‘Barrio Sésamo’ para crédulos y desinformados

barrio sésamo
Tonymadrid Photography
Muchas veces, a las personas que se dejan arrastrar por ideas irracionales hay que explicarles lo que sabemos a ciencia cierta al estilo de 'Barrio Sésamo'.

Según mis padres, cuando era pequeñín y simpatiquísimo —es decir, otra persona—, me colocaban en un tacataca firme y veía muy a gusto la emisión en la que un monstruo ávido de galletas siempre, un erizo descomunal, un muñecote azul con menor espabilo que su yegua y el reportero más dicharachero, entre otros, amenizaban mis tardes mientras aprendía a caminar con soltura. Por supuesto, se trataba del programa ‘Sesame Street’ (Joan Ganz Cooney, desde 1969) a la española, ‘Barrio’ o ‘Plaza Sésamo’ en Hispanoamérica; y me parece muy triste que muchos ignoren las grandes posibilidades del perfil didáctico de esta emisión infantil y teleñequera.

Porque tal vez nos libraríamos de una gran cantidad de conjeturas defectuosas —o sea, gilipolleces, hablando en plata—, si se adaptase para los jóvenes y los adultos de hoy, si el muñecote azul les pudiese enseñar, por ejemplo, la diferencia entre coitos seguros y coitos sin profilácticos, entre pulmones limpios y pulmones negros, entre lenguaje y realidad, una opinión arbitraria y la certeza de hechos seguros, nacionalismo e integración o el internacionalismo básico de la izquierda, el mercado providencial y la economía con los pies en el suelo, el conocimiento científico y los delirios magufos o religiosos; entre un enfermo y un homosexual, el uso de la píldora del día después y un aborto, un embrión y un niño; entre lejos y cerca.

… les sería muy útil para no permitir que les engatuse ningún desgarramantas (…) y, no sólo para adquirir saberes básicos acerca del mundo, que desmienten los dogmas serviles, las apreciaciones erradas y cobardes y las diferentes chifladuras, sino para aprender también a razonar…

O, ya que estamos, la que hay concretamente entre la medicina de verdad, la derivada de la ciencia con su experimentación rigurosa y sus verificaciones implacables, y despropósitos seudoterapéuticos como la homeopatía, el tantra, la acupuntura con moxibustión o sin ella, la medicina ortomolecular y la antroposófica, las terapias naturales y con aromas, música, orina, piedras, magnetismo, abrazos o danza, el método Pilates, la alimentación macrobiótica, la osteopatía, las constelaciones familiares, el drenaje linfático, la meditación, la quiropraxia, la reflexología podal o a secas, el reiki, el yoga, la hipnosis con o sin regresión, el masaje ayurvédico, la de las flores de Bach, la kinesiología, el feng-shui, la programación neurolingüística, la psicología Gestalt, el psicoanálisis freudiano, el coaching o el resto de los referidos hasta ahora en la iniciativa #coNprueba de los Ministerios de Sanidad y Ciencia, que muchos años dure en España y se exporte.

E incluso entre la ética del periodismo y la mala praxis de Eduardo Inda o Iker Jiménez y Carmen Porter, o la propaganda de medios rusos como ‘Actualidad RT’ y ‘Sputnik News’ o venezolanos como TeleSUR y la orwelliana ‘Misión Verdad’. Porque les sería muy útil para no permitir que les engatuse ningún desgarramantas de estos últimos o de aquellos y, no sólo para adquirir saberes básicos acerca del mundo, que desmienten los dogmas serviles, las apreciaciones erradas y cobardes y las diferentes chifladuras, sino para aprender también a razonar, obligando al carruaje de la imaginación ridícula, el miedo y la incertidumbre a detenerse, y hasta sobre la construcción de argumentos a prueba de bomba.

barrio sésamo
#coNprueba

Si a Grover, Coco o Archibaldo, el muñecote azul de mi infancia convertido en guía racional, se le consintiese hacer, con cautela y un planteamiento de gran alcance, otro gallo nos cantaría. Nos toparíamos con menos cantamañanas y chapuceros incapaces de argumentar limpiamente, sin falacias ad hominem, mentiras, subterfugios o berrinches, sobre la fe, la situación económica, el arte, los derechos ciudadanos, las corruptelas y demás; o con quien se traga sus explicaciones sólo por la boca afín que las arroja, a menudo sucia y denigrante; o se enfrentan a los que se les oponen sin interés por el discurso, las acusaciones ni las noticias indiscutibles. Porque, como le dijo un chavalín a Nino Quincampoix tras tirarle de la chaqueta para llamar su atención en esa deliciosa película que es ‘Amélie’ (Jean-Pierre Jeunet, 2001), cuando un dedo apunta al cielo, el tonto mira el dedo.

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