterios insondables a los que no nos quedó otra que acostumbrarnos.

De repente imaginé un universo paralelo lleno de cosas con electrones díscolos: miles de millones de toneladas de calcetines desemparejados, de llaves, de carnés de identidad, de peines, de entradas de teatro, de aquella camisa que pareció volatilizarse, de tantas y tantas cosas que desaparecieron inexplicablemente para no volver a encontrarlas nunca.

Mirando uno de esos programas de ciencia, supe de electrones que pueden estar en más de un sitio a la vez. Aquí y allí, al mismo tiempo. Algo difícil de concebir o de aceptar si no es como resultado de que uno decida ser crédulo. He aprendido a no hacerme demasiadas preguntas con una física que no soy capaz de entender matemáticamente, aunque sí haya aprendido a comprenderla conceptualmente con la ayuda ocasional de verdaderos actos de fe. De algo debían de haberme servido veintitantos años de creyente, los de la primera mitad de mi vida, pues esta fe reconvertida me resulta, para estas cosas del saber científico, un verdadero tesoro. Y sí, suelo dar pábulo a la ciencia y creerme lo que publican los científicos y, aunque no la comprenda bien, doy por viable esa hipótesis fascinante:Un mismo electrón mío puede estar aquí y en otro lado, quizá un universo paralelo, donde también estoy yo pero con otras realidades, otros condicionantes”.

Hoy, al doblar la ropa tras recogerla del tendedero, vi la luz. Como siempre, trataba yo de emparejar calcetines, sin éxito. De repente imaginé un universo paralelo lleno de cosas con electrones díscolos: miles de millones de toneladas de calcetines desemparejados, de llaves, de carnés de identidad, de peines, de entradas de teatro, de aquella camisa que pareció volatilizarse, de tantas y tantas cosas que desaparecieron inexplicablemente para no volver a encontrarlas nunca.

calcetines perdidos
Mauricio Candamil

Tal vez ese universo paralelo y calcetinero sea un sitio agradable para vivir, pues deduzco que también estará lleno de otras cosas que se pierden con facilidad como, por ejemplo, los escrúpulos, la honestidad, la conciencia, el juego limpio, la solidaridad real, el amor puro y desinteresado, conceptos que se perdieron hace mucho para no volver jamás. Por eso, la pregunta que me hago ahora es si las buenas intenciones tienen electrones. De ser así, me pido cambiarme de universo. Cuanto antes.

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