Lo que la tecla se llevó: las anotaciones al margen de una obra literaria

anotaciones al margen
Santi DeFerrol
La originalidad de los escritores en las ediciones de sus obras que les gustaría ofrecer no es posible a día de hoy; incluidas las anotaciones al margen.

En la guerra que hoy está librando la literatura, en su búsqueda de la continuidad del negocio frente a las nuevas tecnologías, existen pequeñas batallas —quizás no las más importantes, pero sí significativas— que los nostálgicos ya pueden dar por perdidas. Pequeñas derrotas que no contabilizan, que no se reflejan en los números ni en las estadísticas, pero que afectan a la dignidad de aquellos que aún se mueven bajo parámetros tradicionales.

Un día llegó a la oficina una autora de gusto afilado, de exquisito respeto al fondo y a la forma de hacer libros, para enseñarnos la carta de respuesta del registro de la Propiedad Intelectual, ese peaje por el que deben pasar todos los trabajos antes de ser editados y que burocratiza la autoría de lo que se escribe. La hermosa propuesta de esta escritora consiste en una obra cuyo fin es la invitación a la lectura de los clásicos a través de una heterodoxa historia de la literatura española —lo que hoy, por incoherente que parezca, es algo del todo rompedor—, sin grandes pretensiones, pero de personalísima visión; un ensayo en el que la elección de textos significativos predomina a la opinión de la autora, la cual se limita a señalar, a enfocar, a dirigir la atención hacia aquello que merece la pena ser descubierto o redescubierto.

… cuando estudiaba a los grandes, cuando en ocasiones había tenido la suerte de acceder a sus fuentes más directas, le encantaba descubrir las anotaciones descarriadas, los borrones y la caligrafía que dejaban huella de la carpintería de los escritores.

Nos explica resignada que lamenta haber tratado de seguir siendo “paradójicamente original”, también a la hora de presentar su trabajo en dicho organismo. Este registro, dependiente del Ministerio de Cultura, tiene, como todos, una serie de normas; en su caso, pocas pero insalvables. El problema que habían encontrado no tenía que ver con el contenido en sí o con la incursión de textos ajenos (la escritora había sido muy escrupulosa a la hora de señalar cada dato del material empleado); no, aquello que impedía el curso del procedimiento era que en ciertas páginas aparecían de vez en cuando notas en los márgenes escritas a lápiz. Estas, ordenaba la misiva, debían desaparecer.

“Las dejé aposta. Creí, inocente, que eso haría mi original… más original”. Nos explica que cuando estudiaba a los grandes, cuando en ocasiones había tenido la suerte de acceder a sus fuentes más directas, le encantaba descubrir las anotaciones descarriadas, los borrones y la caligrafía que dejaban huella de la carpintería de los escritores. Imaginó que lo interesante de este depósito era precisamente eso, y que en la actualidad sería de los pocos lugares donde, aunque en pequeñas cantidades, lo manuscrito pudiese corregir o completar la palabra impresa.

anotaciones al margen
VCU Libraries

No recuerdo el texto literal de la carta, pero no me extrañaría que en él se hiciese referencia al término ‘limpieza’, a su necesidad en la exposición de los textos, esa cualidad que injustamente se entiende inherente y exclusiva de aquellos que van compuestos de letras de molde, como si el tachón no fuera por sí mismo un arte; en definitiva, el verdadero ejercicio de la escritura. No, hoy los errores tienen que ser asépticos. Para ello, de serie, sobre el ‘intro’ de los teclados hay una tecla con una flecha señalando la izquierda —significativamente denominada de “retroceso”—; es la que borra sin dejar rastro, la que “limpia”. Debe de ser, por lógica, la más empleada de todas. Una consecuencia más de estos tiempos desinfectados, de cristales siempre de por medio, de tacto relegado, látex, plásticos y sustancias que, por favor, no goteen. Que el error no se vea; la rectificación —y su grandeza—, tampoco. Poco corriente es que haya quien sea capaz de reconocer sus fallos —mucho menos, de dejar constancia de ellos—, pero es que ya ni por gusto te lo permiten, oiga.

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1 comentario

  • Esa asepsis de la que hablas, que podríamos extender a cualquier otra disciplina, no hace sino privar de aquello que la literatura tiene como parte de su idiosincracia desde que nació, esa artesarnía, el tratamiento manufacturado de la obra y la huella de su tratamiento.
    Todo rastro de la mano del escritor se ha perdido con la tecnología, con la compostura casi moral que se está intentando inocular en un arte que no lo necesita.
    Es un hecho, se considera que las notas manuscritas al margen “afean” el contenido, ya casi todo el mundo escribe en ordenador, el papel quizás desaparezca algún día… A ver qué rumbo toma la cosa.

    Gran artículo.

    Un saludo!

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