Desde Cuba con amor: la sombra de Pablo Casado es alargada

ángel carromero
Casado, Carromero, Aguirre y Aznar, 2011 - PP de Madrid
Ángel Carromero protagonizó en Cuba uno de los episodios más vergonzantes del Partido Popular pero, años antes, Pablo Casado también había hecho de las suyas.

Cuando a Ángel Carromero le encargaron su misión, se le iluminaron los ojos. Puedo imaginarme una reunión con tintes clandestinos entre miembros del Partido Popular y de Nuevas Generaciones; un despacho a deshoras iluminado por la luz de un fluorescente que titila y a nuestro protagonista sintiéndose, por primera vez, un pilar de la derecha democristiana. Quizá, si se esfuerzan, puedan verlo sudar un poco —los nervios—. No quiere levantar los brazos por si hay cercos que lo delaten, y la amplia frente se le torna brillante.

Entonces entra en la habitación el tipo que le ha hecho sombra durante años, el que ha cumplido brillantemente con los encargos que Carromero cree suyos. Porque la sombra de Pablo Casado es alargada, alargada e incómoda. Se le ve tan resuelto, tan cómodo en cualquier circunstancia… A Carromero no le hace gracia tener que reenviar los tuits del mandamás, pero es la disciplina del partido y, al fin y al cabo, es un corredor de fondo. Tarde o temprano conseguirá el reconocimiento necesario para que sus valedores, ese dios ‘neocon’ llamado José María Aznar y esa señora desconcertante llamada Esperanza Aguirre, abran los ojos y le ofrezcan un pedacito del rancio Olimpo Popular.

… no sé si un señor llamado Elizardo Sánchez, presidente de la Comisión Cubana de Derechos Humanos, lo felicitaría a su vez, al leer cómo Casado desveló el lugar en donde el disidente escondía a los fugitivos.

Sin mucha imaginación puedo ver cómo los ojos de Carromero vuelan tras la carpeta que el usurpador lleva bajo el brazo. Es una simple cartulina, apenas un pliego con aspecto de expediente. Quien lo lleva en las manos saluda a los demás antes que a él y sugiere el comienzo de la reunión en torno a una mesa que pretende ser de diseño. Los asistentes se sientan y Pablo Casado clava los ojos en Carromero, que ya es un manojo de nervios. Intenta hablar, pero la lengua no le responde y la garganta apenas le permite tragar la saliva que no tiene. Él intuye que es el único que desconoce el motivo de la reunión, un motivo que se desvela cuando, sin mediar palabra, su envidiado compañero abre la carpeta.

Allí aparecen las fotos, los billetes de avión y las instrucciones completas de cada movimiento a realizar. “Tienes una misión”, dice el asistente más importante. Y lo dice modulando la voz como si fuese el mismísimo Charlie de ‘Los Ángeles de Charlie’. Acaba de romper el silencio y, con él, el nudo en la garganta de Carromero. Ya puede hablar; de hecho, lo hace con entereza, con determinación. Su habitual timidez se torna en seguridad, su sudor desaparece y comienza a “manejar la situación”. Es más, en un momento de la reunión, ya cercano a su final, fantasea viéndose desde fuera con aquellas personas tan importantes, aquellas personas que lo habían aupado a medias y que, de una vez, han confiado en él para derrocar al penúltimo régimen comunista del mundo.

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Carromero e Ignacio González, 2013 – PP de Navarra

Yo, aquí y ahora, pondría la sintonía de James Bond. Y lo haría sin ningún rubor y sin ningún miedo por perder credibilidad —¿qué es la credibilidad?—. Al contrario; no me bastaría con la música, sino que alquilaría un helicóptero, cogería a Carromero y lo pondría al volante de un Playmouth Fury descapotable, abandonando La Habana por una carretera dibujada en el perfil de la costa. Luego le diría al piloto que se acercase un poco, lentamente para poder ver bien a nuestro protagonista, con el cabello mecido por la brisa y el brazo derecho sobre los hombros de una preciosa mulata.

Ella lo mira mientras él mantiene la mirada —con su recién adquirida determinación— fija en el horizonte. Entonces suspira de admiración y apoya la cabeza en el hombro de Carromero. A continuación, con un suave y elegante movimiento, podemos ver el asiento trasero del coche lleno de libros prohibidos y medicamentos y, por último, en un alarde de montaje cinematográfico, el oscuro interior del maletero, donde se esconden dos agradecidos disidentes. Ahí subo de nuevo la música de James Bond y me alejo del coche, manteniéndolo en plano, dejándolo irse serpenteando hacia el sonrosado ocaso del Caribe.

Los suyos, los mismos que lo mandaron a estrellarse, los que le lavaron el cerebro para servir de instrumento, los que lo expusieron al peligro y lo condujeron al ridículo diplomático más sonrojante. Esos suyos, los que ya no aparecían por ningún lado tras el accidente de tráfico en el que murieron los disidentes cubanos Oswaldo Payá y Harold Cepero, con nuestro españolito en misión al volante.

Pura ficción, claro. Pero no me culpen. Leí en su momento una crónica de ‘El Mundo’, en este caso una titulada: “Mi odisea para ver a disidentes”. Y lo que es mejor, subtitulada: ‘Registros, vuelos en viejos aviones, miradas amenazantes y seguimientos policiales’. Les recomiendo su lectura, por entretenida, y felicito a su autor, el mencionado Pablo Casado, por su pericia como contador de historias. Sin embargo, no sé si un señor llamado Elizardo Sánchez, presidente de la Comisión Cubana de Derechos Humanos, lo felicitaría a su vez, al leer cómo Casado desveló el lugar en donde el disidente escondía a los fugitivos. Para más señas —el daño ya estaba hecho—, en un “altillo de la pequeña biblioteca”. También, gracias a este narrador, supimos que, en el momento de su visita, don Elizardo escondía a Marcelo, un preso liberado a quien ya sabían dónde buscar si se arrepentían de su liberación. En fin, un tipo con luces, este Casado.

Supongo que aquella historia la escuchó Carromero una y otra vez. La escuchó junto a sus compañeros de partido y leyó la admiración en sus ojos; la escuchó junto a sus colegas de Nuevas Generaciones y vio cómo doce pijas virtuosas de interminables piernas caían rendidas al final de la aventura, justo en el momento en que Casado, con aire indiferente, apuraba el último trago de su Dry Martini. Y allá que fue Carromero, con su aspecto apocado y unos cuantos polos de rayas de color pastel. Se fue ilusionado, pensando que el viaje endurecería sus rasgos y teñiría su voz con el color de la experiencia.

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Casado, 2018 – PP Europeo

Sí, allá que fue Carromero, a cumplir misiones de la Guerra Fría a destiempo, a desempeñar labores de mensajero transoceánico para desestabilizar países y a inclinar la balanza del lado de los suyos. Los suyos, los mismos que lo mandaron a estrellarse, los que le lavaron el cerebro para servir de instrumento, los que lo expusieron al peligro y lo condujeron al ridículo diplomático más sonrojante. Esos suyos, los que ya no aparecían por ningún lado tras el accidente de tráfico en el que murieron los disidentes cubanos Oswaldo Payá y Harold Cepero, con nuestro españolito en misión al volante. Ni aquí, ni allí. Hasta que, tras la repatriación de Carromero, condenado en Cuba por homicidio imprudente, volvieron a colocarle en el Ayuntamiento de Madrid con Ana Botella de alcaldesa. Porque, a veces, como los Lannister, los del Partido Popular que hoy preside aquel mismo Pablo Casado también pagan sus deudas.

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3 comentarios

  • Triste, bien triste leer, negro sobre blanco, una muestra de tanta insensibilidad para con un compatriota. El artículo no habla nada sobre Carromero en Cuba, habla de otra cosa: de odio político mal dominado y el caso de Carromero en Cuba es la excusa para expresarlo solapadamente.

    Yo soy un tipo de izquierda, chileno, y no me hace falta mucho análisis para estar contra las políticas del Partido Popular. Sin embargo, soy incapaz de considerar de manera tan frívola, como lo hace el señor Carratalá, el drama de este joven español entrampado en la “máquina de triturar personas” que es el mal llamado “sistema judicial cubano”.

    La intención del articulista es evidente: frivolizar y banalizar la situación de Ángel Carromero y de esa manera distraer la atención del medievalismo judicial que se ensañó en él, no tanto por el “accidente” mismo sino para castigarlo por atreverse a mostrar solidaridad con personas que luchan por la democracia en Cuba.

    Solamente basta un poco de lucidez para reconocer el carácter dictatorial del régimen cubano. Régimen que evidentemente el señor Carratalá no quiere conocer tal como es.

    • Hola Fuentes,
      Dio la casualidad de que estaba en Cuba cuando sucedió el incidente de Carromero, y sinceramente opino que el diario Granma (órgano de expresión del partido comunista cubano) hizo una cobertura ejemplar de la noticia. ¿Y por qué digo esto? Porque aunque mencionó las respectivas militancias de los acompañantes de Carromero y la naturaleza disidente de los fallecidos, no se refirio a ello como un ataque del capitalismo al sistema cubano, que, dadas las circunstancias, estaba sobradamente justificado.
      Además para que reflexiones sobre ello si tienes interés suficiente:
      -Imagina que hubiese pasado si el PCC hubiese mandado como agentes a militantes suyos a financiar golpes de estado a España/Chile; y de camino asesinase (imprudentemente) a dos compatriotas tuyos/míos, violando varias leyes de tráfico por el camino. ¿Cuántos miles de años hubiese pasado en la cárcel? No me extrañaría que la OTAN declarase la guerra a Cuba en esa circunstancia. ¿De verdad es tan mala la justicia cubana?
      No niego que no todos los presos tendrán el mismo trato ni juicio que Carromero, pero este caso concreto me parece que el gobierno cubano actuó con un tacto modélico.
      También quiero mencionar que las personas que luchan por la democracia en Cuba pueden formar partidos libremente desde la constitución cubana de 1992 e incluso se presentan a las elecciones:
      http://www.bbc.co.uk/mundo/america_latina/2010/03/100312_0021_cuba_disidentes_elecciones_gz.shtml
      Porque hay elecciones. Cuba es una democracia distinta, en la que los ciudadanos tienen el poder legislativo. Prueba de ello son los lineamientos de la politica económica, totalmente sustentados en debates vecinales, y que incluyen una libertad para tener, en pequeña escala, relaciones de medios de producción propias del capitalismo, tesis contraria al PCC.
      Ya por último recomendar no prestar mucha credibilidad a medios como El Mundo cuando se habla de Cuba, ya que te puedes encontrar con relatos rocambolescos.

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