Las intolerables agresiones que sufren los católicos occidentales

ataques contra católicos
Ubé
Los ataques contra los católicos y sus respetabilísimas creencias religiosas son el pan suyo de cada día en este Occidente impío.

La sociedad occidental contemporánea es perversa. Los valores cristianos en que se fundó y que nos sirvieron de guía civilizadora, tristemente, se han perdido. Antes, en los buenos tiempos, ni un alma faltaba a la comunión dominical y en la iglesia se repartían hostias como panes; en tal número que juntas pudieran formar una excelente hogaza, quiero decir; y sin levadura. Lo que Dios había unido no era posible que lo separase el hombre, y mucho menos la mujer. Criábamos a los churumbeles que Dios quería y ni uno solo se libraba del bautismo, no fuera que se lo llevase el diablo, que es muy cuco y se las conoce todas. Y como las mujeres tampoco son mancas y su simple naturaleza, que es un don divino, hace que únicamente sirvan para ser fecundas amas de su hogar, pare que te pare y frota que te frota, acataban la orden paulina de obediencia a los varones. Las clases de Religión, en las que se transmite el conocimiento innegable de la ciencia infusa sobre el origen y propósito del mundo, no se la saltaba ni un chiquillo en la escuela. Y a ninguna persona decente se le ocurría, por la Virgen, fornicar antes del sagrado matrimonio.

Ahora, esto es un sindiós. Las palabras del sacerdote durante la eucaristía reverberan más que nunca en la bóveda del templo de lo desocupado que suele verse si no hay algunos bautizos, bodorrios o funerales por pura inercia, conque al Espíritu Santo ya no le es posible saltar de feligrés en feligrés de una punta a otra de la bancada, y así no hay quien embote la mente de nadie con la rutina de los ritos, la oración automática y las monsergas. Las nupcias civiles y el divorcio están a la orden del día; uniones falsas y pecaminosas y rupturas condenables y aun más pecaminosas que destruyen familias y, con ellas, a la misma sociedad; así que no debe de quedarnos mucho para el apocalipsis. Y eso por no hablar de las parejitas que ni siquiera se casan y viven en concubinato, como si tuviesen derecho a mantener un vínculo amoroso y a cohabitar sin que lo autoricen nuestros pastores, delegados de Dios en la tierra porque ellos lo valen y, así, a sus ojos, que a los de la propia pareja no sirve: es una relación sin compulsar.

… nosotros no nos sentimos agredidos únicamente por determinadas opiniones y burlas de la religión católica. Ya os gustaría, futuros ocupantes del infierno. Nosotros también nos sentimos agredidos por la forma en que decide vivir otra gente, y la emprendemos con ella.

Tanto como la de los maricones, enfermos que van contra natura y que, encima, reclaman que su trastorno, su abominación, sea un derecho; y nos es indiferente que los psiquiatras no vean ni una anormalidad en sus cocorotas o que existan comportamientos homosexuales en unas mil quinientas especies de la creación naturalísima: un libraco milenario, obra de Dios, dice que los sarasas son pecadores, ¡y punto! También dice que los murciélagos son aves o que las paredes pueden sufrir lepra, pero eso seguro que es cosa de algún copista escolástico con demasiada afición por el vino de consagrar. Y respecto a las consagraciones, las mujeres ya no dedican su existencia a servir a su esposo y a su prole, sino a realizarse como personas y no en el hogar familiar, cuando su misión en este mundo es realizarse como mujeres, despenseras y remendonas, y así lo establecieron nuestros santos varones —que para eso son santos y, sobre todo, varones— con palabras tan comprensibles que únicamente les faltó especificar que las esposas deben llevarle las zapatillas de estar por casa al marido en cuanto asome por la puerta.

Y ambos han de defender hasta la muerte la asignatura religiosa, sin distinguir enseñanza de adoctrinamiento ni saber de creencia; y luchar con arrojo, uñas y dientes, coacciones, sabotajes, intoxicación mediática e instrumentalismo político si es necesario, contra la autonomía sexual del prójimo, comparta nuestro credo o tengamos que obligarle a vivir conforme al mismo; y será por su bien, ya que no hay nada mejor ni más lógico que el hecho de que un puñado de vejetes célibes con unas nociones morales antediluvianas dispongan sobre la vida sexual ajena.

 
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Marcha contra el matrimonio gay en Argentina (2010) – Globovisión

Somos conscientes de que no caemos bien por nuestras convicciones; y puede que porque los cilicios y las faldas por debajo de las rodillas no están de moda. Pero a los católicos siempre nos han perseguido —que la Inquisición quemase a unos doce mil seres humanos sólo en España no importa— y es inadmisible que nos agredan por exponer todas estas verdades. Porque no hay duda de que lo son: Dios y su palabra son infalibles, aunque su mamotreto sea la crónica de su fracaso frente al libre albedrío.

Y aun así, al personal le chifla ofendernos, no sólo llevándonos la contraria insensatamente, sino también burlándose de nuestros dogmas y atacándolos con muy mala uva, pues todo el mundo sabe que atacar una idea es atacar al que se la cree, y si una persona es sujeto de derecho, sus creencias deberían gozar de protección ante tales ataques; particularmente las religiosas, que son especialitas. Porque uno es lo que piensa, y si cambia de pensamiento, ya no es la misma persona, con iguales genes e identificación. Y si algún mastuerzo arremetiera contra el ideario cristiano, el neoliberal o el dadaísta, ¡a juicio! Y si yo me quejase en una fonda de que un filete no está en su punto, los ganaderos, los que regentan carnicerías y los fabricantes de fogones y vitrocerámicas, en asociación y cada uno de ellos, deberían poder denunciarme.

… nos sentimos agredidos; nosotros, que marginamos a los que se divorcian al tiempo que protegemos a curas pederastas, que preferimos que aumente la mortalidad de las parturientas y que los neonatos, quizá con síndromes y malformaciones, vivan de manera miserable antes que permitir un aborto.

Sin embargo, nosotros no nos sentimos agredidos únicamente por determinadas opiniones y burlas de la religión católica. Ya os gustaría, futuros ocupantes del infierno. Nosotros también nos sentimos agredidos por la forma en que decide vivir otra gente, y la emprendemos con ella. El matrimonio de los maricas, que no es matrimonio ni es nada —lo sabrá la Iglesia, que lo inventó, ya que las uniones matrimoniales anteriores al judeocristianismo no existieron—, nos agrede, pues no es otra cosa que la perversión de la base familiar, de la verdadera familia, que es la cristiana y solo la cristiana. Y el matrimonio, tanto como el sexo, sirve exclusivamente para la procreación, así que, por un lado, los sodomitas y las tortilleras no deben casarse, y por otro, la fornicación y la cópula por simple disfrute son absurdas; y que Dios hiciera placenteras las relaciones sexuales no fue para que disfrutásemos, sino para demostrar en ocasiones con la abstinencia que somos virtuosos, puros e incorruptibles si no caemos en la tentación; lo cual apenas tiene algo de retorcido.

Y que el ‘homo sapiens’ se revelase capacitado para la abstracción y la autoconsciencia y pudiese separar sus necesidades sexuales de las reproductivas, o que bichos como los bonobos y los delfines le den al tema por gusto, son cuentos de la propaganda antirreligiosa. Como que las mujeres puedan disponer de su cuerpo y elegir sobre su maternidad, lo que claro que nos agrede, ya que la vida es sagrada y nosotros somos sus defensores ante los asesinos que ayudan a abortar, también con el cuento de que una persona no es un embrión, de que un bebé es una criatura de pecho y de que un niño es un ser humano que, como su propio nombre indica, está en la niñez y no en la panza de su madre, o de que con la píldora del día siguiente no se aborta porque un embarazo se produce a las dos semanas de la fecundación si el cigoto se adhiere al endometrio: ¡burdas mentiras!

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Marchas contra el aborto en Bogotá (2005) y Madrid (2009) – Juansemo, Hazte Oír

Mentiras por las que salimos a la calle en manifestaciones, no para velar por los derechos de todos, sino para exigir que quienes no comulgan con nuestra filosofía vital carezcan de ellos. Mentiras por las que nos sentimos agredidos; nosotros, que marginamos a los que se divorcian al tiempo que protegemos a curas pederastas, que preferimos que aumente la mortalidad de las parturientas y que los neonatos, quizá con síndromes y malformaciones, vivan de manera miserable antes que permitir un aborto; que mantenemos un negociete de lavandería cerebral con lo que chupamos del bote común, que queremos una legislación personalizada, para nosotros, a la vez que combatimos las libertades ajenas; que asaltamos exposiciones y rompemos obras sacrílegas, que apuntalamos el sexismo y la segregación escolar, que comprendemos y envidiamos a los musulmanes que matan y destruyen por una afrenta religiosa.

Nosotros, que cubrimos de insultos a los ateos, unos arrogantes que se consideran algo intrascendente en cualquier etapa del universo infinito; no como nosotros, personas de bien, que nos hemos tragado que la única entidad perfecta que existe está pendiente de todo lo que hacemos, decimos y pensamos, y hasta de las súplicas en nuestras oraciones, que sólo tenemos bastante autoestima. Nosotros, los agredidos.

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